Reseña: Silence.

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Silence: la última tentación de Scorsese (reseña con algunos spoilers)

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Todo comenzó en la catedral de San Juan el Divino, en Nueva York –explicó Martin Scorsese en una entrevista más o menos reciente–[1]. El arzobispo de la iglesia episcopal, Paul Moore, me dio la novela allá por los años 80. Proyectamos para él Last Temptation y no sabíamos cómo iba a reaccionar. Mantuvimos una charla interesante acerca de la película. Un poco antes de marcharse, me dijo que tenía un libro para darme: resultó ser Silence. La relación de Silence (2016) con The Last Temptation of Christ (1988) no es accidental: ambas películas condensan las preocupaciones espirituales de Scorsese. Conviene advertir que este director tiene un modo poco ortodoxo de entender la fe. Su mirada está más cerca de la incertidumbre dostoievskiana que de la seguridad escolástica. Es decir, allí donde el doctor de la iglesia encuentra explicación suficiente, Scorsese se muestra perplejo: si para el teólogo el mundo es cosmos, para el cineasta el mundo es misterio. En The Last Temptation, Jesús cede a la tentación de evitar el sufrimiento de la crucifixión. En Silence, el padre Rodrigues renuncia a su fe para evitar el sufrimiento de otros. Ambos personajes, en lo peor del trance, coinciden en formular una misma pregunta sin respuesta: Padre, ¿por qué me has abandonado? Constituyen de este modo dos aproximaciones al sentido último del sufrimiento: dos perspectivas complementarias de un director que ha plasmado como muy pocos el sinsentido de la violencia.

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Pero concentrémonos en Silence. La película se inspira en la novela homónima del escritor japonés Shūsaku Endō, publicada en 1966. Conoció una adaptación al cine en 1971, dirigida por Masahiro Shinoda, que el autor de la novela repudió. El relato recupera una figura histórica: el padre Cristovão Ferreira, un jesuita que misionó en la clandestinidad entre 1609 y 1633 en Japón, durante los años de proscripción que impuso al cristianismo el shogunato Tokugawa. El padre Ferreira adquirió una triste celebridad por haber renegado de la doctrina cristiana luego de haber sido sometido a tortura. Poco después, cambió su nombre por el de Sawano Chuan, tomó por esposa a una viuda y se dedicó a estudiar el budismo. A este personaje, Silence le añade dos figuras ficticias: Sebastião Rodrigues y Francisco Garupe, dos jóvenes discípulos de Ferreira, quienes, al enterarse de los rumores de apostasía de su mentor, deciden viajar a Japón para difundir la fe y conocer el paradero de su maestro. De este modo, la misión de Rodrigues y Garupe –una suerte de aventura a la manera de Heart of Darkness (Joseph Conrad, 1899) en literatura o Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) en cine– constituye el punto de partida del film.

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El relato se despliega en oposiciones dialécticas: situaciones y personajes que dialogan, que se reflejan y hasta, incluso, que se parodian unos a otros. Mucho de este mecanismo de duplicación recuerda el juego de espejos muy bien desarrollado en The Departed (2006). Así, por ejemplo, Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver) encarnan dos modos de vivir la fe. Rodrigues asume la mirada idealista y filosófica: la conciencia discursiva sobre el espíritu religioso que intenta, por una parte, entender ese espíritu y, por otra, articularlo en un relato cargado de sentido evangélico. Es por ello que Rodrigues se convierte en la voz narradora, la mirada que devora el mundo con palabras que lo tiñen todo con un tono teológico. Garupe, por contrapartida, representa la fe que actúa sin cuestionar su fuente. Obra con fervor ciego, con una energía que es a la vez candorosa y voraz. De ahí que Garupe se muestre más apto para emprender el sendero del martirio. Andrew Garfield y Adam Driver materializan con enorme habilidad esta oposición: la figura del primero se asemeja a la de un Cristo pintado por el Greco, mientras que el segundo asume la apariencia de un pobre monje enardecido por la fe hasta el punto de la mortificación del cuerpo.

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La historia, por su parte, se divide en dos grandes capítulos: el primero, que relata el viaje de los jesuitas, la llegada a Japón y su prédica en la clandestinidad; y el segundo, que refiere la persecución y la captura de ambos, el sometimiento a la tortura y la resolución del destino de cada uno. La primera parte se destaca por la presencia de la bruma que oculta los rostros y los objetos del mundo a los ojos de los sacerdotes. Predominan también lo oscuro, lo nocturno, los espacios asfixiantes en los que se amontonan los kirishitan para celebrar la misa. En la segunda parte, el mundo se abre a la claridad, la luz diurna, los espacios abiertos, minuciosos, ordenados. Scorsese demuestra aquí su absoluta destreza en la composición de planos fijos sostenidos por un encuadre riguroso, por el equilibrio en la distribución de los actores, por el predominio de tonos fríos, sin contraluces (obra de Rodrigo Prieto) y por un sonido de fondo que es más bien una combinación de ruidos de ambiente –oleaje, viento entre las ramas, grillos, pajaritos– mezclados con suspiros de agonía (obra de Kathryn Kluge y Kim Allen Kluge). Como resultado, las escenas de tortura combinan la serenidad de los retablos renacentistas y la sobriedad de las acuarelas japonesas: la imagen del sufrimiento –a diferencia del vértigo y la crudeza que Scorsese despliega, por ejemplo, en Taxi Driver (1976) o en Raging Bull (1980)– trasunta en Silence una tranquilidad aparente, pero que en verdad entraña la lentitud del martirio, su duración interminable.

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Otra gran lucha de opuestos se produce a partir del momento en que Rodrigues cae prisionero. El doble Garupe-Rodrigues halla su contracara en el par Inoue-intérprete. Inoue-sama (Issei Ogata), el gran inquisidor, es la contrapartida de Rodrigues: se muestra como un conversador sagaz, dotado de una inteligencia corrosiva y un espíritu curioso y bromista. El intérprete (Tadanobu Asano), en cambio, se parece a Garupe en la mirada pragmática: representa el brazo ejecutor de la inquisición. Esta antítesis se vuelve patente no solo por medio de las ideas antagónicas que exponen los personajes, sino también mediante el método dramático que adoptan los actores: el naturalismo visceral, de estilo Actors Studio de Andrew Garfield, contrasta fuertemente con el tono de comedia de Issei Ogata, pautado con la rigurosidad de una ceremonia.

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La sucesión de diálogos que entabla Rodrigues con Inoue y con el intérprete expone las diferencias culturales, religiosas y políticas entre el occidente europeo y el oriente japonés. Rodrigues se escuda detrás de la idea de universalidad de la verdad cristiana. Inoue, por su parte, demuestra cierta magnanimidad frente a esa idea y procura trasplantar esa verdad al terreno de lo político: la verdad de la fe cristiana puede que sea universal, pero lo cierto es que, en cuanto discurso, no le sirve al Japón. En efecto, el cristianismo como religión representa un instrumento de penetración cultural que va de la mano de las imposiciones comerciales y culturales del naciente capitalismo europeo. Así, en los sabrosos debates que se producen acerca de estos temas, Silence alcanza una vigencia inusitada: de golpe, uno comprende que muchas de las discusiones en torno a la globalización se remontan a problemáticas planteadas ya en el lejano siglo XVII.

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En el cuento Tres versiones de Judas, Borges narraba las disquisiciones de un teólogo que, en el ocaso de su vida, llegaba a la conclusión de que el verdadero Cristo no había sido Jesús sino Judas: con su caída en desgracia, Judas había conseguido la verdadera redención de la humanidad. En cierto sentido, Rodrigues arriba a una conclusión parecida por medio de uno de los personajes más polifacéticos de la película: Kichijiro (Yosuke Kubozuka). Si Rodrigues intenta parodiar la pasión de Cristo, Kichijiro constituye la imitación cómica de Judas. Kichijiro es, en esencia, un abjurador de oficio: permanece inmerso en un circuito de renegación y arrepentimiento sucesivos. Encarna el ejemplo que confirma la idea del inquisidor Inoue acerca de que el cristianismo carece de utilidad para el Japón. Ferreira –en su reencuentro con Rodrigues– lo expresa de manera aún más patente al explicar a su antiguo discípulo que los campesinos devotos identificaban a Cristo con el sol porque el astro resucitaba todos los días. Así, jornada tras jornada, se repetía para los kirishitan el milagro de la resurrección, del mismo modo que Kichijiro reitera, una vez tras otra, su repudio de la fe cristiana. Rodrigues queda entrampado en ese ciclo y acaba por oficiar de perdonador mecánico. De este modo, el credo que Rodrigues defiende se convierte en una especie de juguetito a cuerda. La ironía del destino, sin embargo, provocará que Rodrigues acabe convertido en un profesional de la apostasía hasta su hora final, mientras que Kichijiro dejará un día de renegar de su credo y será por ello condenado al martirio.

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Estas son algunas de las numerosas virtudes que Silence ostenta. Es una película que sigue un ritmo pausado, un andar más lento, mucho menos agitado que el de otros filmes de Scorsese. La obra encara también cuestiones que son muy afines a las inquietudes espirituales del director. Pero limitar Silence solo a estas facetas implicaría caer en un error demasiado grosero. Porque en su morosidad, la película plantea una mirada de la violencia que no es tan distante de lo que se propone, por ejemplo, en Goodfellas (1990): los campesinos –el costado más débil de la sociedad feudal japonesa– son sometidos a tormentos que no son menos salvajes ni menos alevosos que los que ejecutan los buenos muchachos de la mafia neoyorkina. Y en lo que se refiere a su veta religiosa, el film asume una posición alejada del servilismo doctrinario. Ferreira, Garupe y Rodrigues encarnan fervorosos creyentes de una verdad que ellos consideran universal. Sin embargo, las circunstancias políticas, sociales y culturales del Japón del siglo XVII les enseñan que esa verdad puede ser contingente, que puede ser malinterpretada, que se puede –e incluso se debe– abjurar de ella. Está claro entonces que Scorsese no aspira a evangelizar a nadie. Así como también está claro que nunca ha deseado hacer de la violencia un espectáculo. Escribe: Los grandes cineastas, al igual que los grandes novelistas y poetas, intentan crear un sentido de comunión con el espectador. No pretenden meramente seducirlo o emocionarlo, más bien creo que procuran comunicarse con él de un modo profundo, tan íntimo como sea posible.[2] No más palabras entonces, puesto que Silence no es más que eso: pura belleza, pura resonancia, pura intensidad.

[1] Cfr. Spadaro, A. (2016) “Silence”. Interview with Martin Scorsese. Roma: La Civiltà Cattolica. Recuperado de: http://www.laciviltacattolica.it/articolo/silence-interview-with-martin-scorsese/

[2] Scorsese, M. (2017) “Standing up for cinema”. London: The Times Literary Supplement. Recuperado de http://www.the-tls.co.uk/articles/public/film-making-martin-scorsese/

CORRECCIÓN: Miriam Coronel

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