EL NUEVO CINE DE TERROR: 2º PARTE

HORROR JAPONÉS

Continuamos con este informe sobre el cine de terror independiente, producido en las últimas dos décadas, y seguimos analizando las obras gestadas entre el año 1998 y el 2010. Mientras en Occidente se producía un cine visceral, crudo y ultra violento, que emulaba el realismo con los recursos del mockumentary y el found footage, en el país del sol naciente se filmaban historias repletas de espíritus malignos, fantasmas vengativos, maldiciones milenarias y suicidios masivos. Esta nueva ola de películas de terror japonesas –y sus inevitables y devaluadas remakes norteamericanas– tendría su punto álgido entre los años 2002 y 2006, y sería conocida por estos lares con el rótulo de J-Horror.

J-Horror es el término con el que se denomina a las películas japonesas de terror en general, pero también es como se conoce la nueva ola del cine japonés de fantasmas vengativos, poltergeist, maldiciones y casas embrujadas. A igual que el found footage con The Blair Witch Project, el J-Horror tuvo su explosión de popularidad mundial a comienzos del 2000 con The Ring (Gore Verbinski, 2002), adaptación norteamericana del clásico de culto japonés Ringu (Hideo Nakata), estrenado cuatro años atrás. Este estilo de horror moderno japonés, que algunos llaman neo-kaidan1 o yûrei-eiga, se nutre de los típicos yûrei –fantasma o espíritu japonés– y los aggiorna adaptándolos al contexto tecnológico actual y urbano, haciendo hincapié en el horror psicológico, los climas y la tensión, más que en los sustos fáciles –algo de lo que carecen sus remakes norteamericanas que juegan más que nada al aburrido juego de los jump scares–, y como Japón es un país con muchas leyendas urbanas y fantasmas de todo tipo: «Bajo Tokio hay túneles y pasadizos ocultos, es un mito urbano muy conocido. Pero obviamente, no es solo un mito», dice el protagonista de la extraña y oscura Marebito (Takashi Shimizu, 2004), en este tipo de películas no faltan los espíritus vengativos que ellos llaman onryō, los muertos malditos y los poltergeist molestos.

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Las historias japonesas de fantasmas tienen un origen que proviene en gran medida de la filosofía religiosa, conocida como sintoísmo, considerada la religión animista más antigua de Japón. Los sintoístas creen que los muertos van a un lugar específico, un inframundo sucio y oscuro. Los fantasmas y espíritus japoneses son integrados a la cultura y religión de Occidente de una manera particular, son más bien seres incorpóreos que permanecen entre la tierra de los muertos y la de los vivos, una especie de limbo del cual pueden regresar para atormentar a los vivos. No están muertos, sino que serían espíritus que permanecen más allá de la vida y la muerte. Por esta razón no es extraño ver en las casas japonesas un altar sintoísta llamado butsudan, utilizado como ofrenda para el alma del difunto, un objeto místico con el cual los familiares se pueden comunicar con ellos a través de los rezos y ofrendar comida y bebida en honor a su espíritu.

Los fantasmas o yûrei del J-Horror son reconocibles para nosotros, los occidentales, por unas particularidades ajenas a las de nuestros espectros, características que derivan directamente de la tradición cultural y el teatro kabuki japonés: mujeres con ropas largas y blancas, pelo largo y negro que cubre un rostro pálido de un blanco teatral y un andar tan errático como perturbador.

Los sintoístas de Okinawa, por ejemplo, creen que existe un inframundo llamado Nirai Kanai, ubicado en las profundidades del mar, y en la mitología japonesa los espíritus suelen estar asociados al agua –como el Kappa, yôkai o demonio de los ríos y lagos–, por eso no es extraño que en dos de las películas más populares del fenómeno J-Horror –Ringu y Dark Water–, el agua sea un elemento clave en la trama.

Las raigambres de las artes japonesas modernas, con su tradición milenaria y sus cuentos de fantasmas más antiguos, hacen que Hideo Nakata adapte al lenguaje cinematográfico la novela Ringu, de Koji Suzuki, versión libre y aggioarnada de “Banchō Sarayashiki” o “La casa del plato Bansho”, una leyenda japonesa del periodo Edo (1603-1868).

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Nakata, contradiciendo la famosa sentencia, supo ser profeta en su tierra y se ganó un lugar de culto en el cine de Japón con Ringu, considerada una de las películas más terroríficas del país del sol naciente. Pero la verdadera importancia del film se entendería un poco más adelante cuando lograse traspasar las fronteras de las islas. Ringu obtuvo varios galardones fuera de su país en importantes festivales de cine de género como Sitges y gracias a eso pudo conseguir que los ojos de Oriente se posaran en este cine. En resumen, Hideo Nakata no solo cimentó las bases para un nuevo subgénero, sino que ayudó a la exportación y el subsiguiente fervor por el cine de horror japonés en Occidente –sobre todo los Estados Unidos– que aportó a la fiebre del J-Horror con la remake de Ringu, renombrada como The Ring. Luego vendrían otra remakes –flojas casi todas– como Dark Water (Walter Salles, 2005), One Missed Call (Eric Valette, 2008) o The Grudge (2004), a cargo del director de la película original.

Casualmente fue Ju-On (2003), conocida en Occidente como The Grudge gracias a su popular remake, del director Takashi Shimizu la otra película que se hizo conocida alrededor del mundo y se convirtió en un emblema del J-Horror exportable. Hoy en día se trata de una saga compuesta por ocho películas y dos cortometrajes a modo de precuelas.2 La trama de Ju-On gira en torno a la típica leyenda de casa embrujada japonesa, una maldición relacionada con la muerte, el rencor y el odio extremo, emociones que impregnan el lugar de los hechos y lo maldicen. El onryō o espíritu vengativo –de características clásicas como la piel pálida, el pelo negro y largo que cubre parcialmente el rostro maligno y el andar errático– es el encargado de seguir propagando la maldición que se repite con las nuevas víctimas, en un loop interminable.

Dark Water (2002) completa la “trilogía” –y pongo la palaba entre comillas porque en realidad no es tal y solo se relacionan entre sí por haber triunfado en el exterior– de películas que le abrieron las puertas del mundo al cine de horror japonés actual. Dirigida por Hideo Nakata que, al igual que con Ringu, eligió una vez más adaptar una novela de Koji Suzuki: Honogurai mizu no soko kara (En las profundidades del agua oscura), se trata de una oscura historia de ruptura familiar y una madre desesperada, una tragedia con muertos que no descansan en paz, espíritus de niños vengativos y el agua turbia, estancada, sucia como leitmotiv del horror y la maldición.

A partir del 2004 la fiebre del J-Horror ya era un virus imparable que había contagiado a todo el planeta. Entre octubre de 2004 y julio del 2010, aprovechando la cresta de la ola, se lanzaron una serie de películas de terror enmarcadas dentro de un proyecto llamado J-Horror Theatre. Se trató ni más ni menos que de un dream team armado por el productor Takashige Ichise para explotar el furor del J-Horror después del éxito de The Ring. Ichise reclutó a seis directores para que cada uno se hiciera cargo de una película. El resultado es desparejo pero interesante: Premonition (2004) de Norio Tsuruta, Infection (2004) de Masayuki Ochiai, Reincarnation (2006) de Takashi Shimizu, Kaidan (2007) de Hideo Nakata, Retribution (2007) de Kiyoshi Kurosawa, y la que cierra la hexalogía del teatro del horror: Kyofu (2010) de Hiroshi Takahashi y Takashige Ichise, guionista y productor respectivamente de la película que inició toda esta locura: Ringu.

Kairo (2001) es, para este redactor, la mejor película de terror japonesa de todas las que se filmaron en la primera década de los 2000. Es anterior a la fiebre que se desató en Occidente por el J-Horror, pero cuando se estrenó en Japón ya existían películas iniciáticas como Ringu (1998), Ringu 2 (1999), Ju-On The Curse (2000), Uzumaki (2000) y la perturbadoramente hermosa e imprescindible Audition (1999) del genio nipón Takashi Miike.

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Dirigida por Kiyoshi Kurosawa, Kairo es una obra maestra del terror moderno, una película intimista e incuso minimalista, adelantada a su época –aún faltaban unos cuantos años para que aparecieran las redes sociales alienantes como Facebook, Youtube o Twitter–, crítica social de las nuevas tecnologías y el efecto de atomización que genera en sus usurarios y, en especial, el miedo a la soledad y el grave problema de la alta tasa de suicidio que sufre Japón, temática también explorada de manera inquietante y cuasi experimental en esa otra gran y extraña película llamada Suicide club (2002) del poeta –en el sentido literal de la palabra– Sion Sono.

Con fuerte influencia de los mitos urbanos o, más bien, los mitos de Internet (creepypastas), en el universo ficcional de Kairo existe una página web que empuja a la gente al aislamiento, la depresión y, finalmente, el suicidio. Los fantasmas que pueblan la diégesis de Kairo están lejos del típico yûrei o el clásico onryō resentido; se trata más bien de espíritus tristes, verdaderas almas en pena que se materializan como una mancha negra en la pared o como espectros que sufren suspendidos entre el mundo de los vivos y el más allá –sea cual sea este y quede donde quede– conectados con la realidad a través de la tecnología y la World Wide Web, en el contexto de un Japón con una atmósfera oscura y decadente que deriva en un clímax poético-apocalíptico que contrasta con la sencillez del primer acto.

Kairo es una película que perturba, incomoda e, incluso, asusta con muy poco. Se trata de un gran ejemplo de cómo hacer cine de “miedo” con un presupuesto acotado. Kiyoshi Kurosawa es un director que sugiere antes de mostrar, que inquieta la psiquis del espectador antes que hacerlos saltar con un jump scare, que se toma su tiempo para crear climas, atmósferas, y narrar de manera sublime una película que al día de hoy es considerada de culto.

Si el agua es un elemento natural de relevancia en las películas del J-Horror, su contrapartida inerte es la tecnología con sus medios de comunicación y sus incipientes redes sociales. No es casual que tres de sus obras más emblemáticas –Kairo, Ringu y Chakushin ari (Takashi Miike, 2002)– utilicen como portales entre mundos la tecnología y destilen una especie de tecnofobia latente. El J-Horror es un cine de espíritus con elementos sociales contemporáneos: donde antes había pagodas de madera y papel, bosques que no conocían la electricidad y cementerios macabros que no entendían de la contaminación visual con luces de neón y el bullicio citadino, ahora hay edificios atestados de personas con sus ascensores y sus redes de cables, ciudades invadidas por televisores, computadoras, carteles luminosos y celulares, ciudadanos seducidos por la tecnología y los nuevos medios de comunicación –teléfono, televisión e Internet– como anclaje a una modernidad que se ve invadida por un mundo antiguo y espiritual. En Ringu el VHS y la televisión son portales que comunican con el otro mundo y el teléfono, el medio de comunicación por el cual se transmite la maldición. En Chakushin ari (Una Llamada Perdida) el teléfono celular es la tecnología que condena a las personas, y en Kairo, Internet es el portal que trae los espíritus malditos y el apocalipsis.

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Tal vez las dos películas de J-Horror más extrañas y experimentales de la década sean Uzumaki (Higuchinsky, 2000), basada en el oscuro manga de Junji Ito3 y Marebito, de Takashi Shimizu, creador de la saga Ju-On. En Uzumaki, una película con una estética particular y un llamativo tratamiento del color, se narra la anómala historia de un pueblo obsesionado con espirales y remolinos malignos que llevan a la locura y la muerte a sus habitantes. Marebito, una película de bajo presupuesto, filmada en video digital mientras Shimizu rodaba Ju-On y The Grudge, es un delirio sobre un camarógrafo obsesionado con el dolor, un mundo subterráneo lleno de seres inhumanos y espectrales –otra vez los mitos y las creepypastas–, con un final que pone en duda la cordura del protagonista y devela la subtrama que yace escondida bajo una capa de terror clase B durante la totalidad del film. No son las dos mejores películas del J-Horror, pero sin dudas, son extravagantes y originales.

Transcurridos cuatro o cinco años desde aquel despegue mundial con la película The Ring, el interés de Occidente por el J-Horror fue decayendo paulatinamente y poco a poco el público empalagado con tanto espectro pálido de andar errático –que a esta altura ya causaba más gracia que miedo– comenzó a interesarse por otro tipo de historias. El terror japonés ya no era novedad: lo más interesante para el público era esa extrañeza que proporcionaba este cine diferente y exótico. Cuando esas características se volvieron moneda corriente en cada sala, el cine de horror japonés perdió su atractivo y pasó de causar pavor a aburrir. Comenzó a caer en el olvido, aun cuando se lo intentaba revivir constantemente con todas esas remakes norteamericanas edulcoradas, una mezcla poco heterogénea de diferentes culturas que no terminaban de encajar, llenas de FX exagerados que rompían definitivamente con las espontaneidad y el trabajo artesanal nipón, cuyos directores estaban más preocupados por poner el acento en los jump scares y mostrar todo eso que los japoneses solo sugerían antes que tomarse su tiempo para crear tensión, climas y personajes profundos.

Cabe destacar que esta decadencia, como era de esperarse, solo se dio en Occidente. En Japón el cine que nosotros conocemos como J-Horror sigue siendo tan popular como siempre, como lo demuestra el estreno en el año 2016 de Sadako Vs Kayako (Koji Shiraishi), un improbable crossover entre dos populares películas del género: Ringu y Ju-on.

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Mientras tanto, en el continente europeo se estaba gestando otra corriente del género de terror, diametralmente opuesta al cine japonés de espectros y maldiciones, por su violencia extrema y por sus temáticas más realistas, que prescinden de los fantasmas y los miedos fantásticos. El nuevo extremismo francés había nacido en 2003 de la mano de Alexandre Aja y su Haute Tension, pero la verdadera popularidad internacional llegaría junto con la caída en el olvido del J-Horror, de la mano de películas como Martyrs (2007) y À l’intérieur (2008), películas que desarrollaremos en la próxima entrega de este informe.

1-Historias clásicas del folclore japonés, raras, extrañas, misteriosas, no siempre de terror.

2-Ambos cortometrajes pueden verse subtitulados en Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=y_UdvJzkmV8

http://cnnespanol.cnn.com/2013/02/22/como-llego-el-cuerpo-de-elise-lam-al-tanque-de-agua-de-un-hotel-de-los-angeles/

3-Recomiendo con fervor a quien guste del terror japonés leer al mangaka Junji Ito, sobre todo sus obras Uzumaki, Gyo y Black Paradox.

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