Reseña: La Cordillera

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La Cordillera, estrenada en agosto de 2017, es la última película de Santiago Mitre, el mismo director de El estudiante (2011) y La patota (2015), quien en esta oportunidad se despliega en una coproducción argentina, francesa y española. El guion, a cargo de Mitre y su compañero en La patota, Mariano Llinás, relata los acontecimientos por los que debe atravesar el presidente de la Argentina, Hernán Blanco (Ricardo Darín), durante una cumbre de mandatarios latinoamericanos en Chile, donde también lidiará con otros problemas de índole personal pero que también amenazan con complicar aspectos de su gestión política, relacionados con su hija, Marina (Dolores Fonzi).

Blanco es presentado, al comienzo de la película, como un presidente nuevo, con la débil trayectoria de haber sido anteriormente el gobernador de una provincia con poco peso, como La Pampa, sin demasiada influencia en su propia gestión, manejada por su jefe de gabinete, el Gallego Castex (Gerardo Romano), según la opinión de la prensa, ni mayor presencia en el marco regional, dominado por el presidente de Brasil, apodado El Emperador.

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La cumbre en la cual debe participar resulta clave para dar una buena impresión a nivel internacional pero especialmente en el ámbito doméstico; sin embargo, un rumor sobre un acto de corrupción dentro de su partido, protagonizado por el ex marido de su hija, pone en riesgo este momento clave, sumándose a esto el historial de desequilibrio emocional y psicológico de Marina.

Blanco debe resolver el negociado político propio de la cumbre, representado en planos amplios e iluminados con el claro de la nieve en las montañas, el lujo del hotel, autos y trajes propios de ese tipo de eventos; así como contener el disturbio emocional de su hija, cuyas escenas, por el contrario, son representadas en escenarios más íntimos, con la luz tenue de una fogata, lo cual también le da un tono algo lúgubre o perturbador. Este es el mismo clima que se repite en las entrevistas que Blanco brinda a una periodista española (Elena Anaya) y en las cuales deja entrever su mirada más oscura.

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Ante ambas situaciones, este aparente débil presidente irá avanzando frente a cada encrucijada, traspasando los límites que considere necesarios.

La Cordillera vuelve a tocar la temática de El estudiante sobre los valores y su relación frente al acceso al poder. En el caso de El estudiante, la historia es más pequeña, en tanto que se trata de un muchacho joven que se involucra en la política de un centro de estudiantes, retratado con cámaras en mano sobre los protagonistas y una estética más cotidiana. En esta última película, todo toma otra dimensión: el protagonista es el mismísimo presidente de la República, las negociaciones tratan sobre política de comercio exterior; los escenarios son colosales y las cámaras amplias ayudan a destacarlos y dejar a la vista la millonaria producción.

La montaña juega un rol clave como otra protagonista más. Por una parte, resalta la grandilocuencia de la película, siendo ella misma gigantesca e imponente y, por otra, en su condición de cadena montañosa, como límite que debe atravesarse para pasar al otro lado. El presidente Blanco se encuentra viajando en el avión presidencial junto con su comitiva y es en el momento en el que anuncian que realizarán el cruce de la cordillera cuando él toma la decisión de sumar a su hija al viaje, hecho que tendrá gran trascendencia en el resto de la historia.

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El siguiente punto de inflexión es marcado por una sesión de hipnosis a la cual se somete Marina, a partir del cual, la película que hasta ese momento podría catalogarse como un thriller político, se adentra en el universo del género sobrenatural, agregando aún más intriga al film. Desde allí en adelante, La Cordillera pondrá sobre la mesa aquello que anticipaba en sus carteles: la existencia del mal y su relación con la búsqueda de poder. Esta hipótesis será abonada en las entrevistas con la periodista española y, luego, en las reuniones de negociación con otros líderes políticos de mayor envergadura.

La película se destaca por su pompa, así como por las actuaciones y la generación de distintos climas que ayudan a meterse en la historia. Asimismo, en su primera mitad, nos expone el diverso mundo de la política internacional, con toda la riqueza que esta tiene para explorar. No obstante, hay dos aspectos que no están a la altura del resto de su magnificencia y que se dan especialmente a partir de la segunda mitad.

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Por una parte, desde la crisis nerviosa del personaje de Fonzi, la historia ahonda demasiado en una hipótesis acerca del mal y, hasta podría decirse, lo satánico; al estilo El abogado del diablo (1997), para no desarrollarlo con mayor provecho más adelante, dejando solo una sugerencia. En este punto, la película da la impresión de ser un genial inicio de una futura serie.

Por otro lado, la mirada acerca del mundo de la política, así como del ego en el ser humano y su ansia de supremacía, tienen un tinte de maniqueísmo, al plantear la existencia de un mal absoluto, sin matices. Desde este punto de vista, La Cordillera sugiere que solo existen medios diabólicos para acceder al poder y que el poder en sí mismo está signado por el mal.

En El abogado del diablo era el mismísimo Satán el que seducía al personaje de Keanu Reeves, haciendo que la historia se metiera de lleno en ese mundo extraordinario. En la película de Mitre, lo sobrenatural entra en juego solo para sugerir, a través de la clarividencia, que la ambición en los funcionarios políticos es producto de fuerzas malignas. Este argumento no termina de condecirse con aquello que expone en la primera mitad, donde muestra el intrincado mundo de las negociaciones políticas, con sus contradicciones y puntos oscuros, lo cual incluso parecía más atractivo que una explicación reducida sobre el bien y el mal.

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