Reseña: Darkest Hour

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Esta película ya se ha visto. Unas 15 veces más o menos. Sin repetir y sin soplar: The Gathering Storm y su secuela Into The Storm, o la reciente Churchill. Las primeras dos, producidas por HBO, tenían a Albert Finney y Brendan Gleeson en el rol estelar. La última, tuvo al gran Brian Cox, haciendo del viejo Winston.

Churchill es una obsesión de los actores y directores ingleses. Las películas mencionadas se ocuparon de los años en que la Segunda Guerra Mundial era inminente, o ya adentrados en ella, pero el personaje es omnipresente.

Aparece como personaje secundario en The King´s Speech, interpretado por Timothy Spall; en sus años crepusculares en la piel de Michael Gambon, para el telefilm Churchill´s Secret; como fiel aliado de la reina Isabel en la serie The Crown, llevado adelante por un improbable, americano y lungo para el papel, John Lithgow. Y la lista sigue: Robert Hardy, conocido como el ministro de la Magia, de Harry Potter, interpretó a Churchill en una miniserie de ocho capítulos, The Wilderness Years, y en la friolera de cuatro películas para TV, y hasta Richard Burton llegó a interpretarlo en una versión de The Gathering Storm de 1974.

Churchill es un personaje shakespeareano a estas alturas. Un mito moderno. Todos los actores ingleses arriba de los 50 años quieren interpretarlo. No importa si son flacos, tienen todo el pelo y vienen de ser el comisionado Gordon. Basta con actuar. El physique du rôle lo arreglamos luego. Y, aunque parezca forzado, es la mejor forma de encararlo. Dejen actuar a los actores. Churchill es una fuente inagotable de manierismos, lenguaje florido, pronunciación afectada, alcoholismo incipiente y obsesiones inacabables.

DARKEST HOUR

A primera vista, y por lo dicho en cuanto a physique du rôle, Gary Oldman no hubiera sido la elección lógica para hacer de Churchill. En una terna improbable, compartía podio con Colin Firth y Hugh Grant en “Actores ingleses de más de 50 años que no se parecen en nada a Winston”. Y como le dijeron que no podía, fue y lo hizo.

Oldman ha cambiado su forma de actuar. Veamos: en 1986, en su tercera película, interpreta a Sid Vicious. En 1991 hace de Lee Harvey Oswald en JFK, y en 1992, del Conde Drácula en la operística Bram Stoker´s Dracula. Siguen a esta lista su encarnación de Beethoven (Amada inmortal), del psicópata Winston Stansfield en Léon, (El perfecto asesino), del terrorista ruso en Air Force One, del millonario desfigurado Mason Verger en Hannibal y el padrino de Harry Potter, Sirius Black, en El prisionero de Azkaban. Todo esto, con la excepción de Sirius Black, fue un “in crescendo” de intensidad. Finalmente, llegó a Batman Begins, en el papel del comisionado Gordon. Y algo cambió. No sé realmente si Gary Oldman se dio cuenta enseguida de que el héroe de la saga era él, y no el murciélago encapotado, pero su actuación bajó decibeles. Se tranquilizó. Tal vez se dio cuenta de que tenía dos opciones. O subir el volumen y seguir los pasos de Al Pacino, una suerte de autoparodia, como se había sugerido en su participación en la serie Friends, o ir por el camino contrario. Su comisionado Gordon es un ejemplo de estoicismo y autocontrol. Así, su próximo villano, Carnegie, en El Libro de Eli, también está un poco más sosegado. Lo siguen George Smiley para la impecable Tinker Taylor Soldier Spy, y Dreyfus, el líder de los humanos, en Dawn of the Planet of the Apes.

Pisando los sesenta años, le llega la oportunidad de vestirse de Churchill. Y disfruta cada frase como saboreaba la palabra Bloooooood en su conde Drácula, hace 25 años.

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Darkest Hour ocurre en solo un par de días. Y, por una vez, no es exagerado decir que esos días tuvieron en vilo al mundo. Los nazis desatan la Blitzkrieg –guerra relámpago– en los Países Bajos y Francia. El primer ministro inglés, Neville Chamberlain, debe renunciar. Abogó por la paz durante años e hizo el papel del zonzo con Hitler, firmando un pacto en Munich en el que declaró “La paz en nuestro tiempo”, solo para ver que había sido engañado como un adolescente.

La historia es hiperconocida. Churchill, camino a los 70 años, llevaba un lustro advirtiendo sobre el crecimiento del nacional socialismo y los peligros que una Alemania dominada por el fascismo significaban para Europa. No le venían dando demasiada bola a Winston. Después de todo, era un fanático de la Britania Imperial, alcohólico, colérico, y contaba con varios pifies en su prontuario, notablemente la batalla de Gallipolli, una operación a su cargo cuando fue lord del Almirantazgo en la Primera Guerra Mundial, que terminó en fracaso y en la que perecieron 300.000 soldados aliados y 250.000 del Imperio Otomano.

Churchill pertenecía a una familia aristocrática, pero no heredó fortuna. En base a su talento como escritor e historiador logró sobrevivir cuando no tenía un cargo asalariado. Era un orador nato. Y ese talento quedó en el inconsciente colectivo.

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El antagonista de la película es el Vizconde Halifax: es notable como Stephen Dillane puede resultar odioso cuando se lo propone. El actor, conocido principalmente por su rol como Stannis Baratheon en Game of Thrones, compone a un apaciguador ferviente, ministro de Chamberlain y miembro de Gabinete de Guerra, que conspira para que el recién nombrado primer ministro se vea forzado a dimitir y, así, lograr acceder al cargo.

Para el rey Jorge VI, la elección es peculiar, ya que lo compone Ben Mendelsohn, un australiano con el acento tan duro que se escucha raro hasta en Lanús. Soy fan de Mendelsohn desde Animal Kingdom. Verlo hoy en todos lados –Rogue One, Slow West, Blooddline– me provoca el molesto efecto de “lo conozco desde Cemento”, al tiempo que cierta preocupación. Como este período histórico ha sido contado muchas veces, así como muchos actores interpretaron a Churchill, tantos otros hicieron lo propio con el rey Jorge. Sin ir más lejos, Colin Firth en El discurso del rey, Iain Glen (Jorah Mormont en Game of Thrones) en Into the Storm y Jared Harris en The Crown. Mendelsohn no está mal, pero su acento y dicción distraen. Kristin Scott Thomas tampoco se destaca como Clementine, la esposa de Churchill, cuyo rol autoconsciente es que todos los que rodean al viejo rompequinotos sean capaces de fumárselo, como hace ella.

Joe Wright, el director de la película, tiene una carrera bastante variopinta. Desde adaptar a Jane Austen en Pride and Prejudice y a Ian McEwan en la interesante Atonement –que tiene un plano secuencia demoledor de la Batalla de Dunkirk–, pasando por el interesante thriller de acción Hanna, hasta el que es tal vez uno de los mejores capítulos de Black Mirror: “San Junipero”. Wright elige para Darkest Hour un estilo pictórico. Hay encuadres que parecen salidos de los comics de grandes ilustradores. La fotografía es dramática y excesiva. No sucede: subraya. Hay una intensión visual en la película, la de tratar las escenas como los cuadros de grandes señores, o las remembranzas de momentos importantes. Es consciente, agradable y arriesgado. Una fotografía dramática en una película protagonizada por un actor severamente maquillado puede develar el efecto. Pero entre Gary Oldman y el maquillaje, no se nota. Dijo el famoso maquillador Dick Smith sobre su trabajo con Max von Sydow en El exorcista: “el maquillaje solo apoya una actuación brillante, no es al revés.” Y eso mismo pasa en Darkest Hour. Gary Oldman desaparece completamente. Solo queda Churchill.

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La película tiene una estructura peculiar. Comienza el día de la renuncia de Neville Chamberlain y termina, semanas después, con el rescate de las tropas británicas atrapadas en Dunkirk (ver sí o sí Dunkirk, de Christopher Nolan, para entender esto). Pero la peculiaridad no tiene que ver con la franja de tiempo elegida, sino con el problema de la focalización. Comienza claramente con el punto de vista de Elizabeth Layton (Lily James, de Downton Abbby y Baby Driver), quien justo ese día comienza sus labores como secretaria de Churchill. Siempre interesante y útil para contar una historia, el punto de vista del personaje del “recién llegado”, que vendríamos a ser los espectadores, con lo cual se genera empatía automática, es abandonado. Es casi como si se hubiera tomado una decisión en la sala de montaje, que negará la que se tomó en guion. Se dieron cuenta, tal vez, de que no era necesario. Que Churchill ya está en el inconsciente colectivo y sus costumbres ya no nos son extrañas, como desayunar bebidas espirituosas con huevos y panceta, el eterno cigarro o el estilo de vida aristocrático a cualquier costo, incluso el de la bancarrota. Nótese que este punto de vista es el elegido también en Der Urtengang (La caída) que narra los últimos días de Hitler. La necesidad de humanizar a Hitler era imperiosa para Oliver Hirschbiegel, el director de esa película, por lo que recurre al mismo recurso con polémicos resultados.

Los carteles marcan el paso de los días, los hechos se precipitan y Churchill va pronunciando sus célebres discursos. Sobre el final, la película se traiciona en una polémica secuencia. No importa, el acto está consumado. Habían pasado 90 minutos y nos creímos que Oldman era Churchill. En esto descansa la película, sin un guion notable ni un ritmo apabullante. Es todo actuación. Felicitaciones Gary, el Oscar va a ser tuyo.

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