El poder de la premisa: A Quiet Place

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El cine de terror, cuando funciona, es probablemente mi género favorito. El problema es que, la mayoría de las veces, se queda corto. Historias y formas cinematográficas se repiten en el género hasta el hartazgo, y todo se acentúa más cuando consideramos que muchas películas dentro del género pueden llevarse a cabo con muy poco dinero y ser extremadamente redituables. Pero de tanto en tanto, salen joyitas que, ya sea por su precisión en el manejo de tensión y los sustos como The Conjuring 1 y 2 o por su originalidad y profundidad como The Witch o The Babadook logran mantener el terror y sus variantes en plena vigencia. A Quiet Place, tercera pelicula de John Krasinski (o Jim Halpert para algunos), pertenece al primer grupo mencionado; la tensión y el suspenso son moneda corriente y valiosa en el film de Krasinski, que encontró la forma de tomar una historia que hemos visto millones de veces y volverla interesante mediante una simple premisa que condiciona fuertemente su forma de filmar: la necesidad de un silencio casi absoluto para sobrevivir.

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Sin ninguna explicación ni placa de texto, el film comienza unos cuantos días después de iniciado el apocalipsis que dejó a la humanidad en un estado de supervivencia. Unas criaturas extremadamente sensibles al sonido habitan la tierra y cazan a cualquier humano que puedan escuchar. En este contexto, existe la familia Abbott, compuesta por el padre (John Krasinski), la madre (Emily Blunt), dos hijos (Noah Jupe y Cade Woodward) y una hija (Millicent Simmonds). Se comunican por lenguaje de señas y viajan descalzos, todo con el afán de evitar la muerte a manos de las criaturas que habitan en la zona. De principio a fin, el único objetivo de la familia será sobrevivir y ayudarse entre ellos, ni más ni menos.

Empecemos por lo que la película hace bien, que no es poco. La pregunta clave es: ¿qué tan aprovechada está la premisa del silencio? Por suerte, la respuesta es bastante. Podrían haberse comprometido un poco más pero eso lo dejamos para más tarde. A Quiet Place es extremadamente silenciosa en muchos lugares, a tal punto que hasta el más mínimo ruido de nuestra sala de cine puede perturbar nuestra experiencia que nos envuelve de lleno y rápidamente en el universo del film. Esta cualidad hace resaltar el impecable tratamiento sonoro, haciéndonos puramente conscientes de cada sonido que escuchamos. Otra cosa interesante que sucede con el sonido es la suerte de resignificación del jump scare (ruido fuerte para asustar al espectador). Un recurso que yo consideraría barato y pedorro en la mayoría de los casos, pero en A Quiet Place pasa a tomar otro significado. Cada ruido es una sorpresa para los personajes, y también lo es para nosotros. De igual manera, la ausencia previa de música (aunque no siempre es el caso) hace que el jump scare sea más orgánico, ya que no hay una bajada artificial de música que anticipa el advenimiento del sonido.

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El desarrollo de los personajes es simple pero efectivo. En una duración limitada de una hora y media, Krasinski logra que nos preocupemos por los personajes y suframos con ellos en secuencias que priorizan la tensión y el suspenso por sobre cualquier cosa. Momentos en los cuales absolutamente todo está en contra de los protagonistas son particularmente efectivos, y hacen que tengamos ganas de gritar a la pantalla, al mismo tiempo que nos obliga a permanecer callados. Las actuaciones son excelentes, una química entre Krasinski y Blunt que no sorprende –son pareja en la vida real– y también se destaca Millicent Simmonds, actriz sorda en la vida real y esta ficción, que lleva adelante el personaje con más desarrollo de la película.

En cuanto a algunos negativos, son cosas que ya mencioné un poco antes. Si bien la película se compromete bastante con la premisa del silencio, podría haber estado incluso más comprometida, eliminando música innecesaria que no aporta mucho y repite las sensaciones que vemos en la pantalla. Por otro lado, están los jump scares, que en su mayoría funcionan pero no en su totalidad. Hay varios momentos donde se sienten baratos de la manera que ya expliqué, donde se percibe la disminución de la música que anticipa el momento o donde simplemente es artificial, generalmente un falso jump scare (ruido fuerte de algo innecesario, ya que no implica peligro ni conocimiento previo del personaje).

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John Krasinski logra una tercera película excepcional, con un fuerte impacto visual y sonoro, que eleva un material no muy original desde su contenido a algo especial y digno de disfrutar en la sala de cine. Pero lo más increíble de todo es el crédito de Michael Bay como productor. Nunca pensé que diría esto pero gracias Miguel y felicitaciones Juan.

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