Zama o las dos películas

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Para la cinefilia nacional, pocos estrenos eran tan esperados como Zama, la nueva película de Lucrecia Martel. Nueve años han pasado desde que la realizadora salteña presentara su anterior largometraje.

Si bien el cine de Martel siempre ha dividido aguas, en los últimos años la lejanía de sus películas –y por qué no, la ausencia de una narrativa como la suya– produjo una suerte de puesta en valor de su obra y un reconocimiento bastante ecuánime entre la comunidad audiovisual. Más aún después de que el listado elaborado por la BBC ubicara a La mujer sin cabeza, su anterior película, como una de las 100 mejores del siglo XXI.

La expectativa con Zama era entonces contundente. Una superproducción de época, basada en la novela homónima de Antonio Di Benedetto (considerada inadaptable durante muchos años), sumada a ciertos problemas en la etapa final de la postproducción que agrandaron la espera generaron el interés necesario para poner a Martel en el centro de la escena del cine nacional una vez más.

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El camino comenzó torcido. El presunto estreno en Cannes se pospuso, podría presumirse que por el rol que ocupó Pedro Almodóvar (uno de los principales productores de Zama) como presidente del jurado, y la película no logró colarse inexplicablemente en ninguna de las competencias de los festivales clase A del mundo. Sería al final Venecia que le daría un pequeño espacio, fuera de las secciones competitivas, para que Zama de una vez por todas viera la luz.

Semanas después de aquel estreno la película llegó a nuestras salas con una módica salida, teniendo en cuenta la presencia de Disney como distribuidor. Las apenas 45 salas de salida, marcaban y apuntalaban de modo claro un criterio de exhibición: Zama era una película para un público específico, su aparente masividad o popularidad era desterrada de movida.

Con una sorpresiva rapidez, quizá como premio consuelo por toda la desdicha injustificada en el circuito internacional, la película fue seleccionada por la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina para representar al país en los próximos premios Oscar y Goya. Es así que frente a todo este panorama un poco confuso y errático lo que quedaba entonces era ver la película.

Desproporcionada en su estructura, Zama presenta dos momentos antitéticos entre sí. La primera parte consiste en una descripción extensa y agotadora de la espera de don Diego de Zama (Daniel Giménez Cacho), un corregidor en el ya decadente Virreinato del Río de la Plata que anhela una pronta salida de lo que hoy conocemos como Paraguay hacia alguna ciudad importante, mientras que el segundo momento nos presenta al protagonista en un estado de desesperación total producto de esa espera inicial. Es esa misma desesperación la que lo lleva a sumarse en una misión extraña para dar caza al forajido del momento, Vicuña Porto.

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Con esta premisa, la película presenta varias particularidades en todo sentido. Desde lo narrativo existe una disparidad entre el tiempo que dura cada momento del film. Esa introducción y construcción inicial del mundo de Zama ocupa casi dos tercios del relato. Martel se toma todo ese tiempo para construir la espera y el hastío en un lugar donde la única posibilidad es el escape. A esta construcción lenta, monótona y difícil de sopesar se le opone la peripecia del ya agotado corregidor que emprende un viaje que obliga de forma necesaria a expandir la mirada sobre un espacio que hasta ese entonces aparecía bastante concentrado, dotándolo de una acción y dinamismo constante.

Cómo maridan estas dos partes entre sí será a gusto de cada espectador. En mi caso entiendo que no lo hacen bien. La primera parte decididamente busca construir una espera retardada, un cansancio y una agonía. Los encuadres son cerrados por lo general y en muchas ocasiones se juega con la profundidad de acciones y de planos, con movimientos que se desarrollan en diversos espacios del cuadro. Ese mundo está narrado de una manera confusa. No es posible reconstruir los lugares por donde pasa Zama y las referencias espaciales –y las posibilidades visuales de las locaciones– no son privilegiadas; en este sentido, la fotografía de Rui Poças (Tabú) se ve limitada.

La repetición entonces se vuelve una constante para fijar una idea. El problema con esto es que el recurso se agota rápido. No se empatiza con el personaje, entendemos lo que ocurre bastante pronto y, finalmente, luego de transcurrido un largo rato, no nos importa lo que le ocurra a nadie. A eso debe sumarse que el cast es tan bueno que el único actor que aparece desdibujado en todo este fragmento es Juan Minujín, desentonando mucho su registro con el resto, al punto de parecer proveniente de otra película.

Ahora bien, todo esto mejora de modo notable con la llegada de la peripecia. Es allí donde la película cambia por completo. La fotografía se vuelve magnífica, casi como si se tratara de cuadros de Cándido López; la acción de los personajes le ofrece a Martel la posibilidad de explorar desde lo visual las locaciones de la película, de dotar de mayor virtuosismo al film y esto les permite a todos los actores brindar una mejor performance. Es entonces en esa sofisticación de lo ajeno y en la belleza con la que se retrata la hostilidad del mundo inexplorado cuando la película ofrece su máximo potencial. A lo anterior debe sumarse la participación de Matheus Nachtergaele (Ciudad de Dios) que ofrece un trabajo fantástico en la construcción de su personaje, vital para la trama.

La constante más notable de la película es el prodigioso trabajo con el sonido, la sonorización y el armado de la banda de diálogos. Martel continúa con una labor que la acompaña durante toda su filmografía y le da un sentido estético y narrativo muy personal al trabajo de la banda; incluso se permite un pequeño guiño a Pescados, cortometraje no tan conocido que realizara hace algunos años para un festival publicitario de una marca de whisky.

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De este modo, en la película abundan voces en off de personajes que no sabremos jamás si son reales o alucinaciones de Zama, amplios juegos con los puntos de escucha y notables sonomontajes. Ni hablar del empleo irónico de una melodía hawaiana que actúa como leitmotiv de un escape que nunca llega.

No sería demasiado descabellado trazar paralelos entre Zama y Jauja de Lisandro Alonso. Al igual que el resto de la filmografía de ambos, las dos películas guardan cierta relación en el empleo del tono, ritmo y propuesta estética. En el caso de la película de Alonso, una narrativa más sólida y uniforme creo que termina de ubicarla como una propuesta más firme y menos errática, si es que la expresión puede considerarse válida.

En definitiva, Zama son dos películas. Dos posibles versiones de una Lucrecia Martel narrando historias. Mientras una película es un relato sobre la espera, en la otra aparece la acción constante como motor de la búsqueda desesperada por una salida imposible. Sin lugar a dudas, en caso de que mis palabras valieran algo, es en la segunda película donde Martel despliega todas sus enormes capacidades como directora, regalando fotogramas icónicos que entrarán de inmediato en la historia del cine nacional.

Como corolario, vale la pena destacar la existencia de un pequeño libro de notas sobre el rodaje de la película, El mono en el remolino, escrito por Selva Almada. De extensión muy breve y contundente, se encuentran allí pequeños relatos sobre la filmación de la película, redactados de una forma tan bella como los mejores encuadres de la película. Esas escasas 96 páginas sin lugar a dudas ayudan a comprender un poco más el contexto, la idea y la manera de concebir Zama por Martel.

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