Análisis “Dear White People”

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Los análisis suelen involucrar más personalmente al redactor con la obra. Se dirimen cuestiones que unen a la obra con el pensador. Dear White People hizo eso para mí. No porque sea descendiente de africanos. Lo más cercano a esa experiencia fue a través de dos compañeros (y amigos) descendientes. Avellaneda es casa de una muy grande comunidad de caboverdianos (que incluso tienen una sociedad). Pero no, mi relación con la obra es porque transité activamente la política estudiantil.

Dear White People nos cuenta la historia de una comunidad de estudiantes afroamericanos en una universidad importante donde se ven, como en cualquier otro lado, discriminados. Si el feminismo ha denotado el concepto de “micromachismos” para todo aquello que hacemos incluso los que nos señalamos como feministas, es probable que exista algo así con respecto a la etnia. “Microracismos” suena a algo que puede existir. Desconozco, y no voy a googlear para que parezca que estoy al tanto de todo. Y eso es lo notable a veces. Aprender para mejorar. Dear White People me enseñó muy tibiamente algunas cosas.

El Nacimiento de una Nazión

Los estudiantes afroamericanos de la Universidad de Winchester están todos nucleados en un edificio, el Armstrong-Parker que históricamente ya les pertenece. Es allí donde tejen sus historias. Samantha (Logan Browning), Sam, una de las protagonistas, es la que acuña la frase que da nombre a la serie, y es el título del programa de radio que conduce en el campus. En él detalla cada uno de los “microracismos” en los que caen los estudiantes blancos. Incluso aquellos que dicen no ser racistas. Uno de los más grandes, y que da inicio a la serie es una fiesta promocionada por la revista cultural Pastiche donde se estimula el blackfacing, una atrocidad racista en la cual los participantes (blancos) se pintan la cara y se “disfrazan” o interpretan a gente de etnia negra. Por supuesto que esta apropiación cultural dispara la bronca del estudiantado negro que corre a terminar con semejante acto de racismo.

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Como suele suceder, el asunto no toma vuelo y los diferentes cabecillas del “Black Caucus” tienen soluciones opuestas de acuerdo a sus ideologías. El grupo de Samantha, que también incluye a Joelle, Reggie, hijo de un Black Panther, y algunos más radicales, quiere un despliegue visual, con actos y protestas. Otros, enmarcados en el personaje de Troy Fairbanks, hijo de un decano y próximo presidente estudiantil, quieren buscar una salida política. Troy es acompañado por su interés romántico, Coco, que es uno de los personajes más interesantes de la serie, y el grupo más pacifista.

La trama se desenvuelve desde diversos enfoques y miradas. Sam, Reggie, Coco, Troy, Lionel –un periodista del diario de la universidad que descubre que es gay– y también Gabe, el plot hole innecesario, el novio blanco de Sam, que en la serie es los ojos del espectador blanco. Y no mantiene una linealidad en la trama porque cada capítulo se enfoca en un personaje, contando a veces un mismo evento pero desde diferentes ópticas. Esto es de lo más logrado a nivel dirección de la serie y, a la vez, algo que aporta a su tibieza dado que a ningún personaje se lo muestra “errado” en su visión y hasta casi fuerza al espectador a empatizar con ciertas miradas. Aboga por la teoría desmitificada de que todos tienen derecho a una opinión. Teoría que en parte, permite que los afroamericanos continúen viendo amenazada su existencia. Porque si todos tienen derecho a una opinión y la libertad de expresión es más importante que la libertad a secas, también tienen derecho entonces los que pretenden un mundo blanco y terminar con el resto de las etnias. Es, probablemente, el fallo más rotundo de la serie. Mostrar personajes más blandos que los que ya existían hace 50 años.

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La Causa

A lo largo de los diez capítulos, la medida justa, vemos otras situaciones que provocan la justa bronca del estudiantado negro, y sin embargo, desde nuestra óptica nacional (argentina), las reacciones de los estudiantes es pobre y liviana.

A lo largo de la militancia se aprenden cosas. Una de las más importantes es que en algunas luchas el protagonista es otro, y uno solo está acompañando porque no es el afectado. Es así que en las marchas o protestas feministas, la protagonista y quien dictamina la forma de lucha es exclusivamente la mujer, y el hombre cisgénero solo debe opinar si le piden opinión. La misma situación se formula con, por ejemplo, la lucha de los afrodescendientes. Como hombres blancos privilegiados que no entendemos ni podemos entender la discriminación que reciben las personas de otras etnias, pretender ser protagonistas de esa lucha o querer puntualizar como tomarla es parte del mismo racismo. Es buscar ser el centro de atención. Ahora ¿qué sucede si el hecho tiene dos columnas? En este caso, el racismo es la columna sobre la cual se sostiene la estructura. Pero la política estudiantil es la otra. Y quizás sea la argamasa también. ¿Qué pasó en 50 años en EE. UU. para que parezca super jugado una protesta con carteles y un megáfono? La serie no se anima a más. O quizás no lo tiene. El tono progreliberal del show es lo que atenta contra sus aspiraciones. Cualquiera que haya militado de alguna manera, y especialmente en la secundaria o universidad, no debería ser capaz de comprender porque no van a más.

Es como si en el show, los afroamericanos jamás descubrieran que el sistema capitalista que los esclavizó no puede ser la solución. No podemos relativizar el hecho de que muy en el fondo Dear White People no quiere abandonar el tono de comedia aunque sea un drama con una problemática real y totalmente actual. Y es ahí donde el mensaje –por mas tibio que sea– se diluye lastimosamente.

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Conclusión

Aun así, Dear White People es una serie muy entretenida que marca conceptos interesantes, incluso, en su bajo tenor calórico. La creación de Justin Simien (autor de la película homónima del 2014 en la cual se basa la serie) toma su mejor vuelo cuando se enfoca en el micromundo ideológico de las diferentes facciones del “Black Caucus” y se aleja de la inevitable sublínea romántica de varios de sus personajes que, aparte, es lo que fuerza la empatía con personajes que no tienen nada que hacer en la narrativa.

En una opinión más personal, creo que la segunda temporada va a enfocarse en la verdadera radicalización de varios personajes. Probablemente, mostrarlos cerca de ideologías más emparentadas con la lucha, habría puesto a la serie en un tono que el autor quería evitar para que el espectador norteamericano (blanco) lograra empatizar con los protagonistas (negros). No debemos olvidar jamás que en EE. UU., comunismo e islamismo son malas palabras ambas, por eso las referencias a los “Black Panthers” son casi inexistentes y solo una vez se nombra a Malcolm X. Una mayor presencia de estos referentes de la lucha afroamericana habría servido para acercar a una mayor base de juventud afroamericana descontenta, sobre todo por los eventos recientes, pero habría, en la misma jugada, alejado al núcleo de espectadores comunes de Netflix, mayores de 25 años, de clase media, y por supuesto, blancos.

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