Edha: la banalidad del mal

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Horas estuve buscando
Algún cine continuado
Para verte más seguido
Edda
“Correccional de mujeres”
Ya la vi yo varias veces
Pero no me importaría
Verla más

Hay leves spoilers, pero lean igual. Ni que esto fuera El Padrino.

Ustedes a esta altura ya saben cómo es esto. No somos mala leche, o por lo menos queremos creer que no lo somos. Si algo no nos gusta, no lo matamos. O bien tratamos de rescatar las cuestiones más destacables o directamente no escribimos. Rara vez recogemos el guante para pegarle a alguien, menos que menos cuando ese alguien ya está en el piso.

Este es uno de esos casos, Edha, la esperada primera producción original de Netflix en la Argentina, está en el piso, nació en el piso. Y le vamos a pegar. La falta de respeto hacia todos los habitantes de esta nación es tan grande que no queda otra opción: pegarle y disfrutar mientras lo hacemos.

Son tantas las barbaridades que podría enunciar que francamente no sé por dónde comenzar. Edha es la peor producción audiovisual que nuestro país haya dado, no porque antes no haya habido delincuentes similares sin ningún sentido de la estética, sino porque nunca tuvieron tanta plata. Y se la robaron toda o, para el caso, la tiraron a la basura, que es lo mismo.

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Antes de comenzar con el linchamiento, una última aclaración. Me sorprende de usted,  Daniel Burman. Un tipo con sensibilidad, que aún en sus películas más flojas logra impregnarles humanidad a sus personajes. Me sorprende que haya tenido el coraje de perpetrar esto, porque Edha parece haber sido escrita, filmada y actuada por personas sin alma o sentimiento alguno, como los androides del Dr. Gero, de Dragon Ball. Es más, creo que C18 lleva consigo más humanidad que Juana Viale. Yo haría un estudio médico. Posta, no estoy jodiendo.

También me sorprende de los guionistas. Son todas personas capaces, con cientos de horas y diálogos escritos para la televisión argentina. No se entiende, más que por vagancia, que hayan optado por cagarse en el show me, don’t tell me de semejante manera.

Hechas estas aclaraciones pertinentes, comencemos.

La propuesta de Edha, si bien extraña, luce inicialmente interesante: A través de la mirada de una diseñadora clase A, tendremos la posibilidad de inmiscuirnos en el mundo de la moda, conoceremos sus bemoles y las diferentes relaciones que este universo tiene con el poder (la política, la justicia, etc.). Por otro lado, también conoceremos sus trasfondos ocultos y menos glamorosos, con una cuota de realidad social en la trama que incorpora como eje principal toda la problemática que gira en torno al proceso productivo de la ropa y los talleres clandestinos.

Para nuestros lectores que no son argentinos (por suerte cada vez son más), debo aclarar que hacer esto en estas latitudes no es menor. La primera dama argentina es dueña de una de las marcas de ropa más selectas del país y la Capital Federal es un epicentro de talleres clandestinos. La asociación entre estas dos cosas no es, por consiguiente, inocua. Basta con que googleen el nombre de la primera dama y vean las noticias.

De este modo, esta decisión sobre la trama de la serie no debería aparecer separada de la realidad social que está retratando y, por ende, no debería tampoco estar despojada de una visión ética al respecto.

Y acá está el peor pecado de Edha. No son ni los pobres diálogos, ni los personajes estereotipados, ni las espantosas actuaciones, ni la ausencia de coherencia estética. Es la falta de respeto a todos los argentinos. La banalización del mal de casi todos los males de nuestra sociedad. Y eso es imperdonable.

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No quiero ponerme en editorialista de Prensa Obrera o algo así, pero lo cierto es que, más allá de todos los chistes y cuestiones hilarantes que podría y voy a realizar sobre el programa, esta es una cuestión central y abominable. La serie se ríe y le falta el respeto a todas las personas que de alguna manera u otra han sido víctimas de un flagelo serio y preocupante como es el trabajo esclavo y la trata de personas. La banalización y superficialidad con la que se maneja el tema no puede ser otra cosa que la muestra de una vagancia a la investigación y al trabajo de campo. No les importó nada nunca, y eso es terrible.

Dejando de lado estas cuestiones éticas, centrales para mí, el programa realmente tiene muy pocas cosas positivas por destacar. El primer capítulo tiene una de las presentaciones de personajes más torpe y pobremente ejecutadas que pueda recordar. Una espantosa voz en off de la protagonista nos explica quién es ella, qué hace, y a medida que se cruza con los otros intérpretes nos tira toda la ficha biográfica de cada uno. Así, sin filtro. Como si estuviese leyendo un planner de personajes mal escrito. Por fuera de esa voz en off, el resto de los personajes acota con algún diálogo explicativo inverosímil al estilo “Edha, sos la diseñadora más importante de la Argentina, a pesar de la muerte de tu madre que te traumó de pequeña”.

En solo cuatro minutos la serie se convierte en el peor ejemplo de narración audiovisual que recuerde en mucho tiempo. Ni David Ayer con las tarjetas de baseball en Suicide Squad se atrevió a tanto.

De allí en adelante todo seguirá por los lugares comunes más inmundos que uno pueda imaginar. Edha está planeando una mega campaña para su marca de ropa, para eso tienen que acelerar la producción. Esto hace que su mejor amigo, Antonio (Juan Pablo Geretto), su padre Lorenzo (Osmar Núñez) y su lacayo (Gastón Cocchiarale) incrementen el trabajo en el taller clandestino que manejan y del cual Edha, por supuesto, no tiene idea alguna de su existencia. Por razones que no quedan claras, una noche el taller sufre una falla eléctrica y se incendia. Todos los trabajadores mueren calcinados, incluyendo el capataz del lugar (Daniel Pacheco).

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Este hecho agitará ambos mundos y disparará una trama policial bastante berreta que tendrá dos aristas. Por un lado, toda una cuestión bastante estereotipada de poder, mafia y vericuetos legales sobre cómo se desarrolla y manipula la investigación judicial, y por el otro, una suerte de inside man job que hará Teo (Andrés Velencoso), quien se infiltrará en la vida de Edha para intentar dilucidar y vengar la muerte de su hermano (el capataz).

Eso digamos que es lo principal. En el medio hay un montón de subtramas recontra polémicas, como la de la hija de Edha (Delfina Chaves) que se come al papá de su mejor amiga (Antonio Birabent) o la de Flavio Mendoza, personaje claramente inspirado en Guido Fuentes, famoso por haber tenido una agencia de modelos en la Villa 31.

Respecto a este último punto, quisiera detenerme un poco. Lo que hacen con la memoria del recientemente fallecido Guido Fuentes es una falta de respeto total. Lo toman como inspiración, pero para insultarlo y estereotipar su trabajo de un modo espantoso. De hecho, para reivindicarlo, me gustaría recomendar el precioso documental Guido Models, de Julieta Sans, que, por supuesto, vale muchísimo más la pena que los 10 capítulos de Edha.

Bien, continuemos. Este planteo inicial, si bien lo vimos muchas veces, puede ser contado con cierta dignidad. No es el caso. La torpeza de los primeros cuatro minutos de Edha se extiende a lo largo de sus 10 capítulos y todos sabemos lo que va a pasar todo el tiempo. O bien lo dicen los personajes o es tan obvio que se cae de maduro. En ocasiones suceden las dos cosas, y los personajes no solo hacen cosas muy trilladas sino que también nos las verbalizan.

Mientras la trama policial avanza, Teo (¡cómo no podía ser de otra manera!) se involucra sentimentalmente con Edha, al tiempo que inicia una suerte pasaje de mendigo a millonario y, literalmente, de la noche a la mañana se convierte en el modelo más importante del país.

En fin, creo que ya les dije todo. Si a esta altura dudan sobre si esto realmente es una porquería es porque Edha es una serie para ustedes.

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Si hablamos de las actuaciones, la verdad que pocos son los que salvan. Los protagonistas están más duros que un señor de sesenta en un after de Palermo un sábado a la noche y el resto del elenco no ayuda. Un verdadero desperdicio de talento en tantos actores excelentes que son puestos a interpretar personajes inentendibles con diálogos escritos por loquendo.

Por un lado Echarri, no es que se destaque demasiado pero hace de abogado garca, algo que sabemos que le sale bien y que ya ha hecho varias veces. Después, Osmar Núñez que la rema bastante y hace lo que puede. Y, finalmente, las dos revelaciones del programa: Delfina Chaves que, sacando la cara de preocupación que le hacen repetir constantemente, es realmente muy buena, y Flavio Mendoza, que arranca muy bien y después trata de arreglárselas con la trama espantosa que le ponen a su personaje.

Antes de cerrar me gustaría detenerme un poco en la cuestión policial del programa. Acá también hay otra cosa que me sorprende de Burman. No sé si muchos lo saben, pero el director estudió Derecho. De hecho, proviene de una familia con formación jurídica. Hace algunos años yo era pinche en una fiscalía que podríamos denominar relevante o con cierta importancia en Comodoro Py. El fiscal se jactaba de haber sido profesor de Burman y de luego haber mantenido una relación de amistad con él, incluso nos contaba que varias veces lo había asesorado con relación a los argumentos de sus películas.

Dudo seriamente que esa persona, una de las que más sabe de derecho en la Argentina, le haya dicho a Burman que haga los disparates que hizo en Edha. Jamás en mi vida vi fiscales menos fiscales y jueces menos jueces que estos. Todo se basa en una serie de estereotipos mal desarrollados y con muy poco sustento en la realidad. De verdad les digo, nada de lo que vean en Edha tiene un ápice de correspondencia con el mundo jurídico argentino.

Lo que me pone más triste de todo esto es que ya pasé las 1600 palabras. Le dediqué más a Edha que al artículo que escribí sobre Brick, obra maestra de Rian Johnson y una de mis películas favoritas. Se las recomiendo.

Y sí, Correccional de mujeres yo ya la vi varias veces, pero antes que Edha, no me importaría verla más.

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