Reseña: The End of the Fucking World

 

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The End of the Fucking World es el nuevo hit indie que se popularizó a través de Netflix. Originalmente emitida por el Channel 4 de UK, la serie narra las desventuras de una joven pareja de adolescentes que, sin proponérselo demasiado, termina involucrada en un raid delictivo un tanto extravagante.

A lo largo de ocho pequeños episodios de apenas veinte minutos de duración, el relato se centra en la relación de James (Alex Lawther), un joven de 17 años que cree ser un sociópata, y Alyssa (Jessica Barden), una niña bien de la misma edad que intenta escapar de una problemática vida hogareña.

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Casi como si fuera una reversión millennial de la ya agotada historia a lo Bonnie & Clyde, los protagonistas se embarcan en un viaje de escape que inicialmente tiene fines un tanto extraños. Mientras que Alyssa ve en James una vía de escape a sus complicaciones, él encuentra en el viaje y en ella la posibilidad de saciar su instinto homicida para de una vez por toda sentirse a gusto.

Con esta premisa la serie se vuelca completamente hacia la comedia negra, adoptando muchos elementos reconocibles en una estructura típica de screwball o “comedia disparatada”, donde los personajes se irán cruzando con una serie de obstáculos y elementos externos que les harán atravesar situaciones delirantes y replantear sus objetivos iniciales todo el tiempo, llevándolos hacia lugares de lo más ridículos y exagerados que uno podría imaginar.

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Más allá de este planteo bastante eficaz para los tiempos que corren (convengamos en que la presencia de jóvenes conflictuados y con padecimientos de salud mental suele ser una suerte de cliché de esta era), el punto fuerte de la serie y la clave de su éxito radican en lo bien que están definidos sus personajes, los cuales con muy pocos detalles ya adquieren una personalidad y presencia tal que permiten una empatía rápida del espectador. A su vez, aunque la escalada dramática se vuelva cada vez más demencial, el pulso de la narración se sostiene con tal firmeza que todo se mantiene verosímil por más disparatado que sea.

No es habitual encontrar screwballs en la actualidad. Para muchos es un género vetusto, antiguo y que no tiene demasiado sentido hoy por hoy. En los 30 y en los 40, cuando la comedia tenía un fuerte rol de crítica o espejo social, el género posibilitaba en Estados Unidos instalar discusiones políticas sobre temáticas controvertidas de la época; a partir de estas películas se ponían en discusión desde la construcción tradicional de la familia hasta el racismo. En otras latitudes este tipo de relatos se dieron a partir de los 50, la opción más adecuada para superar las feroces censuras de las dictaduras, recordar si no aquella mítica película El verdugo, de Luis García Berlanga, a través de la cual se realizaba una mordaz crítica al franquismo.

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Sin menoscabar las virtudes estéticas reconocibles en The End of the Fucking World, que ya son un clásico de la producción televisiva inglesa (la fotografía en exteriores, el trabajo sobre la composición con el característico aire encima del cuadro, etc.), el mérito de la serie radica en su capacidad para rescatar este género de la comedia y refrescarlo con una mirada ácida respecto a la construcción de los vínculos adolescentes en la actualidad, sin una mirada demasiado condescendiente, pero tampoco desde una postura aleccionadora.

Por supuesto, están presentes una serie de clichés y elementos naif de este tipo de relatos, pero no obstruyen demasiado. Corta, estéticamente hermosa, ágil, divertida y con cierta reminiscencia al primer Edgar Wright. Ideal para un bingeo veraniego.

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