A cure for Wellness: para curarnos del bienestar capitalista

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A Cure for Wellness (Gore Verbinski, 2016) es un caso peculiar en un doble sentido. Por una parte, es una película poco convencional, producida por un estudio comercial (20th Century Fox). Por otra, sus rasgos la acercan más al cine de autor que a los bombazos de taquilla tales como la trilogía Pirates of the Caribbean (2003, 2006 y 2007) que Verbinski en su momento supo comandar. Quizá haya sido esto lo que en gran medida provocó que la recaudación no alcanzara su presupuesto (costó 40 millones de dólares y desde su estreno en febrero de 2017 recaudó menos de 30) y que gran parte de la crítica haya resultado difusa. El público esperaba, tal vez, una película más o menos ajustada al terror reglamentario y tropezó con una suerte de criatura inasible y resbaladiza como las anguilas que proliferan en el relato.

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A Cure for Wellness es una película morosa. Sus dos horas y media se componen de secuencias que combinan la belleza de la fantasía gótica y lo siniestro del mundo contemporáneo. Su modo de narrar rinde un tributo inconfundible al Kubrick de The Shining (1980) y al Scorsese de Shutter Island (2010). En cuanto espectadores, nos convertimos en la sombra del protagonista, el corredor de bolsa Lockhart (Dane DeHaan). Así, por un lado, abandonamos la (in)seguridad de un piso alto en un soberbio rascacielos de Wall Street para extraviarnos en los interminables laberintos de un spa superexclusivo, situado en un castillo gótico (re)construido sobre la cima de una montaña. Pero, por otro lado, así también renunciamos a las certezas de una realidad fuertemente asentada sobre la ideología de “lo racional” –vale decir, el conglomerado de discursos jurídicos, económicos y científicos que justifican el sistema financiero– para adentrarnos en el terreno de lo fantástico donde aquellas reglas “racionales” no solo pierden validez, sino que además se muestran como lo que en verdad son: una forma siniestra del delirio. En consecuencia, Lockhart nos lleva de la mano desde el mundo de los chupasangres actuales al mundo de los vampiros legendarios: un poco a la manera en que Jonathan Harker (en la archiconocida novela de Bram Stoker) viaja hasta la residencia del inmortal Conde.

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Por supuesto que las referencias no se terminan allí. En Hannah –la coprotagonista de la historia encarnada por Mia Goth– todo nos recuerda a la Alicia que no sabe si recorre Wonderland o los territorios del otro lado del espejo. Es por este motivo que ella se mira en el agua de los estanques, los bordea como haciendo equilibrio para no hundirse en ellos: no comprende el reflejo que ve y tampoco alcanza a discernir lo que habita en el fondo de esos pozos transparentes. Lockhart llega a ella por medio de la curiosidad. Y a través del diálogo que ambos entablan –un diálogo que sigue las (pseudo)reglas que fundó Lewis Carroll– es como ambos se descubren a sí mismos: atraviesan un laberinto de conversaciones para hallar en el centro no al Minotauro sino a sus propios reflejos, lo que verdaderamente son.

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El monstruo que habita en la cúspide de ese castillo-spa, situado en el pico de una montaña alejada del mundo urbano, es una criatura mitológica, un ser grandilocuente, con aspiraciones monumentales: el mal absoluto encarnado por un personaje clásico de la ópera romántica o de la novela gótica. Comparado con los psicópatas que organizan reuniones de directorio en los pisos altos de los rascacielos de Wall Street, el monstruo parece una figura poética pero montada con cartón: pura fanfarria para ocultar otra cosa. En esta contraposición creo que subyace uno de los grandes logros del film: confrontar al espectador con el mal verdadero. No se trata aquí de proveer la catarsis del happy ending a lo Disney, sino de despertarlo de un sueño melodramático en la Matrix. El mal verdadero no es oscuro sino cristalino y puro como el agua mineral embotellada que nos dicen que es sana y pura. El mal verdadero no es aprehensible sino resbaladizo y carroñero como las anguilas que habitan en el fondo de esas aguas.

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En resumen, A Cure for Wellness cuenta la peregrinación de Lockhart desde un territorio con normas aceptadas y consabidas hacia un lugar en el que tales normas ya no funcionan. Este mundo nuevo pareciera seguir las pautas de un sanatorio que adopta discursos de la medicina de diferentes épocas: habla del estrés y la depresión contemporáneas y propone tratamientos abandonados por la ciencia médica de nuestros días. La idea de la cura funda las bases de este universo desconocido. No obstante, esa cura implica cierta purificación que para Lockhart implicará poner a prueba las normas a las que él se ajustaba: deberá admitir o rechazar la legitimidad de tales reglas. En tal sentido, el viaje de Lockhart puede leerse como el camino del (anti)héroe que va de la realidad a la fantasía, de la vigilia al sueño, de la racionalidad a la locura. Añade incluso una lectura que quizá sea más explosiva: la procesión de Lockhart representa el camino desde el espacio que Mark Fisher ha denominado (no sin cierta ironía) realismo capitalista,[1] hasta un lugar que trasciende el horizonte de este mundo en apariencia infranqueable. Un territorio que se revela solo a los ojos que se animan a ver, así como Nada se anima a ver el mundo tras los lentes oscuros en They Live (John Carpenter, 1988) o el misterio con que se revela la Zona para el Stalker (Andrei Tarkovski, 1979).

 

[1] Ver Mark Fisher (2009). Capitalist Realism: Is there no alternative? Winchester, UK: Zero Books. Hay traducción al castellano (2016) Realismo capitalista: ¿no hay alternativa? Buenos Aires: Caja Negra Editora.

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