Altered Carbon, menos que Blade Runner

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La primera reacción que tuve al ver el tráiler de Altered Carbon, reciente apuesta grande de Netflix, fue reconocer todos los elementos que allí estaban. Una suerte de esto ya se ha visto.

Los personajes, la estética, lo poco que se develaba de la trama, y las discusiones existenciales que se esbozaban hacían imposible no plantear un paralelo con Blade Runner. El lanzamiento del producto tampoco era un dato menor, la serie vería la luz luego de que la vieja película de Ridley Scott tuviese su esperada secuela y, con suerte, marcara nuevamente una época para el género. Lamentablemente, como a esta altura ya sabemos todos, la obra maestra que dirigió Denis Villeneuve corrió la misma suerte que su antecesora y pasó bastante desapercibida para la crítica y el público.

Si menciono el detalle anterior, es porque no me parece inocuo ni el momento en el cual Netflix decidió producir esta serie (luego del anuncio de la secuela de Blade Runner 2049) ni el momento de su estreno (meses después del estreno de la película de Villeneuve). Es por esto que, más allá de sus puntos interesantes y bien llevados, Altered Carbon se siente a todas líneas una propuesta apurada y subida al caballo del posible éxito comercial de otro producto de similares características.

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Basada en la novela del año 2002 escrita por Richard Morgan, la primera temporada, compuesta de diez episodios, transcurre en un futuro no tan lejano (unos quinientos años), donde la humanidad ha logrado desarrollar la tecnología suficiente como para digitalizar la conciencia y personalidad de los individuos. De este modo, al morir una persona, su mente es almacenada en un soporte llamado pila que puede ser transferida a otro cuerpo o funda, lo que lleva a prolongar la longevidad de un ser humano de modo exponencial.

Por supuesto, aquí ingresa el capitalismo. Mientras más rica es una persona, más clones se pueden realizar de su cuerpo, y más veces puede morir y ser refundada. También existen sistemas sumamente caros, mediante los cuales las personas pueden hacer puntos de restauración en caso de que su pila sea destruida, evitando así la única causa de muerte definitiva. Por otro lado, los mundos (queda claro por el argumento que como mínimo hay dos planetas) están gobernados por la ONU, que ha formado una suerte de conglomerado que conforma un solo Estado.

Con este planteamiento, la trama nos presenta a Takeshi Kovacs (Will Yun Lee y Joel Kinnaman), una suerte de ex militar del grupo de choque de la ONU, devenido en guerrillero de un grupo insurgente, que es liberado de prisión doscientos cincuenta años luego de su encarcelamiento y refundado en un nuevo cuerpo con la finalidad de realizar un trabajo para un multimillonario que lo ha comprado.

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Dado su pasado y entrenamiento guerrillero especial, a Takeshi se lo considera un enviado. Estas personas tienen capacidades mentales levemente más desarrolladas que les permiten realizar ciertas acciones un poco más osadas que el resto de las personas (por ejemplo proyectar y extraer su mente a mucha distancia dentro de la realidad virtual). Son estas características las que hacen que Laurence Bancroft (James Purefoy) rescate al protagonista con la finalidad de esclarecer un crimen: su propia muerte.

Al ser uno de los magnates más importantes de los mundos, Bancroft tiene varias versiones de su cuerpo, con lo cual, tras un presunto suicidio donde se voló la pila, es descargado mediante una copia de seguridad en otro cuerpo. Convencido de que alguien como él jamás se suicidaría, el millonario está dispuesto a pagar el dinero que haga falta para encontrar a su presunto asesino.

Bajo esta serie de premisas muy interesantes se enarbola un programa muy entretenido pero cuyos principales problemas están en los primeros episodios. La presentación del mundo es torpe, las explicaciones son muy expositivas pero sin demasiado contenido y muchas cosas que para el propio código del relato son importantes se pasan por alto por completo. De este modo, no entendemos por qué el desarrollo tecnológico tan grande que vivió la humanidad se vio frenado desde que Takeshi es apresado hasta que es liberado. El personaje se despierta y nada le sorprende ni le llama la atención. Todo es igual y no comprendemos la razón.

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A su vez, las subtramas están muy poco desarrolladas. Todo ese planteo existencialista y el debate sobre la muerte natural o la vida eterna se introducen de forma esporádica y sin demasiada profundidad. Uno de los conflictos principales, relacionado con la posibilidad de contactarse con la conciencia de personas asesinadas para poder atrapar a sus homicidas, se muestra muy tarde, privando al relato y a los personajes de poder desarrollar el conflicto de manera armónica.

Una vez despejado y superado esta pobre introducción, la cosa mejora y la narración alcanza para que el espectador empatice con los personajes y se deje llevar por la narración. Los puntos a favor están en las secuencias de acción y en la fluidez con la que avanza el relato. Todo el tiempo está ocurriendo algo, los personajes se desplazan, accionan contantemente y eso hace que la serie no se vuelva “lenta” o “aburrida”.

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Otro mérito está en la elección del cast. Si bien no hay figuras descollantes, la mayoría de los actores son escogidos para realizar roles que a priori sabemos que les sientan cómodos. Principalmente, Kinnaman, Purefoy y Dichen Lachman interpretan arquetipos de personajes que ya les hemos visto en Robocop, The Philanthropist y Dollhouse respectivamente. Mención aparte merece el delirante hotel dirigido por la inteligencia artificial de Poe (Chris Conner), inspirado en el célebre escritor inglés. La única que desentona aquí es Martha Higareda, con un protagónico un tanto confuso, errático y por momentos bastante fuera del registro del programa.

Es probable que el juego de las expectativas sea el principal enemigo de Altered Carbon. Su alto presupuesto, los intérpretes, las similitudes con Blade Runner y el fuerte trabajo estético de la serie hacían pensar que el programa estaría a la altura de los grandes exponentes de los últimos años del género como Westworld. Lamentablemente, no fue así.

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