Aquel solitario detective belga, sobre Murder on the Orient Express

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La novela tiene 84 años. Se hicieron versiones de ella en 1974, 2001 y en varias series que adaptaron al personaje Hercule Poirot. No obstante ello, escribí gran parte de la reseña sin spoilers. Llegado un punto, hay un análisis que precisa contar la resolución. No se preocupen, aviso antes de llegar a esos párrafos.

Si me ciño al formato clásico de reseña, estoy en un problemón. Los párrafos de “puesta en contexto” de Asesinato en el Orient Express (AEOE) pueden ser más largos que la reseña misma. Es una de las novelas más leídas del siglo XX y, junto con el Caso de los anónimos o Diez negritos, una de las más conocidas de Agatha Christie, de quien se dijo era la tercera autora más vendida de la historia, solo superada por la obra coral de San Mateo, Marcos, Lucas y Juan, todos Evangelistas, Pablo de Tarso, Simón, Pedro y Judas, es decir los autores del Nuevo Testamento, y de un tal William S.

Agatha Christie, la Dama del Crimen, creó al menos dos detectives memorables: Hercule Poirot y Miss Marple. En su momento fue más popular que Stephen King o J. K. Rowling, ya que no tenía competencia de la TV, y escribía con una velocidad prodigiosa. En sus 86 años de vida, produjo 66 novelas y 14 colecciones de cuentos. Nacida en una familia acomodada de la Inglaterra imperial y aristocrática, conoció al dedillo las costumbres de las clases altas, sus mansiones, dinámica familiar, asuntos financieros y muchos más elementos que serían la columna vertebral de su obra. Además, participó como voluntaria en la Primera Guerra Mundial, desplegada al frente Occidental, y se desempeñó como boticaria en un hospital de campaña, y de allí sus conocimientos de químicos y venenos que serían las delicias de muchos de sus asesinatos ficticios.

MURDER ON THE ORIENT EXPRESS

 

La mayoría de sus novelas ocurren en zonas rurales y pequeños pueblos alejados de los medios de las grandes ciudades, ámbitos en los cuales una muy disminuida policía local puede usar los talentos de sus brillantes detectives. Ya sean en mansiones aristocráticas o lugares de recreo vacacional, la muerte irrumpe, no siempre inesperadamente, ya que varias veces los propios asesinados son los que de antemano contratan a Hercule Poirot.

En un momento de su vida, Agatha Christie forma pareja con un arqueólogo. Acompañándolo en sus viajes, los escenarios de las novelas y cuentos comienzan a cambiar: es así que los paisajes rurales se transforman en Egipto (Muerte en el Nilo), Bagdad (Asesinato en la Mesopotamia e Intriga en Bagdad) y Jerusalén (Cita con la Muerte). Asesinato en el Orient Express se inscribe entre estas novelas. Más allá de los cambios de paisaje y hablando exclusivamente de las novelas de Hercule Poirot, AEOE es una de las representativas de la edad de oro de los detectives y de los casos del pequeño genio belga. Si solo hubiera que leer un par de novelas de Poirot serían El asesinato de Roger Ayckroid, Asesinato en el Orient Express y la sublime Telón, último caso de Hercule Poirot, que Agatha Christie escribió 30 años antes de su publicación, planeando el final de su personaje insignia.

Ese trinomio de novelas, sumado al Caso de los anónimos y Némesis, de su personaje Miss Marple, son una suerte de modelo para montones de novelas posteriores de muchos autores de mayor o menor prestigio. AEOE es una novela icónica. Su final es reverenciado. La resolución del caso es única. Rompe el molde, y al menos ese camino ya no puede ser tomado sin citarla como fuente.

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No descarto que haya un público que se acerca a ver la película sin conocer este hecho, pero no debería ser mayoría. Y de allí parte Kenneth Branagh en su adaptación: este caso no es un misterio, tenemos que hacerlo interesante para todo el público que se acerca: sepan o no cómo termina, sean jóvenes o adultos.

El punto de partida, a lo James Bond, es en acción. Poirot se encuentra en plena resolución de un caso en Jerusalén. El mundo era más grande, pero el Imperio lo hacía más chico. Tenemos aquí una ventana a la Inglaterra imperial, en la que Jerusalén era dominio inglés, y el detective belga con pasaporte británico y el buen visto de la corona es prácticamente el dueño del mundo.

Abordemos a esta altura la primera incomodidad. Kenneth Branagh debe ser un simpático ególatra, que no se toma muy en serio a sí mismo, y al que, por alguna razón incomprensible, se le permite cualquier cosa. Siempre pensé que en la vida real debía ser muy parecido a su personaje en Harry Potter y la Cámara Secreta: el pedante Gilderoy Lockhart. Solo así se explica que haya decidido personificar a Hercule Poirot. Ahora que lo pienso mejor, me doy cuenta de que en realidad Poirot y Branagh son bastante parecidos. Poirot es un ególatra que se sale con la suya siempre que puede. Pero, siempre hay un pero, físicamente no podrían ser más distintos. Si alguno tiene dudas de cómo es Poirot, es sencillo, mire un capítulo de la serie de la BBC interpretada por David Suchet durante 25 años consecutivos, desde 1987 hasta 2012. Suchet es Poirot y eso es inapelable. Kenneth Branagh podría ser, a los sumo, el Capitán Hastings (una suerte de Watson de Poirot), pero jamás el pequeño, rechoncho y calvo con cabeza de huevo, detective belga.

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Para peor, Branagh se empeña en hacer cosas que Poirot jamás haría, como arrodillarse en el piso, subir al techo del vagón o caminar a pasodoble. Poirot es un bon vivant. No se ensucia. No se despeina. No se agita.

Branagh adopta en la película y en la interpretación una aproximación inesperada. Asesinato en el Orient Express se ve y se siente como parte del mundo de Animales Fantásticos y donde encontrarlos, es decir, de un Harry Potter en la década del treinta. Uno está esperando que algún personaje saque la varita y diga “Expelliarmus!” en cualquier momento. A su vez le da un paso de comedia al asunto; no se toma en serio a Poirot ni el caso. El tema es profundo desde mi manera de ver. Amplío: Branagh no es ajeno a las adaptaciones. Durante años, ahora parece otra vida, se encargó, como director, de llevar sus versiones de Shakespeare a la pantalla: Enrique V y Hamlet, entre otras, siempre respetuosas y tratadas con seriedad. Como actor, participó además en Othello. Interpretó también a otro célebre detective, esta vez contemporáneo, en la serie Wallander, siempre grave, nunca risueño. Asesinato en el Oriente Express no es el caso. El tono es liviano y burbujeante. Casi una adaptación infantil. Cuando en mi adolescencia leí por primera vez la novela, no me dio la sensación de tener un tono liviano. El policial inglés no es el hard boiled ameriano. No es negro, eso está claro. De hecho, suscitaba críticas en su tiempo: el famoso crítico norteamericano, Edmund Wilson, publicó en 1944 un artículo célebre, sencillamente titulado “¿A quién le importa quién asesinó a Roger Ayckroid?”, en el cual se diseccionaba al policial en general.

Branagh parece coincidir. El tono es paródico. Su Hamlet no fue paródico. Su Enrique V tampoco. Sin embargo, su versión de Asesinato en el Orient Express lo es. A primera vista no es molesto, y existe incluso una coherencia estilística entre su interpretación del detective y el tono general de la película. AEOE es una película ideal para reunir un elenco imponente, con casi una decena de personajes importantes. La versión de 1974, dirigida por Sidney Lumet, logró poner en pantalla a Albert Finney como Poirot, acompañado por Ingrid Bergman, Sean Connery, Lauren Bacall, John Gielgud, Vannesa Redgrave, Jacqueline Bisset, Michael York y Richard Widmark, entre otros. Branagh, que no podía ser menos, convocó a Johnny Depp, Derek Jacobi, Judi Dench, Michelle Pfeiffer, Penélope Cruz, Willem Dafoe, Josh Gad y Olivia Colman. Un cast de lujo, que solo puede ser soportado por el relativo poco tiempo en pantalla que cada uno de ellos ocupa.

En este despliegue actoral y este tono socarrón, se destaca la fotografía de Haris Zambarloukos. Filmada en gran parte en 70 mm, AEOE logra por momentos ser monumental. Y destacarse y ser monumental no siempre es bueno. Veamos. La película transcurre en un tren de lujo, pero un tren al fin. Y para peor queda atrapado en la vía por una avalancha. Está claro que la intención de la autora era la de hacer sentir el encierro. Uno de los pasajeros es un asesino despiadado, y los demás deben pasar los días y las noches con él o ella. El planteo es el mismo que el que hicieron Tarantino y Robert Richardson para The Hateful Eight: filmar en el formato más grande posible una situación de encierro. Ya en esta película, la cabaña en la que se refugiaban los personajes era sencillamente más grande que el Llao LLao. Este tren es casi tan grande como el Titanic. Necesita serlo, tan solo por el formato elegido. Y ese formato conlleva una cantidad de luz que, en las escenas nocturnas, es casi la de un estadio. Se ve muy bello todo, pero no creo que sea el clima ideal para un relato de misterio; no obstante eso, es el clima del relato de misterio que propone Branagh, una representación estilizada y liviana. Una máscara. Pero ¿qué se esconde tras la máscara?

MURDER ON THE ORIENT EXPRESS

 

A partir de aquí, los mencionados spoilers.

Como les decía y esta interpretación está solo sustentada en mi intuición, ya que no hay más material que la propia película para trabajarlo, es que AEOE se transformó en una película alegórica en esta adaptación de Branagh. Estamos en la época del cine alegórico, Mother!, de Darren Aronofsky y Get Out, de Jordan Peele son exponentes clarísimos de esto. No quiero arruinárselas, así que no voy a decirles en esta oportunidad de qué hablan en realidad esas dos. Pero como han sido advertidos, me explayaré sobre la alegoría de AEOE, que habla de la Norteamérica de Trump. De hecho, es un alegato antitrump.

Johnny Depp es Edward Ratchett, es decir, Donald Trump. Un ser despreciable que está estafando gente en un trabajo para el que no está preparado (la venta de antigüedades sería la presidencia). Anteriormente, su nombre era Cassetti, y secuestró y asesinó a una niña. La vida anterior de Trump sería su pasado como magnate y presentador de TV.

Los demás pasajeros son símbolos de los estamentos de la sociedad norteamericana: tenemos al Dr. Arbuthnot (Leslie Odom Jr.), de raza negra en la película, mientras que en el libro eran dos personajes distintos y blancos. El vendedor de autos, que es mexicano en la película, se llama Biniamino Marquez (Manuel Garcia-Rulfo), mientras que en la novela era un italiano de nombre Antonio Foscarelli. Pilar Estravados (Penélope Cruz), que en la novela era una misionera sueca, aquí es una mujer profundamente devota. Mary Debenham (Daisy Ridley) es la clase trabajadora. Ms. Hubbard (Michelle Pfeiffer) es una artista, Gerhard Hardman (Willem Dafoe) es un policía, Hector MacQueen (Josh Gad) es la justicia, la Princesa Dragomiroff (Judi Dench) es la aristocracia, Hildegarde Schmidt (Olivia Colman) es la inmigración desde el Este en general, Edward Masterman (Derek Jacobi) es Inglaterra, sometida a Ratchett. Y Ratchett es Donald Trump.

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En este contexto, el asesinato de Ratchett, que había secuestrado y asesinado a la hija del Coronel Armstrong (Agatha Christie se basó en el caso real del secuestro de la hija de Charles Lindbergh), es un acto de justicia. Armstrong es un héroe de guerra, un hombre recto, justo, generoso con los menos afortunados, como el Dr. Arbuthnot, al que le financió su carrera de medicina, con Marquez al que siendo su chofer ayudó a montar su negocio. Armstrong es la Estados Unidos que imagina que es el cine de Estados Unidos: “Land of the free, home of the brave” (Tierra de libertad y hogar de los valientes). Ratchett secuestra y mata al producto de este lema, que es la democracia: nuevamente como la entienden los americanos. Trump, de seguro, es un atentado contra la democracia, con su apoyo velado a los supremacistas y fascistas en general.

Si esta interpretación es cierta, Poirot es la Europa continental, democrática y sofisticada, que rechazó de entrada a Trump. El asesinato de Ratchett por parte de la clase trabajadora, la aristocracia, la raza negra y los latinos, los militares, la policía, la justicia, los inmigrantes y los artistas es una rebelión contra la tiranía. Pero una rebelión que se sustenta en un crimen. Un golpe de estado. El rol de Poirot, según se le pide, no es denunciar el crimen, sino ignorarlo y encubrirlo. Por eso es la duda, la tarea difícil que se le pide al detective belga. En esta versión, Poirot, para poder tomar la decisión, entrega un arma y les dice a los culpables: solo puedo hacerme el distraído si me matan. Pero no, la verdad es que Ratchett es tan detestable, que al final puede hacerse el distraído y encubrir el crimen: “fueron unos italianos que escaparon”. Es su prestigio, el de la Europa socialdemócrata, culta, refinada, institucional y democrática, que encubre el asesinato justo.

Por supuesto que esta interpretación puede ser errada, pero es más interesante que la otra posibilidad, que sería que la película es lo que es: un mero desperdicio de tiempo.

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