Reseña: Master of None

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Desde hace tiempo venimos pensando y reflexionando en la revista sobre el rol o la idea que tenemos de la televisión en la actualidad. Hablamos de series pero ya no como sinónimo de la tecnología a través de la cual las consumimos (la palabra consumo, no es azarosa). Mientras el televisor como aparato parece condenado a la muerte, la televisión como medio evoluciona, se expande y se transforma.

En esto, Netflix, como emblema del on demand y streaming, es fundamental. El primer paso en su momento fue el alojamiento de contenidos de terceros; luego se pasó a desarrollar contenido propio que se intercala con lo ajeno; hoy el horizonte parece ser la independencia total y la búsqueda del 100% de programación propia.

Como si fuera poco, el gigante rojo además tiene la particularidad de no difundir ratings. No los tiene, al menos no en los términos en los cuales los pensamos habitualmente. Esto le permite un manejo del mercado donde la derrota o el fracaso son conocidos realmente solo por ellos. Así, el control de las inversiones es muchísimo más discrecional que la vieja televisión de cadenas. Ya no hay otro al que semana a semana hay que ganarle para lograr cierta estabilidad. No hay luchas por franjas horarias. Todo entonces termina siendo sectorizado e individualizado.

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Este tipo de trabajo le permite a Netflix producir lo que quiera, incluso darle las llaves del Mercedes al no tan conocido Aziz Ansari y dejarlo hacer absolutamente lo que se le ocurra en un show que está completamente bajo su control: Master of None.

Desconozco la formación profesional de Ansari como director de cine, pero Master of None es una serie que derrocha amor a la narración audiovisual por donde se la mire. Se nutre constantemente del juego de estereotipos, convenciones y clichés habituales del cine clásico para darles una vuelta de tuerca generacional e insertarlos dentro de un paradigma millennial.

En la licuadora del tratamiento, las referencias van desde la sitcom clásica al estilo Seinfeld hasta las típicas situaciones de los guiones de Nora Ephron o el humor de Judd Apatow (con quien además Ansari tiene estrecha relación), pasando por supuesto por Woody Allen como arquetipo de la construcción del personaje que el propio comediante interpreta.

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Así, la serie se emparenta con otro éxito de la productora, Love, al tomar una típica estructura de comedia de estudio y trasladarla a exteriores. El público al que va dirigido también es el mismo, personas de entre 25 y 35 años un poco perdidas y abrumadas por el mundo posmoderno de aplicaciones en celulares y trabajos aburridos. La diferencia fundamental que quizá tiene Master of None es una suerte de mirada o visión sobre la industria cinematográfico-televisiva que se desarrolla a partir de la propia narración audiovisual. Mientras que en Love esta idea aparece como un gag más de la serie a partir del trabajo como intento de guionista-asistente de producción de su protagonista Gus, en Master of None la idea se trabaja fuertemente a través de conceptos audiovisuales (la interpretación de los personajes, el trabajo de composición, el color, el montaje, etc.).

Ansari se pone entonces en el papel de Dev, un descendiente indio que intenta tener éxito en la industria audiovisual estadounidense como actor. Por supuesto, para Dev las cosas no serán fáciles; se le caerán castings, le ofrecerán trabajos en publicidades exóticas y un sinfín de peripecias más que le harán repensar sobre su carrera. En medio de todo este trajín, Dev reflexionará con sus particulares e hilarantes amigos de un modo muy ácido, fresco, pero con mucho amor, sobre los diversos tópicos y aforismos de la vida posmoderna (no faltarán referencias a aplicaciones y servicios actuales, la pauta que tiene UBER con Netflix debe ser inmensa).

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Lo llamativo que tiene la serie es la disparidad de tratamientos entre sus dos temporadas. Mientras que los primeros diez episodios que componen la primera entrega trabajan una estructura más convencional y episódica, la segunda tanda de capítulos trabaja con un anclaje mucho más libre y experimental (en el comienzo de la temporada dos se hace un homenaje maravilloso en blanco y negro a El ladrón de bicicletas de Vittorio De Sica, solo por citar un ejemplo).

En conclusión, Ansari demuestra que no solo es un gran comediante, sino que está capacitado para escribir, dirigir y protagonizar una comedia lúcida, divertida, con cierta perspectiva sobre muchos problemas que afrontamos en la actualidad y, como si fuera poco, sensible; todo logrado con una maestría e ingenio poco habitual en los tiempos que corren. En resumen, el amigo Aziz logra una de las más divertidas y hermosas comedias que se pueden encontrar en el gigante rojo. El mérito no es para nada menor.

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