La forma del agua: cuento de hadas a lo Del Toro

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Siempre pensé en Guillermo del Toro como un brillante director. Es de los pocos realizadores que infunden cada fotograma de sus películas con un amor tal que es imposible no sentirlo uno mismo. Ese amor es producto de llevar a cabo proyectos que lo apasionan y tratan temas y géneros que le son familiares. Del Toro rinde tributo a los animes de mechas (robots gigantes) en Pacific Rim, al romance gótico de los 50 en Crimson Peak, a sus comics favoritos en Hellboy y Blade II, y por último, un elemento que une casi toda su filmografía: los monstruos.

Sería un error no mencionar a otra de sus películas, probablemente la más aclamada junto con La forma del agua y sus 13 nominaciones a los premios Oscar, la oscura y mágica El laberinto del fauno. Ambas películas tienen un trasfondo político esencial para los eventos que se desarrollan en sus historias –la dictadura franquista y la guerra fría–, y las dos responden a códigos relacionados con los “cuentos de hadas” (fairy tales) pero sin ignorar lo complejo y violento de la época en las que están enmarcadas. Cuentos de hadas que Del Toro pervierte en mayor o menor medida para llevarnos a un mundo singular que solo él puede reflejar, y que no estará falto de su visión del mundo y la verdadera naturaleza de los monstruos con los que está tan comprometido en retratar. Monstruos que, en ambos films, son nada más y nada menos que simples humanos.

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En plena guerra fría, Elisa (Sally Hawkins), una mujer muda, trabaja, junto con su amiga Zelda (Octavia Spencer), como personal de limpieza en un laboratorio aeroespacial de los EE. UU. Elisa también tiene una relación cercana con su vecino Giles (Richard Jenkins), a quien visita con regularidad. La llegada de un nuevo espécimen, una criatura anfibia interpretada por el magnífico y siempre invisible Doug Jones (encargado de darle vida al fauno en la antes mencionada El laberinto del fauno), saca a Elisa de su rutina que empieza a entablar una relación con dicha criatura. Sin embargo, Richard Strickland (Michael Shannon), nuevo jefe de seguridad del laboratorio y encargado de mantener encerrada a la criatura, pondrá en peligro el bienestar del amigo anfibio de Elisa, por lo que ella se verá impulsada a hacer algo al respecto.

Como podrán deducir, resolví dejar muchas cosas sin mencionar en la reducida sinopsis porque hay varios elementos con los que es divertido sorprenderse en una primera mirada del film. Pero pasemos a lo que hace a esta película algo especial.

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Cualquiera que haya visto una película de Guillermo del Toro sabe que se va a encontrar con algo que, como mínimo, va a ser hermoso visualmente. La forma del agua puede que sea el logro visual más impactante en la filmografía del director, con una fotografía que explota de vividos colores y movimientos de cámara fluidos, un diseño de producción impecable desde el set del laboratorio hasta la propia casa de la protagonista y uno de los trajes para una criatura mejor logrados en los últimos tiempos, habilidosamente manipulado por el legendario Doug Jones, quien supo aparecer en varios de los films de Guillermo del Toro, encarnando todo tipo de criaturas.

Las interpretaciones son excelentes pero valen destacar tres en particular. Richard Jenkins como Giles, quizá uno de los personajes más conflictuados, junto con el antagonista Strickland, interpretado por Michael Shannon, actor que hasta donde yo sé es incapaz de protagonizar un papel sin destacar y que –creo yo– está severamente menospreciado. Sin embargo, quizá el punto más fuerte de la película sea Sally Hawkins como Elisa, con un desafío actoral tan significativo como el de interpretar a una persona muda. Característica que potencia su actuación y en la cual podemos leer cada emoción y pensamiento con perfecta claridad.

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Muy pocas cosas negativas se pueden decir de La forma del agua, pero se puede. En cuanto a las relaciones entre los personajes, el tiempo que Elisa y la criatura pasan conociéndose y la cantidad de cosas que los vemos hacer hasta que el conflicto principal se presenta resultan muy reducidas y hace que se vea disminuido el impacto emocional que sentimos por su relación. Por otro lado, una vez que comienza el segundo acto y hasta finalizar el film no hay nada que sorprenda en particular y resulta todo bastante predecible, algo que parecía mejor construido en la ya mencionada El laberinto del fauno.

Más allá de algunas críticas menores, este film es indudablemente especial y hermoso de presenciar. Toca temas de discriminación, y nada mejor para transmitir ese mensaje que los monstruos, las criaturas y los humanos de Guillermo del Toro: encontrar algo o alguien que nos hace sentir comprendidos y comprendidas.

 

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