VOYEUR:  LA VENTANA INDISCRETA

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Todos nos alimentamos de la tragedia, es como
la sangre para un vampiro. De forma vicaria yo
vivo, mientras el mundo entero muere.
Tool – Vicarious

 

EL PERIODISTA

En su libro seminal sobre el nuevo periodismo, Tom Wolfe escribe: “Hacia 1969 no existía nadie en el mundo literario que se permitiese desechar llanamente el Nuevo Periodismo como un género literario inferior. La situación era similar en cierto modo a la situación de la novela en Inglaterra a partir de 1850. Aún no se lo había canonizado, santificado, ni dado una teología, pero los propios escritores experimentaban ya las emanaciones del nuevo poder”. El libro en cuestión lleva por título El nuevo periodismo, y es un repaso en formato híbrido (ensayo-crónica-no ficción) de la época en la que un grupo de periodistas atrevidos y con ganas de romper las reglas del periodismo tradicional le dieron vida a esta nueva forma de encarar la escritura de sus textos, ya sean crónicas, reportajes o entrevistas, que se leían como si fueran relatos narrados en primera persona, utilizando diferentes recursos del lenguaje literario, ciertas técnicas empleadas por los escritores de ficción, para combinar lo mejor de ambos mundos.

Según cuenta Wolfe, “Truman Capote insistió en que A sangre fría no era periodismo, sino un nuevo género literario que había inventado, ‘la novela de no-ficción’ (…)”. Con el debido respeto que merecen Capote y su libro –sin dudas un pilar de la literatura de no-ficción– la realidad es que el periodista argentino Rodolfo Walsh fue quien “inventó” el género en 1957, con su imprescindible obra Operación Masacre, habiéndolo aventajado entre dos y ocho años, si tenemos en cuenta que A sangre fría comenzó a gestarse en 1959 y fue publicada recién en 1966.1 Lo cierto es que la literatura periodística, el género no-ficción impulsado por aquella camada de periodistas de los 60 se volvió muy popular de la mano de gente como Norman Mailer, Rex Reed, Terry Southern y sobre todo Hunter S. Thompson, Tom Wolfe y Gay Talese.

“Por aquel tiempo yo leía revistas como Esquire raras veces. No habría leído el artículo de Joe Louis de no estar escrito por Gay Talese (…) lo que había escrito (Talese) para Esquire se hallaba tan por encima de lo que hacía (o le dejaban hacer) para el Times, que yo tenía que descubrir lo que estaba pasando”, cuenta Tom Wolfe en la primeras páginas de El nuevo periodismo. Sin dudas, fue Talese uno de los pioneros en esta nueva manera, y sus textos se convirtieron en una motivación para Wolfe, que se transformó en uno de los mayores representantes del nuevo periodismo.

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Talese luego escribiría artículos imprescindibles sobre la clase obrera estadounidense, perfiles de estrellas como Muhammad Alí y Frank Sinatra2, libros de investigación periodística best seller como Honor Thy Father (1971) –historia real que inspiró la serie Los Soprano– y la controversial Thy Neighbor’s Wife (1981), una particular mirada sobre la sexualidad norteamericana.

Su rigurosidad periodística, sus historias atrayentes, su talento literario y su fetiche con los trajes a medida lo hicieron conocido en el mundo entero, e inevitablemente se convirtió en una celebridad del ambiente periodístico. Pero Talese nunca se durmió en los laureles de la fama y la gloria y siguió escribiendo grandes libros y reportajes. A los 85 –hace apenas dos años– publicó su último y controversial libro de no-ficción: The Voyeur’s Motel (El motel del voyeur).

Gay Talese asegura sobre las personas que retrata en sus historias: “No importa lo que dicen, importa lo que hacen”. Con esto se refiere a que es vital escuchar a la persona, pero más importante aún es verla en acción en su medioambiente, observar los hechos, vivenciar la historia cuando sucede. “Para llegar a conocer a esas personas, para estar en su cabeza, sentía que tenía que estar allí. Más que eso, tenía que estar allí de una forma que en la que yo no fuera distinto a ellos”. Esta es la razón por la cual se metió en Sandstone, una comunidad nudista de Los Ángeles, para escribir Thy Neighbor’s Wife, o pasó algunas noches espiando a los clientes del motel con el voyeur. Es el mismo motivo por el que se negó a escribir y publicar El motel del voyeur sin antes tener el visto bueno de su protagonista: “Nunca escribiría sobre él, a menos que pudiera usar su nombre. No tiene sentido, como escritor factual, escribir sobre la vida personal si no usas nombres reales. De lo contrario escribirías ficción”, dice Talese en un segmento del documental, por eso la historia que había comenzado a principio de los años 80, finalmente se publicó en 2016.

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Uno de los primeros errores que cometió Talese con esta historia fue quebrar sus propias reglas: estuvo en el motel, se coló en el techo y vio con sus propios ojos a través de las rejillas preparadas para espiar a los pasajeros, lo que sucedía en la intimada de aquellas habitaciones, pero sin embargo seguía siendo una historia con una sola fuente, la del voyeur, algo que él mismo reconoce como lo menos recomendable a la hora de armar un reportaje. Pero por lo visto, Talese no pensaba renunciar a contar esta historia porque estaba enamorado de ella. Y como para no estarlo.

EL VICARIO

El motel del voyeur cuenta la historia de dos personajes: Gerald Foos y su hotel. Foose era –y posiblemente aún lo sea– un voyeur adicto que necesitaba saciar de forma constante sus perturbaciones visuales. Esta obsesión lo llevó a realizar una movida increíble: a mediados de los años 60 compró un motel en las cercanías de Denver, solo con la intención de espiar a sus clientes. ¿Cómo? Creando falsos ductos de ventilación sobre techos y paredes, agujeros cuadrados con rejillas fríamente calculadas que permitían, desde cierto ángulo, observar sin ser observado. De esa forma, Foos espió durante treinta años la intimidad de sus clientes: vio sexo de todo tipo, peleas, situaciones extrañas, se aburrió, quiso ser partícipe activo, cometió errores que casi lo delatan, se masturbó mientras fisgoneaba –y esperaba famélico que su mujer le suba algún sándwich al techo–, e incluso, según cuenta, fue testigo de un asesinato. Foos se convirtió en un vicario que vivía sus momentos más felices a través de las personas que espiaba en su motel, un pervertido que se veía a sí mismo como a especie de sociólogo amateur: “Compré este motel para satisfacer mis tendencias voyeurísticas e interés irresistible sobre cómo las personas gestionan sus vidas, tanto social como sexualmente”, le dice a Talese en una carta. “Lo hice por pura curiosidad ilimitada por la gente y no solo como un mirón trastornado”.

Pero en realidad no era más que un vicario como podría ser cualquier adicto a la televisión o al cine que vive, sufre y ama a través de los personajes que observa a través de una pantalla, solo que en el caso de Foos, su “cinéma verité” personal era una falsa rejilla de ventilación.

Un día sintió que ya no podía esconder en su diario íntimo todo aquello que veía y entendió que el mundo entero debía conocer sus “estudios”. Entonces decidió contarlo todo.

Voyeur

Foos contactó a Talese el 7 de enero de 1980 mediante una misiva y lo invitó a su motel. Talese conoció al voyeur, corroboró su historia, pero se negó a publicar un reportaje con pseudónimos. Era principios de la década del 80 y ambos decidieron ser pacientes. Durante treinta años, Foos siguió colaborando con Talese y su investigación, hasta que los delitos prescribieron y Gerald aceptó dar a conocer su rostro y su nombre verdadero. Entonces Talese vendió el artículo a la prestigiosa revista New Yorker y el libro a la editorial Grove Atlantic.

Así nacía Voyeur, el documental estrenado por la plataforma de streaming Netflix.

EL DOCUMENTAL

La película dirigida a dos manos por Myles Kane y Josh Koury es casi una excusa para contar la vida de Talese mientras se narran los acontecimientos de la evolución de la historia del motel, transformada en relato de no-ficción. Los directores dedican los primeros minutos a esbozar de qué irá la trama, pero se toman su tiempo para describir al Talese periodista/personaje/persona. Es el retrato de un tipo obsesivo que convirtió una antigua cava de vinos en su pequeño búnker donde tiene guardadas cientos de cajas con material de archivo de todas sus investigaciones periodísticas. Hay aciertos estéticos y narrativos por parte de la dupla Kane/Koury, como la recuperación de entrevistas de archivo de Talese de los años 80, o la recreación del propio motel con miniaturas para narrar las peripecias del voyeur y sus espiados.

El otro factor que hace interesante al relato es Gerald Foos, todo un personaje que parece haber cambiado la obsesión de espiar por la necesidad de figurar y una especie de adicción a las cámaras.

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El documental se divide en 4 secciones: por un lado las cámaras siguen a Talese en su trabajo diario, por otro, exploran a Foos en la intimidad de su hogar, pero también hay registros de los encuentros entre ambos para hablar de la historia del motel, y secuencias de material de archivo con entrevistas a Gay.

La película se convierte, entonces, en un acto de metaficción: una película dentro de otra película. Es la historia de Gerald Foos y su motel –“La catedral del placer”, como la llamó Talese–, de todo ese “gran circo sexual” que llevó adelante durante 30 años, de cómo Talese armó el libro y de cómo finalmente salió a la luz que esa historia podría ser falsa.

LA CONTROVERSIA

Hay al menos dos problemas éticos en este reportaje. El primero es que Talese supo durante al menos 30 años que existía un hombre dueño de un motel donde quebraba la intimada de sus clientes, e incluso fue testigo de un supuesto asesinato, y hoy en día está lucrando con todo eso.

El segundo es que hay grandes posibilidades de que toda esta historia sea falsa. El periodista sabía que lo que publicaba era una historia de una sola fuente, aunque no dejaba de decir(se): “Es una historia increíble, no puede ser un invento. No se podría inventar”.

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Pero aparecieron algunos tornillos flojos y los cimientos del motel del voyeur comenzaron a tambalearse. Algunos investigadores de The Washington Post encontraron ciertos fallos e inconsistencias en algunos fragmentos contados por Foos. Los verificadores de datos e información del New Yorker –a quienes Talese les había vendido el reportaje– revisaron el contrato y descubrieron, por ejemplo, que fue firmado en 1969, aunque Foos tenía entradas en el diario íntimo que le facilitó a Talese fechadas en los años 66, 67 y 68. Tampoco había indicios de que hubiese habido un asesinato de las características que confiesa Foos en aquella época.

Es a partir de este plot point cuando el documental toma otro rumbo y se adentra en terrenos más ásperos. Aunque desde el primer minuto se percibe ese choque de egos entre el voyeur y el periodista –”Yo soy el protagonista, no él. Ha querido hacerse la estrella. Creo que Gay y yo vamos a tener un problema serio”, llega a decir Foos en un momento de furia–, las peleas entre Gay y Gerald recrudecen, aparecen la desconfianza y los miedos, la bronca, al punto de mostrar a uno de los periodistas más reconocidos del mundo en un momento de debilidad frente a las cámaras. Cuando los directores del documental comienzan a hacerles preguntas incómodas a él y a Foos, Talese les escupe: “Estos tipos ni siquiera son periodistas confiables, son camarógrafos”.

Una de las preguntas que irritó a Talese trataba sobre la inconsistencia en las fechas dadas por Foos, un tema sensible que sin dudas mina la credibilidad de la historia contada por el periodista. Quizá lo que realmente le molestó a Gay Talese es que Myles Kane y Josh Koury fueron más profundos –y profesionales– a la hora de entender quién era realmente Gerald Foos y cuánto de verdad había en su relato. Ellos compartieron tiempo con el voyeur, escucharon su historia, vivieron en su casa, conocieron y entrevistaron a su esposa, lo que les dio una perspectiva más profunda y real de su persona, la misma que Talese evitó de manera casi instintiva, tan enamorado de y obsesionado con ese reportaje de una sola fuente.

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Tal vez las virtudes de Voyeur como película documental no sean sobresalientes, pero sin dudas está narrado de forma correcta, tiene una historia fuerte para contar y un más que interesante punto de giro que explota de manera efectiva. Su verdadera virtud, sin embargo, está en el registro de los contrapuntos entre protagonistas, la exposición de las diferentes miradas de los personajes, la forma de contar una historia dentro de otra y de no quedarse nunca con una sola fuente o un único punto de vista, lo que la convierte en una clase magistral de cómo hacer periodismo, del bueno y del malo.

Voyeur entretiene y enseña mientras cuenta el proceso de investigación y escritura de la increíble –y quizá falsa– historia de un hombre con una obsesión perversa, a través de la pluma de uno de los mejores periodistas vivos, que vio su prestigio y su credibilidad tambalear al borde del KO.

Solo el tiempo dirá si el golpe fue demasiado fuerte para recuperarse o si, al contrario, logrará soportar el conteo y levantar los guantes una vez más para redimirse.

 

1- Quisiera recomendar, aprovechando que nuestro país tiene una rica historia en textos de crónicas/no-ficción, algunos ineludibles libros del género escritos por periodistas locales: La misa del diablo (2013) de Miguel Prenz, Los suicidas del fin del mundo (2005) de Leila Guerriero, Chicas muertas (2014) de Selva Almada, Alguien camina sobre tu tumba (2013) de Mariana Enriquez, Sangre Joven (2009) de Javier Sinay. No, nada de Caparrós.
2- La crónica-perfil de Frank Sinatra escrita por Talese –Sinatra está resfriado– es considerada por millones de lectores y expertos alrededor del mundo como una de las mejores de la historia del periodismo. Acá se la puede leer íntegra, la recomiendo con fervor:
https://www.esquire.com/news-politics/a638/frank-sinatra-has-a-cold-gay-talese/
http://www.letraslibres.com/mexico-espana/sinatra-esta-resfriado

 

 

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