A Girl Walks Home Alone at Night: la mirada de una chica que camina sola de noche

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Tal como comentamos en una reseña anterior, Ana Lily Amirpour apostó en The Bad Batch (2016) a reelaborar el sci-fi postapocalíptico en clave de aproximación crítica a la era Trump. A Girl Walks Home Alone at Night (2014), en este sentido, se anticipa en esta misma mirada incisiva pero desde una clave distinta. El lugar es Bad City, un pueblo de paisaje posindustrial (quizá de Teherán o de Texas) que separa la opulencia y la marginalidad mediante un zanjón donde se apilan cadáveres que nadie reclama. El idioma es el persa, lo cual otorga a los diálogos la distancia de un mundo desconocido. En la televisión aparece una suerte de predicador de bigote poblado y expresión severa que vende baratijas y frases de higiene moral. Las radios, las caseteras de los autos, los tocadiscos reproducen canciones que suenan como hits de los ochenta pero cantados con una lengua inusual. Las paredes combinan afiches con la imagen de un líder político o espiritual y graffittis que parecen de protesta (o al menos es lo que uno supone, ya que emplean la grafía persa). Todo esto, contado en blanco y negro, mediante planos de un ritmo pausado, de precisión quirúrgica, que por momentos se regodean con el panorama decadente de ese pueblo y por momentos se enfocan en las caras mudas pero sumamente expresivas de sus protagonistas. Es poco lo que se dice pero mucho lo que se muestra.

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Arash (Arash Marandi) usa jeans ajustados y camisetas blancas a lo James Dean. Su padre, Hossein (Marshall Manesh), víctima de un luto interminable, vive ausente en las nubes de la heroína. Arash se defiende como puede en ese sitio despiadado y que no da lugar a la esperanza. La adicción de su padre lo llevará a cruzarse con Saaed, el dealer (Dominic Rains), en una situación de la que no tiene otra que perder. Sin embargo, Saaed constituirá en gran medida la causa remota del encuentro que hará cambiar el rumbo de su vida. Por contrapartida, The Girl (Sheila Vand) aparece en medio de esta historia de marginalidad como una sombra inesperada. Vaga por las calles desoladas de Bad City con un chador negro que flamea en torno a su cuerpo como una capa. The Girl observa de lejos, vigila en silencio y ejecuta su justicia que, al mismo tiempo, la ayuda a saciar su sed de sangre. Porque The Girl no es una chica cualquiera. Es cierto que, como muchas de las chicas de su edad, tiene las paredes de su habitación tapadas con posters de las celebridades que imitan cantando en persa a bandas new wave o a Michael Jackson. Sin embargo, The Girl no tiene nombre, recorre la ciudad sólo de noche, y no tiene piedad con aquellos que se aprovechan de los indefensos.

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A Girl Walks Home Alone at Night, en consecuencia, tiene en la base de su historia una estructura sencilla. Esta economía del relato le permite a Amirpour explorar cuestiones que componen la verdadera columna vertebral de la película. En esencia, todo consiste en un distanciamiento muy bien calculado: el mundo en blanco y negro, el idioma persa, la ciudad posindustrial, el eclecticismo del vestuario, la música folk y retro. Así como las afueras de Texas en The Bad Batch, Bad City es también un territorio fuera del tiempo: constituye una distopía, un territorio de ficción donde todo es posible pero en el que –a diferencia de la utopía– nada de lo que ocurre allí es sueño realizado, sino que más bien es la encarnación de lo peor del mundo cotidiano. En Bad City (al igual que en el páramo de The Bad Batch) no hay ley: los cadáveres se acumulan en un zanjón que es tan parte del paisaje habitual como el humo tóxico de las chimeneas o las bombas petrolíferas que picotean incansablemente. A su vez, todas las épocas y todas las culturas acuden a reunirse en ese lugar: el rockabilly convive con el gangsta, no hay modo de diferenciar si las calles recorren un suburbio de Teherán o de Detroit, el orden natural marida con el orden sobrenatural. Arash y The Girl, por lo tanto, se hallan entrampados en una encrucijada donde que se mueven como parias: sus ojos constituyen los lentes por medio de los cuales el espectador contempla el caos de Bad City y, al mismo tiempo, intuye la distopía de nuestra realidad inmediata.

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A Girl Walks Home Alone at Night se luce por la economía de su trama, por la precisión de sus planos, por la sobriedad de sus actores. Pero donde la obra deslumbra es en la composición de una estética sostenida en el pastiche y el remixado que le otorgan al film un sabor crepuscular, entre nostágico y despiadado. La mirada de la chica que camina sola de noche es la de quien ha gastado las sendas interminables de este mundo y, luego de una peregrinación de siglos, ha arribado a un lugar en ruinas, que no vive más que de glorias pasadas y de sombras de lo que pudo ser y ya no ha de ser más nunca. Ese lugar es el futuro. Y ese futuro es el hoy que se vive con los ojos bien abiertos, con la parálisis de una pesadilla. Una pesadilla que no asusta, sino que provoca más bien rabia, desaliento, impotencia.

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