Reseña: “El Jardín de Bronce”

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Lea tranquilo, sin spoilers  

Argentina ama los policiales. Tenemos una tradición frondosa, tanto en literatura como en cine. Muchos de nuestros exponentes culturales mas preminentes dedicaron sus esfuerzos al género: Borges y Bioy Casares fueron responsables de la colección El Séptimo Círculo desde 1945 hasta los años 70. Crearon juntos (bajo el seudónimo H. Bustos Domecq) a Isidro Parodi, nuestro Hannibal Lecter, que resolvía crímenes desde su celda. Rodolfo Walsh compiló una célebre antología, Diez cuentos policiales argentinos, y su propio detective es un corrector de pruebas de la editorial Corsario, el sagaz Daniel Hernández, que acompaña al comisario Jiménez en “La aventura de las pruebas de imprenta” y “Variaciones en rojo”, entre otros. Ricardo Piglia, laureado y admirado, compiló Crímenes Perfectos y Las Fieras, ambas antologías sobre el género. Y como autor, Plata Quemada y Blanco Nocturno, se inscriben claramente dentro del policial vernáculo. José Pablo Feinmann y Juan Sasturain. Guillermo Saccomano y Claudia Piñeiro. El policial atraviesa a todos en Argentina. Desde los consagrados por la literatura universal, pasando por los ensayistas políticos, los best selleristas, los autores de cómics y los intelectuales de la calle Puan.

El policial es como el estaño: maleable. Se adapta a los estilos y discursos. Puede –o no– contener policías. En Argentina, fue casi por obligación. El policial vernáculo es célebre por su ausencia de policías. Durante los años de oro de la industria cinematográfica nacional, se produjeron películas célebres como Apenas un delincuente (1949), de Hugo Fregonese, relato sencillo y demoledor sobre un empleado que se roba los sueldos de la empresa, esconde el dinero y va preso, listo para aguantar un par de años para luego disfrutar del botín, aunque todo, como es costumbre, empieza a salir mal. Los tallos amargos (1956), de Fernando Ayala, es un interesante ensayo sobre el crimen perfecto. Carlos Christensen adapta dos policiales del norteamericano William Irish (Si muero antes de despertar y No abras nunca esa puerta) y el enorme Adolfo Aristarain filmaría La parte del león (1978), Últimos días de la víctima (1982) y más tarde en España, llevaría a la TV los relatos de Pepe Carvalho, detective creado por Manuel Vázquez Montalbán y personificado en la serie por Eusebio Poncela.

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Y por supuesto, he dejado casi todo afuera. Esta introducción, desmedida para una reseña, sirve solo a los efectos de decir que el policial argentino existe y ha sido popular desde siempre. Funciona en las librerías y en la taquilla. Y ahora, como demuestran las series El jardín de bronce, El marginal, Un Gallo para Esculapio y La fragilidad de los cuerpos por nombrar solo a las estrenadas en los últimos meses, vemos que también funciona en la TV, streaming, Flow, Netflix o como sea.

La serie que me ocupa, El jardín de bronce, está basada en la novela homónima de Gustavo Malajovich del año 2012. HBO y Pol-Ka se unieron para llevarla a la pantalla en ocho capítulos, una duración corta y efectiva en el ambiente de las series.

El disparador, no por reiterado, deja de ser brutal: Moira, la pequeña hija de Fabián Danubio, interpretado por Joaquín Furriel, desaparece sin dejar rastros, mientras es llevada por la niñera a un cumpleaños. Su mujer, Lila (Romina Paula), cae en una terrible depresión. El inspector Mondragón (Daniel Fanego) y la oficial Blanco (Julieta Zylberberg) están desconcertados por el caso, al que vinculan a una red de trata de personas, manejada por un tal Chaco (Víctor Bo). Otro policía, el oficial Marcos Silva (Claudio Da Passano), actúa como una suerte de enlace entre la Policía Federal, el fiscal Revoira (Gerardo Romano) y el padre de la víctima.

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El detective privado César Doberti, encarnado por Luis Luque, se convierte en la única esperanza de Fabián, que se encuentra acompañado, aunque no apoyado, por su padre Ernesto (Rodolfo Ranni), Doris, la tía de su mujer (Norma Aleandro) y su jefe Edmundo (Mario Pasik). Los demás miembros del elenco, no menos importantes, me los reservo, a los fines de mantener la trama en tinieblas y no arruinarle el viaje a nadie.

Como podemos apreciar, aquí no se ha reparado en gastos. El elenco es simplemente monumental y rinde sus frutos. La serie está interpretada sin desbordes y manteniendo el clima: El tono en el policial es esencial. Cualquier camino divergente, ya sea desborde o improvisación, trastorna la atmósfera. Es por eso que este género se emparenta tan bien con el fantástico y el horror. Bastan pequeños toques para hacerlo descarrilar. El policial argentino suele hacerlo, por desbordes, hacia el grotesco y el absurdo. La exageración en el costumbrismo, la porteñez al palo, el lunfardo por kilos, lo vuelven insostenible. Se ha evitado esto en El jardín de bronce, y es por la mano de los directores. Ampliaremos.

Cabe destacar la decisión de no interpretar la serie en castellano neutro, en contra de experiencias anteriores, como fueron las interesantes dos temporadas de Epitafios. Y hago una pausa aquí. Epitafios, también producida por Pol-ka, y nuevamente con un elenco excelente (Julio Chávez, Cecilia Roth, Paola Krum, Antonio Birabent, Luis Luque, Villanueva Cosse, y muchos, muchos más) sufría horrores la ¿imposición? de actuarla en castellano neutro, en una ciudad que no se sabía muy bien cuál era, pero se parecía demasiado a Buenos Aires sin nombrarla. En Epitafios los directores eran Alberto Lecchi y Jorge Nisco, ambos veteranos con miles de batallas encima que, a mi manera de ver, no pudieron encontrarle la vuelta a este escollo. Y no es para menos. Era difícil de sortear. No es el caso en El jardín de bronce.

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Y esto nos lleva a los realizadores. Repitiendo el esquema de Epitafios, Pol-ka opta por llevar adelante la serie, que recordemos tiene la duración aproximada de cuatro largometrajes y nada que envidiarles técnicamente, con dos directores: Hernán Goldfrid y Pablo Fendrik. Ambos, de alguna manera, habían incursionado en el policial. Goldfrid en Tesis de un homicidio y Pablo Fendrik con la excelente El asaltante, que es más una suerte de cuento moral que policial, pero ya lo dije: el género es maleable.

Goldfrid y Fendrik tienen estilos distintos en sus películas, y no dudo que cada uno ha llevado su impronta personal a El jardín de bronce, pero en el marco de una serie, esta impronta no es demasiado notable. Llegaron a una síntesis que funciona orgánicamente y jamás dejan que el estilo se interponga en la trama.

Si la novela original no hubiese sido publicada en 2012, hubiera arriesgado que, estructuralmente, El jardín de bronce le debía mucho a True Detective, primera temporada. Una serie que también en ocho capítulos dividía su trama en un quiebre pasado-presente. Pero al parecer esta idea está en el espíritu colectivo, porque se ha popularizado en otros relatos policiales.

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Hay ecos de cierta tendencia en la literatura policial de derivar al sobrenatural gótico en la trama. Particularmente, le encuentro un sabor a las primeras novelas de John Connolly: Todo lo que muere y Perfil Asesino.

La serie es corta y efectiva. La trama avanza como una topadora, en parte por el propio interés que suscita el caso y, por otro lado, por la adición permanente de personajes bien construidos que llevan adelante el relato y el quiebre temporal en el medio. No comete el pecado de aburrir ni desviarse jamás en subtramas flojas. Todo está al servicio de la búsqueda de Moira. Pero… siempre hay un pero, tiene un agujero argumental, que no voy a spoilear, pero no puedo dejar de mencionar.

Los grandes maestros hablaban de una precisión matemática en el policial. De una relación de causalidad. “El asesino es el mayordomo” es una frase que se murió cuando nació Hércules Poirot, el detective genio de Agatha Christie, un cliché de los folletines, mas no de las novelas célebres.

En el corazón de El jardín de bronce hay una relación que no se sostiene. Una de las claves del relato no tiene razón de ser, y las cosas no podrían haber avanzado tanto si no fuera por ello. No solo es imposible de detectar de antemano para el espectador –los mejores policiales dejan este camino de migajas, aunque no lo veamos– sino que cuando se explica es inverosímil. No me refiero, una vez que la vean, a la develación importante. Me refiero a la accesoria, a la utilitaria. No se sostiene.

A primera vista la serie es autoconclusiva, lo que la convertiría en una miniserie. Gustavo Malajovich puso en la portada de la novela la enigmática frase “Caso 1” y declaró que se encuentra trabajado en paralelo en la segunda novela y en la segunda temporada de la serie, que serán casos diferentes, en una apuesta enorme para un autor pero no por ello menos atractiva.

Que le salga bien, el mejor elogio que puedo hacerle, es escueto, seco, de policial:

“La cosa es por acá”, dijo y encendió un pucho.

 

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