A Ghost Story: la insoportable levedad del (no) ser

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Debo reconocer de antemano que hablo de A Ghost Story (David Lowery, 2017) desde un estado de fascinación absoluta. Estaba ansioso de ver una película que supuse que sería una de las más interesantes de este año que ya termina. Porque, en efecto, la historia de un fantasma representado a la manera de los dibujos animados clásicos –la sábana blanca con agujeros negros en los ojos– prometía como mínimo generar un efecto pintoresco. Sin embargo, lo que hallé catapultó mis expectativas iniciales a territorios por completo inesperados: descubrí una obra magistral, dotada de una poesía arrobadora, que en la exposición de su temática (que combina lo filosófico, lo religioso y lo sobrenatural) no teme mirarse a sí misma con ironía y que en su austeridad disimula una técnica minuciosa. A Ghost Story me persigue desde entonces como una presencia muda e invisible, una sombra abrumadora que se resiste a abandonar mis reflexiones.

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El punto de partida de la película es bastante modesto. C (Casey Affleck) y M (Rooney Mara) atraviesan una crisis de pareja. Sin embargo, cuando la situación parece encaminarse, C muere en un accidente. Entonces se manifiesta el verdadero protagonista del filme: el fantasma hecho con pliegues de tela blanca y agujeros negros en los ojos. Todo lo que sucede a continuación (y que se desarrolla en las dos terceras partes de la cinta) se liga a su presencia. Lo que vemos es lo que él mismo ve. ¿Y qué es lo que puede ver un fantasma? La película aborda este interrogante de dos maneras: desde un aspecto temático y un aspecto técnico-narrativo. Ambos aspectos se combinan en la historia con un ingenio admirable y que no le ahorra al espectador el trabajo de resolver ciertos mecanismos del relato. En efecto, la película expone ciertos puntos de vista filosóficos mediante determinados procedimientos cinematográficos que, al combinarse, ofrecen perspectivas que el espectador deberá decidir si son pistas falsas, parodias o planteos legítimos.

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A Ghost Story arranca desde el vamos proponiendo una mirada inusual al adoptar la relación de aspecto 1.33:1. Además de eso, añade un viñeteado de aristas curvas en los bordes del cuadro. El resultado es una imagen cerrada, por momentos opresiva, por momentos nostálgica, que recuerda las escenas de las viejas diapositivas o de las fotos de Instagram. Ligado a este marco, abunda el empleo de planos fijos, en los que el movimiento es mínimo o inexistente. Las escenas, de esta forma, se transforman en cuadros vivos que, en muchos casos (como la famosa escena del pastel) ponen a prueba la paciencia del espectador, pero que en otros acaba por reducir la imagen a sus elementos esenciales: líneas, curvas, ángulos y figuras geométricas. Se construyen así abstracciones que remiten a lo intemporal. También por medio de este procedimiento se componen escenas dentro de escenas que aluden a la memoria o a juegos de perspectiva y de escorzo: el espectador ve al fantasma, pero también ve lo que el fantasma ve o quiere ver. Un trabajo parecido se percibe en la iluminación y en el color. De acuerdo con la escena, predominan tonos cálidos o fríos en medio de una luz que tiende a ser subexpuesta, lo que le brinda a la imagen una atmósfera de fotografía retocada con filtros. Una vez más, Instagram aparece como el modelo de la imagen, que nos guía de inmediato a la idea de la fotografía autoconsciente, de la imagen que se sabe imagen, artificio, construcción, y que por ello aspira no a ocultar esa condición, sino a exhibirla casi con descaro. Esta cualidad es ya un tic del cine indie que David Lowery y el director de fotografía Andrew Droz Palermo elaboraron de manera adrede.

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Otro apartado técnico fundamental es el de la banda sonora. Daniel Hart es un asiduo colaborador de David Lowery y en A Ghost Story la madurez de esta relación creativa se hace patente. En el filme abundan las escenas sin diálogos, las acciones con ruido escaso, los paisajes con sonido de ambiente. Pero cuando aparece, la música elabora el clima perfecto para la escena a la que está unida: una y otra se vuelven aliadas inseparables. La larga escena en la que M oye I Get Overwhelmed mientras recuerda la vez que C le hizo oírla por primera vez, no se puede definir de otro modo que parafraseando el título de la canción: abrumadoramente conmovedora.

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En el aspecto temático, A Ghost Story aborda no solo cuestiones como la muerte, la inmortalidad del alma, la memoria o el paso del tiempo: se remite también a otras imágenes, a otros relatos, a otros filmes. Enlaza temáticas trascendentes con citas del cine comercial o de autor. Así, por ejemplo, la secuencia de la aparición del fantasma se asocia de manera inevitable con un clásico pop como Ghost (Jerry Zucker, 1990). No obstante, las escenas del duelo de M remiten de manera subrepticia a otro clásico pero, esta vez, del cine de autor: Blue (Krzysztof Kieslowski, 1993), en la que Julie (Juliette Binoche) lidia con la muerte de su marido, compositor al igual que C. Si bien aquí no se acaba la cosa: la cinta se da el lujo de apelar a secuencias de terror que recuerdan a The Sixth Sense (M. Night Shyamalan, 1999), a escenas que resucitan el western más recalcitrante o el futuro más desesperanzado en el estilo de Blade Runner (Ridley Scott, 1982).

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A Ghost Story, en resumen, es una película pretenciosa pero que no teme mostrarse como tal. Por ese motivo, apuesta a exhibirse a sí misma sin inhibiciones. Pone a prueba al espectador con planos fijos en lo que (en apariencia) no sucede nada. Pero también lo aturde con secuencias en las que, de golpe, todo sucede: todo se muestra, todos hablan al mismo tiempo, todos dicen cosas importantes en medio de un caos que recuerda las danzas macabras durante los días de la peste en el Medioevo. Y en medio de ese caos de fiesta de fraternidades universitarias, un hipster con aspecto de hippie tardío, vestido con un jardinero de estilo montañés, suelta un discurso sobre la Novena Sinfonía de Beethoven y el fin de los tiempos más allá del Big Bang. Está claro que todo esto suena demasiado autocomplaciente. Pero si se miran estas escenas dentro del todo que es la obra, A Ghost Story se manifiesta como una parodia del mundo contemporáneo, demasiado presente, demasiado autoconsciente, superpoblado de gente superada a la que ya no le queda nada más qué decir y, por lo tanto repite, remixa, fabrica pastiches de verdades. En ese sentido, David Lowery despliega en A Ghost Story artificios técnicos y temáticas de honda tradición religiosa y cultural con un afán muy simple: demostrar que, al fin y al cabo, todos esos juegos de ingenio no son más que estrategias absurdas para disimular nuestra penosa finitud. Y la forma ejemplar de hacer patente esta precariedad a los ojos de aquellos que se empeñan en encubrirla es exhibiéndola a través de la mirada de un testigo mudo, anónimo, deshumanizado: una especie de cámara cinematográfica: un fantasma.

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