Reseña: “Arrival”

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“La búsqueda de un enfoque literario en la ciencia ficción moderna”

En su recomendable ensayo titulado La imaginación del desastre, Susan Sontag contrapone la ciencia ficción literaria y cinematográfica desde una perspectiva realmente particular. En la primera, dice ella, los relatos buscan apoyarse y desarrollarse desde un enfoque efectivamente científico. En el cine, en cambio, se ha construido una enorme cantidad de estructuras narrativas a partir de la proyección de la catástrofe (uno de los temas más antiguos y recurrentes en el arte). Sin ser excluyente ni determinante en las variaciones que pueden encontrarse en cada disciplina, Sontag le adjudica a la literatura la profundización de la construcción intelectual del género mientras le concede al cine, naturalmente, el trabajo de su faceta sensorial.

Haciendo una recopilación fugaz de las obras de ciencia ficción en diversas disciplinas, nos encontramos constantemente con un género que viene acompañado de un fuerte mensaje moral con respecto al uso de la tecnología. ¿Qué significa usarla bien? ¿Qué consecuencias traería usarla mal? El planteo se repite una y otra vez mientras encontramos una infinidad de relatos donde la humanidad debe enfrentarse al apocalipsis. De alguna forma, en esas realidades el ser humano parece ser accesorio. No somos nada sin todas esas máquinas y esos artefactos que desarrollamos. El T-800 de Terminator y el engendro del Dr. Frankenstein representan lo mismo: la imposibilidad de manejar nuestra propia evolución. Se pone en evidencia la fragilidad de nuestro supuesto desarrollo y entendemos que el terror y la ciencia ficción están a un microprocesador de distancia.

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El caos armamentístico, esa masturbación bélica presente en toda la ciencia ficción de alto presupuesto, responde a la simplificación moral de sus historias: ellos son malos, extranjeros y tienen la capacidad de matarnos. No hay moral porque el enemigo es algo jamás antes visto. Las ciudades más grandes del mundo son reducidas a cenizas. Hacia el final de estas películas, los países se unen (¡al fin!) con el objetivo común de destruir a los invasores. Los echamos. Nos salvamos. Nos une la destrucción. La lucidez de Sontag también arremete contra esto: “(…) Nos invitan a una concepción desapasionada, estética, de la destrucción y la violencia: una concepción tecnológica”.

Arrival es una película estrenada en el 2016, dirigida por Denis Villeneuve. El director de la futura Blade Runner 2 nos trae un planteo diametralmente opuesto a lo que nos tiene acostumbrado el cine norteamericano. Se trata no solo de la intención pacífica de los extraterrestres, sino de la forma que tiene el director de utilizarla para jugar con las imposiciones apocalípticas del género. Desde la aparición de las naves hasta la resolución de la película, Arrival alimenta, a partir de una premisa pasiva, nuestra preconcepción de los extraterrestres como invasores con fines destructivos. La única acción violenta en la película proviene del cocktail de ignorancia, paranoia y estupidez humana. No hay un conflicto de intereses, es mera incapacidad de comunicarse. La traducción sesgada de su lenguaje afirma que ellos entregan un arma. En esta unidad motora del guion (desde ese momento comienza la toma de una postura ofensiva contra las naves) se encuentra todo el eje de la película: el arma, la gran herramienta, es el lenguaje.

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El film encara este concepto de dimensiones monstruosas desde dos perspectivas. Por un lado, su faceta concretamente lingüística, como ciencia que estudia la comunicación entre seres vivos. La estrategia de los protagonistas para acercarse a los extraterrestres es clara: intentan escribirles, se presentan con sus nombres, aceptan el contacto, despojados de los trajes. Los protagonistas no son militares, son científicos. Es evidente que se pretende establecer algún tipo de diálogo para intentar comprenderlos, no destruirlos. Al menos hasta que sepan la razón de su presencia en la Tierra. Esta es la tarea encomendada a la Dra. Banks (Amy Adams) y al Dr. Donnelly (Jeremy Renner). La tensión armamentística toma forma a partir de esta pregunta, donde la incapacidad de comunicarse le abre camino a la ansiedad militar de tomar cartas en el asunto. El lenguaje, ya desde el principio, se descarta como herramienta y es una barrera por vencer. ¿Cómo se obtiene una respuesta cuando se habla con alguien que ni siquiera comprende el concepto de pregunta? En este sentido, hay que reconocer en Arrival la materialización de ese lenguaje. En términos tanto conceptuales como técnicos, hay un excelente trabajo detrás de la invención del lenguaje extraterrestre. Hacerse cargo de eso implica, a su vez, encausar hacia un camino muy concreto el contenido de la película. Nos entrega formas y respuestas concretas, ayudándonos a digerir algo tan complejo como la idea un lenguaje nuevo.

Por otro lado, más allá de las características concretas de dialecto extraterrestre, Arrival pretende adoptar un enfoque con una incógnita más arriesgada: ¿De qué forma el lenguaje determina nuestra interpretación de la realidad? No se trata solo de su uso defensivo-comunicacional, además busca adjudicarle a los símbolos lingüísticos nuestra capacidad de concebir y proyectar el transcurrir (podríamos afirmar, por qué no, que la historia de la escritura indica efectivamente esto: escribir nos permitió articular el tiempo a partir de la posibilidad de acumular y transmitir nuestro conocimiento). Pero los extraterrestres pueden ir un paso más allá y realmente configurar su existencia a partir de la libertad de vivir el tiempo en forma lineal. La cuestión no es solo retener información de lo vivido, además pueden apelar a experiencias que todavía no tuvieron. La voz en off de Ian Donnelly nos explica que su escritura es semasiográfica (tiene significado pero no un sonido determinado). Libre del concepto del habla, su lenguaje se disuelve en el aire y se libera de la carga del tiempo, que no es pasado ni futuro, por lo que su contenido es mucho más que información expresada a partir de símbolos. Al aprender este idioma, la Dra. Banks desarrolla la capacidad de ver su vida futura, salvando a la humanidad de su propia sed de sangre. Esto, más allá de ser el giro que resuelve la historia, es el núcleo de la idea: la posibilidad de reprogramar nuestro cerebro a partir del aprendizaje de una nueva lengua.

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Arrival articula su narración y su montaje a partir de esta premisa. Como espectadores, sabemos y desconocemos lo mismo que la Dra. Banks. Sus sueños, alimentados por el lenguaje extraterrestre, son la deformación de una realidad que se está reinventando a sí misma. Como dije antes, ella logra romper la linealidad del espacio-tiempo al interpretar estos sueños. La premisa funciona como elemento narrativo, pero Arrival no puede ir más allá de este planteo superficial del lenguaje, donde se trabaja como un tópico que motoriza el relato antes que como una búsqueda hacia la naturaleza de la comunicación. Tenemos lagunas de información y distorsión de la realidad. Tenemos la desarticulación del tiempo como la conocemos. Se entiende, pero nunca vemos eso en imágenes. Y si lo hacemos, no son más que dos o tres escenas donde sueño y realidad se mezclan. El lenguaje como configuración de nuestra existencia se traduce en una historia lineal con algunos flashforwards que desconocemos como tales. ¿Está mal? Claro que no. Pero entonces digamos las cosas como son: Arrival no trata ni por asomo la condición del lenguaje que lo hace una herramienta de comunicación. No trabaja ni sus virtudes ni sus fallas y mucho menos su naturaleza constructora de nuestra asimilación del mundo. En todo caso, puntualiza superficialmente sus características, pero nada más. El mayor defecto del relato es no haber profundizado en su mayor acierto: así, el desarrollo de la estructura simbólica del lenguaje extraterrestre queda relegado a un plano técnico, sin traspasar la forma. Al establecer una comunicación entre los seres humanos y los extraterrestres, Arrival se compromete a sí misma a tener que responder preguntas que no es capaz de contestar.

La película juega inteligentemente con los esquemas del género al utilizarlos como espacios comunes en la mente del espectador, pero termina siendo un jugador que piensa bien y ejecuta mal. Propone una búsqueda arriesgada, extensísima, donde el lenguaje deja de ser transmisión simbólica para ser articulación del mundo. Nos sugiere una idea alternativa de nuestra concepción del espacio-tiempo, de nuestra interpretación de la realidad y la forma que tenemos de incorporar lo que nos rodea. Quiero ser claro: no se trata de lo que la película podría haber sido si indagaba en estos espacios. Su problema es resolver en forma excesivamente simple un planteo realmente complejo que ella misma deja entrever. Tal vez es mucho pedir para una producción que pretende pisar fuerte en el mercado y, como tal, acceder a públicos lo más amplios posibles. No lo sé. Sé que Arrival pone arriba de la mesa una propuesta, cuando menos, astuta. Pero tiene una ejecución sesgada, tibia. No está a la altura de ella. Yo, por mi parte, prefiero ver más películas de este estilo, con relatos que busquen, aun con esbozos más bien superficiales, esquivar los lugares tan comunes del género. Prefiero pensar la superficialidad del contenido científico-teórico de Arrival como un paso prematuro en la búsqueda de un enfoque literario en la ciencia ficción moderna. Búsqueda frustrada, es cierto, pero válida por albergar en ella una intención más reflexiva, que tantee y cuestione las promesas de la modernidad más allá de la destrucción masiva, tan premonitoria como masturbatoria. Arrival nos acerca al ahora, previo a la invasión y la muerte inminente, para esbozar los errores del hoy que desembocarán en los conflictos del mañana.

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