The Florida Project: Nos vemos en Disney

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Creo que el cine guerrilla es una de las cosas más complejas de ver, analizar y reflexionar. Generalmente, son películas inacabadas, con más intensiones que resoluciones y donde el espectador es exigido a dejar de lado ciertas convenciones o estructuras a las que está acostumbrado.

Las películas independientes, las verdaderamente independientes, esas que se hacen con la cámara prestada, algunos ahorros y amigos, son un arma de doble filo. Por un lado le dan al realizador la posibilidad de mostrarse, de contar con suma libertad su visión sobre el mundo, le permiten experimentar y jugar. Por otro lado, esa limitación, en la mayoría de los casos técnica, no permite observar plenamente el potencial artístico del autor.

Está entonces en el espectador poder comprender las pretensiones y dar una suerte de carta blanca al realizador aceptando que las cosas que faltan obedecen a limitaciones económicas o productivas y no autorales. El mayor riesgo en estas obras es la frustración del cineasta: pensar que uno como autor sería incapaz de llenar los vacíos, porque no es una cuestión de dinero sino de talento.

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La función de la crítica en estos casos –creo– debe tener un valor fundamental. Su trabajo, lejos de aleccionador, debe ser de contención. Debe señalar los méritos, indiciar y explicar las licencias técnicas de las obras y colaborar al desarrollo de ese artista incipiente. De no hacerlo, se estaría condenando al cine a repetirse hasta el hartazgo y, en consecuencia, a su propia muerte.

Es por eso que en quien escribe siempre surge una cuota desmedida de esperanza cuando observa que cineastas como Sean Baker, a fuerza de una constancia envidiable, logran penetrar los panteones del establishment, generándose su propio lugar en las salas de cine y los festivales más importantes del mundo.

Si uno mira con detenimiento las primeras películas de Baker verá lo que se comentaba. Casi podríamos definirlas como protocine: films centrados en la acción y los diálogos de los personajes, realizados de forma muy amateur, en locaciones reales, con actores no profesionales y mediante un registro bastante limitado. Esta lógica se observa en sus primeras películas: Take Out y Prince Of Broadway (no menciono su primera película, Four Letter Words, ya que a la fecha me ha resultado inconseguible).

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Si bien creo que no sería del todo exacto ponerlo dentro del frasco mumblecore, es cierto que al igual muchos cineastas de su edad que comenzaron a principios de la década del 2000 con el auge del video, Baker tuvo la suerte de exhibir sus películas en el circuito independiente norteamericano de festivales de cine. Allí, junto a realizadores como Joe Swanberg, Bob Byington y los hermanos Jay y Mark Duplass, este tipo de películas encontró una audiencia pequeña pero fuerte.

Lo interesante de esta generación es que, en la mayoría de los casos, recién luego de diez años de estar en el circuito hogareño, lograron saltar al extranjero y a partir de allí ganar cierto prestigio internacional y conseguir dinero para sus películas.

Es el caso de Sean Baker, quien recién a partir de su cuarta película, Starlet, en 2012, consiguió los fondos suficientes para hacer películas industriales de muy bajo costo (unos cientos de miles de dólares). The Florida Project, su última película y la más cara hasta el momento (dos millones de dólares), es una suerte de consagración a nivel mundial y una demostración sin escalas que, a veces, lo que hace falta para hacer lo que a uno le gusta es perseverar, trabajar, resistir y no traicionarse.

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El aumento de presupuesto es entonces aprovechado en cosas puntuales. Primero, la calidad de la imagen y la fotografía, que si bien es desprolija, mantiene un orden y una coherencia buscada que requiere mucho trabajo; segundo, esto ya es una elucubración, pagarle unos pesos a Willem Dafoe que interpreta en ese gerente del motel uno de los personajes más honestos y lindos de su carrera; y tercero, la venta y la promoción internacional de la película.

La historia transcurre en un arquetípico motel de Florida, cercano a los parques de Disney. Esos de los cuales uno está acostumbrado a ver hasta el hartazgo en las películas, con la pileta en el centro, los largos pasillos llenos de habitaciones y una estética bastante marginal.

Allí varias familias subsisten como pueden. El relato principalmente se centra en tres: una madre soltera adolescente, bastante tiro al aire, con su pequeña niña; otra madre soltera, bastante más recatada, que vive con su niño; y una señora mayor, que habita en un edificio cercano y se encuentra criando a los nietos que su hija adolescente le dejó de regalo.

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Este escenario, en cualquier otro contexto, sería una invitación al golpe bajo; sin embargo, Baker, como en el resto de su filmografía, lo evita con mucha sutileza. Al igual que en Tangerine, los personajes no son juzgados, se expresan libremente y con mucha naturalidad. La puesta en escena también es bastante libre e improvisada, lo que ayuda a generar cierto clima documental o de no ficción. La película, por otra parte, fue filmada en espacios reales que no fueron interrumpidos en sus actividades ordinarias durante el rodaje.

El punto más fuerte de la historia son los niños, quienes llevan adelante casi en su totalidad la trama, interpretados con una naturalidad tan hermosa que por momentos resulta perturbadora. Fundamentalmente, Moonee (Brooklynn Prince) brinda en dos escenas una actuación maravillosa. Una transcurre en un desayuno en un hotel turístico en el que su madre junto con ella se cuela, allí la cámara se queda con la pequeña mientras ella come y reflexiona sobre la vida; la otra es una de las secuencias más desgarradoras de la película, donde su llanto es tan genuino que uno pensaría que se lo provocaron sádicamente antes de apretar el rec.

The Florida Project no solo es una gran película, puede ser la transición de Baker a una película industrial de costo medio. De continuar en este camino, solo podemos esperar lo mejor.

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