American Made: el enemigo interno

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Cuando se estrenó American Made en la Argentina un poco me reí. Más que nada me parecía una pavada clásica del amigo Tom Cruise haciendo monerías por ahí. Ojo que no se malinterprete, Cruise sabe hacer eso muy bien y, dejando de lado el espanto de la remake de la momia, ha demostrado que corta entradas en todo el mundo.

Insisto con esto, el relanzamiento de la franquicia Mision Imposible, la saga de Jack Reacher y filmes como Edge of Tomorrow o la infravalorada Oblivion son ejemplos cabales de que el bueno de Tom está más vivo que nunca y que ofrece una cierta calidad para los espectadores.

Quizá mi problema es que este tipo de películas de industria cada vez me gustan menos. Las siento obvias, repetitivas y eso hace que no me entretengan. Acá quiero hacer una salvedad, no es que considere que el entretenimiento es un lujo burgués que la resistencia socialista no puede darse, nada por el estilo. Simplemente, no puedo sumergirme y dejarme llevar por las historias, siento que el mecanismo cinematográfico del realizador que ejecuta el guion de hierro se me devela todo el tiempo. Es como ir a un espectáculo de magia y notar cómo el mago esconde las cartas.

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Por este motivo, repito, cuando se estrenó American Made me reí y pensé que era una ridiculez. Luego escuché algunas críticas, la mayoría positivas, y creí entonces que se podría tratar de una película que “estaría bien”, eso tampoco despertó mi interés.

¿Cómo es entonces que con toda esta catarata de prejuicios terminé viendo American Made? Gracias a mi padre. Por lo general, cuando voy de visita a mi querido Sarandí llevo alguna que otra película para compartir con él. Es habitual que sean películas que no me gustan o que no miraría de otra forma. Ustedes tendrán que entender, hacerle ver a un ex futbolista y mecánico, entre otras profesiones, de sesenta años, una película de Godard o Abel Gance es una falta de respeto, además de una snobeada hipster.

Y así fue entonces como llegué a ver esta película, que no solo creo que es una obra maestra, sino que además no entiendo cómo pasó tan desapercibida en 2017.

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Veamos, American Made es, en términos dramáticos, una película clásica. Hay tres actos, un detonante, punto de giro, momento oscuro, climax, todo. Salva al gato de manual. Ahora bien, lo brillante que hacen Doug Liman y Gary Spinelli, director y guionista, respectivamente, es algo que también menciona en su infame publicación el bueno de Blake Snyder: Dame lo mismo pero diferente.

La película toma como eje el caso real de Barry Seal (Cruise), un piloto que terminó involucrándose con la CIA, Pablo Escobar, los Contras y un sinfín más de pesos pesados de los 70 y 80 indescriptibles. Según se nos relata, Barry es un piloto que podría haber sido más de lo que fue pero que terminó trabajando para una aerolínea y, medio de querusa, traficando algunos pequeños pedidos en sus viajes, más que nada, cigarros.

A Barry se le acerca un agente de la CIA, Monty Schafer (Domhnall Gleeson), quien le ofrece reclutarlo para que haga inteligencia en Centroamérica, en plenos 70, cuando los movimientos revolucionarios estaban copando el continente y la disputa entre Rusia y Estados Unidos parecía no tener un final próximo. De allí en adelante la película nos narra cómo Barry termina traficando droga del cartel de Medellín a Estados Unidos en sus viajes de inteligencia y cómo después la CIA lo termina implicando en la entrega de armas a los Contras nicaragüenses.

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Acá debo realizar una confesión. En su momento me decepcionó bastante El lobo de Wall Street. Sentí que era una película bastante poco profunda y que incluso se regocijaba de lo monstruoso de su protagonista. Por otro lado, todo ese exceso que filmaba Scorsese me parecía bastante forzado e inverosímil. Por supuesto, la cosa mejoraba muchísimo con ese final brillante en el que vemos a Jordan Belfort convertido en un conferencista estrella, pero así y todo, no me alcanzó.

Es entonces en este paralelo, donde creo que Doug Liman toma todas las decisiones cinematográficas acertadas en detrimento del bueno de Martin. Y sí, lo digo yo soy un croto al que casi no le aprueban la tesis de la escuela de cine, sepan disculparme.

Hablando en serio, American Made logra gracias a su gran guion y a su brillante ejecución explicar con mucha rapidez el contexto histórico en el que sitúa de manera contundente, al tiempo que describe muy bien la gran variedad de personajes que intervienen y los conflictos que se suceden. La película es una lección de cine, desde el prodigioso montaje hasta su hermosa fotografía que imita la textura kodachrome. La elección de los encuadres, las interpretaciones, el cast, todo funciona a la perfección en un filme que cuenta una historia que ya hemos visto muchas veces de una forma brillante. Los personajes son creíbles y lo que sucede, por más alocado que parezca, es contado con una verosimilitud envidiable.

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Desde el punto de vista discursivo, también es una película muy interesante de analizar, si bien hay bastantes licencias con la historia real (comenzando por el look del protagonista, que no es muy parecido a Tom Cruise que digamos), el filme nos muestra como Estados Unidos tenía la decisión política de crear enemigos internos en la región a través de los peligros de la invasión roja primero y luego con el narcotráfico. Esto, si pensamos en una película de presupuesto medio que costó cincuenta millones de dólares, no es para nada menor.

En la actualidad hay una suerte de revival nostálgico del narcotráfico. La figura de Pablo Escobar se ha agigantado y todos los personajes que lo han rodeado a lo largo de su vida de repente han cobrado un protagonismo inusitado. American Made logra correrse de esos estereotipos y ubicar a estos personajes en segundo plano, se luce con un relato político clarísimo que pone en discusión la forma de hacer política internacional que ha tenido Estados Unidos a lo largo de su historia, y lo hace de una forma tan lúcida que cualquier persona con mínimos conocimientos sobre los hechos puede comprenderla.

Doug Liman ya había demostrado en sus anteriores películas que era un técnico prodigioso. Con Edge of Tomorrow en su momento y ahora con American Made, demuestra además que es un gran autor. No volveré a desconfiar de él.

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