La película de Pampita

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Allá por el 2010, recuerdo haber visto el trailer de la que unos años más tarde sería quizá la película argentina más icónica de los últimos tiempos. No Hablo de Carancho, ni de Aballay o el Rati Horror Show; tampoco de filmes cercanos a ese año como El secreto de sus ojos o El estudiante. Me refiero a Un buen día, la ópera prima de Nicolás del Boca, escrita y producida por el célebre Enrique Torres, Quique, como lo recuerdan afectuosamente sus seguidores en las redes sociales.

Recuerdo entonces haber visto aquellos primeros fragmentos de una película que me parecía de lo más absurdo que mis jóvenes 20 años habían experimentado. Diálogos forzados, un doblaje llamativo y actuaciones cuestionables desfilaban a lo largo de esos dos minutos y siete segundos de metraje promocional. Por supuesto, al llegar el estreno, el film fue un fracaso estrepitoso y el hazme reír de la crítica especializada, acumulando a su vez una fuerte indignación en el escaso público que la vio en salas.

Pero los años pasaron y el boom del consumo irónico convirtió a UBD en un fenómeno de masas, con ciclos de proyecciones, memes y un fanatismo desenfrenado por sus personajes. Este fenómeno no se trató de una puesta en valor de una genialidad incomprendida para su época, como por ejemplo Blade Runner, el éxito de UBD se generó gracias al auge de Internet y una suerte de exploitation viral de fragmentos seleccionados de la película que luego terminaría escalando a la totalidad de la obra.

El año pasado Lucila Solá (Fabi) estrenó en Argentina Resentimental, un film que parecía venir a convertirse en otro fenómeno de la reivindicación del absurdo, hecho que no ocurrió. En esta línea, similar atención recibió por aquellos meses la última película de Diego Kaplan que motiva este texto, Desearás al hombre de tu hermana o, como popularmente se la conoce: la película de Pampita.

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El único motivo por el cual al comienzo de este artículo existe una asociación entre las obras citadas es para rápidamente separarlas y desmarcarlas. No tienen nada que ver una con la otra. Sería muy injusto y básico aplicar la lógica del consumo irónico millennial para intentar explicar Desearás…, que por lejos es una propuesta mucho más compleja y rebuscada que lo que aparenta. Y por favor que no se me malinterprete: estoy seguro de que Torres y Del Boca se tomaron con mucha seriedad su trabajo, quien lo tomó distinto fue Kaplan que se hizo cargo del chiste, lo entendió y se apropió de él.

Por muchas razones Desearás… es una película arriesgada. Para comenzar el alto presupuesto y la salida con más de 100 copias hablan de un tanque nacional, de esos cuyo estreno es contado con los dedos de la mano al año en las salas argentinas. Esto no es menor si uno piensa en realizar una película para el “mercado”, entendiendo que su único atractivo para los espectadores es la figura fuerte de una estrella como Carolina Pampita Ardohain, la lógica implica que el costo de producción tendería a ser de modesto a escaso, aspirando a que con un producto barato las salas se llenen y la rentabilidad sea superior. Si bien esto es habitual en nuestro cine –pregúntenle a los Mentasti si no– nada más alejado es lo que ocurre aquí.

El diseño de producción de Desearás… probablemente sea de los mejores de la última década del cine nacional. Si bien la película transcurre mayormente en una sola locación, el despliegue en esta es apabullante. La fotografía y la puesta en escena son técnicamente privilegiadas. Kaplan retrata con mucho estilismo el grotesco y lo kitsch a través del uso steadycam y lentes angulares y normales que hacen lucir el resto de los rubros técnicos.

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Hay por otro lado una suerte de apropiación y resignificación del look de los 70, el juego con los colores, el vestuario y las interpretaciones actúan como una suerte de relectura de la época sin caer en una parodia que se agote en sí misma.

Estamos entonces frente a una película comercial, erguida sobre la figura de una estrella del espectáculo, pensada quizá con la única finalidad de atraer a un público “chabacano” a la sala, pero que a la vez está realizada de una forma prodigiosa y con una inversión desmedida para la media del cine nacional. El resultado en consecuencia no puede ser otro que el desconcierto.

Esto nos hace preguntar si de verdad estamos frente a la película de Pampita, es decir, un film realizado únicamente para cumplir el fetiche de ver desnuda a una mujer hermosa y popular, o si en realidad, se trata de una artimaña que utiliza a su protagonista como cortina de humo para esconder detrás otras cosas.

Esos dos polos son los que dividieron a la crítica, que reaccionó con fuerte sorpresa y rápidamente se polarizó: obra maestra o porquería inmunda.

Ni una cosa ni la otra.

Veamos, el argumento de la película es muy sencillo. Dos hermanas (Pampita y Mónica Antonópulos) son criadas por una madre liberal (Andrea Frigerio), que estimula desde temprana edad el despertar sexual de las niñas. Mientras una es más desinhibida, la otra se reprime. En determinado momento esta distancia y tensión sexual entre las hermanas generan un conflicto irreparable en ambas que concluye con el alejamiento de una ellas. Será entonces el casamiento de la hermana reprimida el que vuelva a juntar a la familia. Lo que pasa después, el mismo título de la película lo dice: una va a desear al hombre de la otra.

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Es esa premisa tan sencilla la que toma Kaplan para construir un universo de personajes intensos, cargados y exagerados. En ese abuso del drama, el relato encuentra un tono particular que funciona como una relectura del primer Almodóvar y hasta incluso remite a Armando Bo. Esto claro que no es lineal, no se trata de una copia u homenaje.

En ese camino la película no siempre funciona, el exceso por momentos se vuelve tedioso y da la sensación de que no todos los actores entienden el juego propuesto. En este sentido Frigerio (lo mejor de la película), Antonópulos y Guilherme Winter (el Moisés de la novela brasileña) son los que salen mejor parados, mientras que la dupla protagónica compuesta por Juan Sorini y Pampita luce más desordenada y perdida.

Lo más desconcertante de la película radica entonces en el enorme esfuerzo técnico y artístico que se de distingue para salvar una obra pobre, con todo para perder, del fracaso. Es ese derroche de talento lo que genera una extrañeza singular: ¿por qué?, ¿para qué hacerlo? Si bien el cometido se cumple, ya que la película ni por asomo es la boñiga que hubiese sido en manos de algún delincuente con prontuario de la industria, no deja de asombrar qué necesidad había de intentar salvar una obra condenada.

Desearás… es en definitiva algo más que la película de Pampita. Se trata de una apuesta arriesgada, con escenas memorables (la del inicio, la del semen y la del barro solo por citar algunas) y de público indescifrable pero existente. No será para todos, pero definitivamente es para alguien.

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