Reseña: Death Note

Me dice Fabio Vallarelli, redactor estrella de la revista, profesor en el IDAC y director de cine que acaba de estrenar  película (“Tierra II”): “Wingard es un laburante del oficio. Es un buen director”. Le respondo: “Si solo pone Death Note en el CV no consigue laburo ni en el Candy Bar”.
“Death Note” es TAN mala, pero TAN mala que es imposible decidir desde donde criticarla sin ser un cretino. No me gusta ser un cretino. Soy incluso, muy atento al reseñar algo contrastándolo con el caudal de entretenimiento. Si me divertí, soy capaz de bajarle el tono a lo que objetivamente se hizo mal. Por eso puedo ver series y películas que no pasarían un escrutinio serio.
El Live action del buen anime que es “Death Note” falla en casi todo.

El Argumento

Un pibe de secundaria que se llama Light (Nat Wolff) encuentra un cuaderno que le otorga el poder mágico de matar. El truco –y plot device buenísimo- es que tiene que conocer el nombre y el rostro de la persona a asesinar. Una vez eso, es tan fácil como escribir el nombre y forma de muerte del susodicho. El cuaderno, que hace más cosas y tiene un buen número de reglas, pertenece a Ryuk (Willem Dafoe), que es un ser enorme y bastante fulero que se reconoce como “Dios de la Muerte”. Desconocemos al menos en la película su motivación para dejar el cuaderno en manos de “guardianes” para que lo usen. Pero podemos entender que es alguna clase de diversión.

Light es hijo de James Turner (Shea Whigham), un policía que perdió a su mujer en manos de un asesino, que será la segunda víctima (después de un bully en una secuencia hurtada directamente de “Destino Final”) de Light y su “Death Note”. En su cacería de criminales se sumará su novia Mia (Margaret Qualley, que imita o se parece a Emma Roberts pero de MySpace), una chica que sabemos que es una rebelde porque en la primera escena de película está haciendo de porrista MIENTRAS FUMA.
Por supuesto que las muertes violentas e inentendibles de criminales llaman la atención de las autoridades que no saben como detener al ahora renombrado “Kira” (Killer en Japonés, pero Luz en Ruso). En ese momento entra en acción “L”(Lakeith Stansfield, bastaaaante desperdiciado), un detective genio también apenas superando la adolescencia que rápidamente se entera de que todas las pistas señalan a Light como principal sospechoso.
Hasta acá, ¿Vamos bien?
Bueno, todo eso, relatado como un relámpago, pasa en 40 minutos de cinta. Nos queda una hora soporífera por delante donde Adam Wingard pifia el tono alrededor de una docena de veces. ¿Esto es una peli de terror? ¿Es un thriller? ¿Un film noir de detectives? ¿Es una comedia romántica de adolescentes que da la casualidad que asesinan gente? ¿Es cine catástrofe?
¿ES TODO ESO JUNTO?

 

El Resto

Y ahí nos encontramos en el medio de una ensalada de géneros. ¿Alguna vez mezclaron en una ensalada zanahoria, durazno, cebolla, rúcula y pollo al escabeche? Bueno, tendría más sentido que lo que quisieron hacer con “Death Note”. No solo no funciona como adaptación de un anime muy exitoso y soberbiamente hecho (al menos hasta cierto punto); no funciona como película. El protagonista es tan mediocre que es imposible no remitirse al producto original todo el tiempo. Hay que esforzarse para criticarlo como un objeto aparte, este Light Turner no es Light Yagami que es un genio, popular con la gente, amable y un psicópata. De absolutamente ninguna manera. “L” tampoco es “L” salvo por ciertos vicios del personaje que no se logra entender para que mantuvieron. Mia no es Misa. El único que mas o menos intentaron recrear es a Ryuk, pero tiene tan poca relevancia al argumento y tan poco tiempo de pantalla que es insensato describir porque. “Es siniestro”. “Es alto”. “Habla con la voz de Willem Dafoe”. Eso es todo.
La fotografía tiene momentos dignos de la mano de David Tattersall que tiene una honesta y larga carrera (fue el DF en “The Green Mile” y en Episodio 1, 2 y 3 de Star Wars entre mil cosas más). Lamentablemente, en el cocoliche de secuencias que suma una tras otra “Death Note” es complicado puntualizar que tanta influencia visual pudo haber tenido. Aún así, es digno de remarcar aunque también se separe del todo de la paleta oscura y bastante opaca que tiene el anime.
La música es un apartado más donde el ridículo alcanza niveles maradonianos. La elección particular de temas poperos para momentos sombríos me hace pensar que el encargado de la sección estaba experimentando con ketamina, un iPod Shuffle y un vapeador en mal estado. Las decisiones que toman en muchas secciones le censuran por completo cualquier atisbo de seriedad (¿querían seriedad igual?).
Y acá está el tema.

Conclusión

Uno ve las remakes fílmicas de “21 Jump Street”, “Baywatch”, “Chips”, “Starsky and Hutch”, y muchas más, y el humor pasa por un reconocimiento del ridículo. Sin romper la cuarta pared, todo el tiempo se juega a que la trama detrás es una pelotudez total. Pareciera, por momentos, que Wingard, en una decisión totalmente falopera, eligió un camino similar sin perder por completo (error) la obra en la cual se basa. “Death Note”, el anime, es una obra del 2006 basada en un manga que no supera los 20 años. No es algo particularmente viejo, o poco actual e imposible de adaptar con cierto nivel de honradez. Tal vez había que abandonar algún prurito estético o del público al que cual se dirigía. No hacerlo decanta en porquerías inmirables como “Death Note” (2017), que falla en el guión , totalmente frenético y con un tono esquizofrénico; que falla en el argumento que se caga en el anime pero a la vez requiere de su visionado para entender varias cosas; que falla en los actores que no son un desastre pero varios podrían tener roles no preponderantes en un acto escolar; en la musicalización; y en todo menos en Willem Dafoe, una fotografía rara pero digna, y dos secuencias que le roban a Destino Final. Ni siquiera eso hacen bien. Deciden en los primeros veinte minutos copiar a una famosa película de terror, para olvidarse el resto del metraje.
Adam Wingard, pasillo dos con un balde, un trapo y un secador, un pibe vomitó viendo esta poronga.

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