Reseña: The disaster artist

Hay unas pocas maneras de hacer las cosas. Bien, mal y como Tommy Wiseau.

The Room es una película del 2003, producida, guionada, dirigida y protagonizada por Tommy Wiseau.

Un melodrama hecho con un tono que no parece cerrar, como si nos intentaran decir algo pero en otro idioma. Eso atrae, y lo que hoy es conocido como “consumo irónico” no tardó en adoptarla como una de las pioneras de este género tan entrañable para los fanáticos.

En cuanto a lo que se puede decir de la película, podrían hacerse conferencias y la gente asistiría, como culto de lo más bajo. Esa es una de las dulzuras del consumo irónico, un mercado con cierto sentido del humor ácido y despierto. No se trata de la inteligencia con que se lo ve, sino de aceptar los términos de lo que estamos a punto de observar, y disfrutarlo.

Y en medio del público apareció James Franco, quien, fascinado por lo que The Room le había provocado, decidió hacerse con los derechos y rodar la película sobre la filmación de The Room. Para las personas a quienes les gusta el quehacer cinematográfico, prometía ser una experiencia muy gozable. Al punto de temerle (salir de la sala y decir: “No estuvo tan buena”). Si bien los gustos son subjetivos, los hechos no.

The Disaster Artist fue un acierto. Un acierto en bruto.

La noche americana (François Truffaut, 1973) buscaba mostrar una realidad dramática del amor al cine mediante el quehacer cinematográfico. Pero esta película nos lleva al fenómeno de un personaje excepcional: Tommy Wiseau, el hombre cuyo pasado es brumoso, como si emergiese de un pantano. Definimos “normal” a lo que consideramos correcto. El juicio que indefectiblemente empleamos hacia Wiseau se debe a estos estándares. Aun así, el producto que trajo al cine tiene su mérito.

En fin, la película muestra ese costado: vivir, trabajar y relacionarse con una persona intratable pero rescatable en ciertos aspectos. Y funciona por sí misma, incluso si no se sabe nada previamente sobre la película The Room, y da un piso en donde pararse para el espectador que no consume irónicamente. Tiene carácter de seguir mostrándose y no quedar en el sótano del culto.

James Franco nos muestra tanto su habilidad para imitar una personalidad anti estándar, como para jugar y crear con ella. Hay un estudio de parte del actor, que bien también fue el principal interesado y el precursor de la idea de hacer esta biopic. Quizá no sea la actuación que destaque su carrera pero sí destaca su talento. Su hermano, Dave Franco, su amigo, Seth Rogen, todos los involucrados todavía tienen el sentido lúdico despierto para hacer las cosas. Participan de algo que saben que trasciende a una manera personal de querer estar en la trayectoria de realización del proyecto.

La comedia es una tragedia transformada. Y la delgada línea entre ambas en esta película no parece hacer equilibrio del todo. Y acá no hay decisiones buenas o malas, sino decisiones del tono que se quiere tener. Y resulta que tomó un camino más cómico. Y pudimos haber preferido ver algo más oscuro, pero el resultado no disgusta.

Pero contenta ver desventuras que terminan con las cosas más o menos resueltas. Haber disfrutado el viaje, y algo importante que es reírse. Eso nos ofrece, no pretende ser más que eso y, así, no sentimos que nos falte el respeto.

Prácticamente, el diagnóstico es que es eventualidad de rareza, una ficción que documentó el rodaje de una de las consideradas peores películas de todos los tiempos. Y The Disaster Artist la resignifica, le hace el favor de que el consumo irónico salga del sótano y del universo del culto. Cosa que no está mal, más aún, se hace conocer en otros ambientes.

En ciertas partes, en el metraje y en lo que significó para los protagonistas, es una pequeña oda a la profesión de actores y cineastas. Con esto dicho, destaco una de las frases de la película que resalta los hechos:

“Somos actores. Cualquier día malo en el set es mejor que cualquier buen de día allá afuera”.

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