The Man in the High Castle: otro mundo (es) posible

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¿Cómo habría sido el mundo si los nazis hubiesen ganado la Segunda Guerra Mundial? En la literatura existe un puñado de obras de ficción (denominadas ucronías) que abordan esta hipótesis. Tal es el ejemplo de la novela SS-GB (Len Deighton, 1978), que la cadena BBC One transformó este año en una miniserie de cinco episodios, o el caso de Fatherland (Robert Harris, 1992), que en 1994 HBO adaptó para la TV. Entre estos relatos, sin embargo, sobresale la novela The Man in the High Castle (Philip K. Dick[1], 1962). La narración transcurre quince años después de la victoria del Tercer Reich sobre las fuerzas aliadas. Para entonces, el antiguo territorio estadounidense fue repartido entre las potencias triunfantes: sobre la costa oeste, Japón funda los Estados del Pacífico, mientras Alemania, sobre la costa este, establece el Gran Tercer Reich. Entre ambas regiones, se determina un territorio neutral, los Estados de las Montañas Rocallosas, que no obstante se mantiene bajo severo control de los agentes alemanes y japoneses. En dicho contexto, la novela cuenta las peripecias de distintos personajes (un vendedor de antigüedades, un ministro del Gobierno Imperial del Japón, dos obreros metalúrgicos de San Francisco, la ex esposa de uno de ellos, un agente encubierto al servicio de las SS) interconectados por la lectura de una novela, The Grasshopper Lies Heavy, que relata una ucronía en la que los aliados vencieron a las fuerzas del Eje. Según los rumores que estos personajes comparten, el autor de la novela es un tal Abendsen y vive oculto en un castillo remoto.

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La serie que se inspira en esta novela surgió como una idea de Frank Spotnitz (creador de la serie The X-Files). Los productores, Isa Dick Hackett y David Zucker, convocaron a Ridley Scott para que oficiara de productor ejecutivo. Así, durante casi diez años el proyecto pasó por varios canales –entre ellos, la BBC One y SyFy– hasta que recaló finalmente en Amazon Studios. De este modo, Amazon lanzó el episodio piloto en su canal de streaming en enero de 2015. Muy pronto, la emisión se convirtió en el episodio piloto más difundido y con mayor aprobación del público en la historia del canal. Por tanto, Amazon se decidió a desarrollar una temporada de diez episodios que se estrenó en diciembre de 2015. Dado que la serie se convirtió en el programa más visto del canal, la compañía anunció al poco tiempo la segunda temporada que se difundió al año siguiente. Frank Spotnitz, sin embargo, abandonó la producción de la serie en mitad de la temporada. A pesar de la deserción, Amazon ha confirmado ya el rodaje de una tercera temporada por estrenarse a fines de 2017 y ha contratado a Eric Overmyer (productor de la serie Bosch) para que se ocupe de la labor creativa.

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La primera temporada de The Man in the High Castle se establece sobre las mismas bases que propone la novela: los aliados fueron vencidos por los ejércitos del Eje. Los Estados Unidos, en consecuencia, sufren una división similar: los Estados Japoneses del Pacífico al oeste, el Gran Tercer Reich al este y, entre ambos, los Estados de las Montañas Rocallosas como zona neutral (aunque, como ya se ha mencionado, bajo estricta vigilancia de ambas potencias). Fundadas estas bases, la serie recupera también algunos personajes de la novela, aunque aquí comienzan las libertades: Frank Frink y Juliana Crain son una pareja cuya presunta tranquilidad se ve quebrantada cuando la hermana de Juliana le entrega un rollo de película antes de caer en manos de la Kempeitai. La cinta tiene una etiqueta en la tapa: The Grasshopper Lies Heavy. Al proyectarla, Frank (Rupert Evans) y Juliana (Alexa Davalos) descubren que la película muestra escenas de guerra en la que las fuerzas del nazismo son derrotadas por los ejércitos aliados. Tanto los japoneses como los alemanes rastrean esas películas (que circulan en la clandestinidad) y a su presunto autor, el misterioso hombre del castillo. En memoria de su hermana, Juliana decide llevar el rollo a la zona neutral donde se ocultan los miembros de la resistencia. Esta circunstancia opera como catalizador para que se componga la trama en la que se han de entrecruzar los demás protagonistas de la historia: Ed McCarthy, amigo inseparable de Frank (el carismático DJ Qualls); el vendedor de antigüedades Robert Childan (Brennan Brown, quien acierta al dar un toque de comedia a su personaje); Joe Blake, agente encubierto al servicio de las SS (Luke Kleintank); John Smith, ex soldado americano y actual Obergruppenführer al servicio de las SS en Nueva York (interpretado por un imponente Rufus Sewell); Nobusuke Tagomi, ministro de Comercio enviado por el imperio japonés (encarnado por el extraordinario Cary-Hiroyuki Tagawa); Takeshi Kido, jefe de la Kempeitai de San Francisco (Joel de la Fuente, quien desempeña un papel deslumbrante).

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Los protagonistas asumen perspectivas que dependen del rol que las circunstancias históricas les han asignado: el de pertenecer al bando de los vencedores o de los vencidos. De acuerdo con estos papeles, cada uno se muestra más o menos cómodo con su situación y aspira, en mayor o en menor grado, a modificarla, sea para bien o para mal. Juliana es el primer personaje que se halla en esta disyuntiva: contribuir con la resistencia o no y, en función de ello, separarse de Frank o no. Al decidirse por la aventura, las consecuencias sobre su pareja habrán de ser trágicas, por lo cual Frank (y de rebote su amigo Ed y, mucho más tarde, el anticuario Childan) se verán forzados también a decidir si rebelarse contra el statu quo o no. En el bando contrario, Tagomi y Smith representan una doble mirada: por una parte, la manera en que Japón y Alemania se ven entre sí, y por otra, el modo en que cada país contempla a los derrotados. Así, entre el nazismo y el imperio del sol naciente existe una guerra fría que se va recrudeciendo a medida que la salud del Führer desmejora. Y a su vez, los alemanes y los japoneses tratan a los ciudadanos estadounidenses como poco más que esclavos. Sin embargo, en esta relación se plantea una paradoja. Tagomi es japonés pero en su relación con los norteamericanos tiende a demostrar cierta magnanimidad. Por su parte, Smith es americano y, sin embargo, la frialdad que despliega frente a sus compatriotas no considerados arios compite con la de los oficiales alemanes.

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A pesar de la complejidad de las relaciones entre los personajes, la trama de la primera temporada los sitúa, en su mayor parte, en el plano del estereotipo. Juliana se presenta como una heroína, que una y otra vez peca de idealista. Joe Blake, el agente encubierto de las SS, se enamora sin remedio de ese idealismo. Frank alterna entre el luto de la partida de Juliana y un deseo de venganza contra el régimen japonés que se dispersa en vacilaciones. Tagomi se parece a un etnógrafo que no deja de maravillarse de los logros de la cultura a la que su imperio ha sometido a la esclavitud. Smith se muestra como una figura implacable en su condición de Obergruppenführer. Y esto quizá ocurra porque el verdadero protagonista de esta primera parte es el mundo de la ucronía. Inmensos carteles luminosos con la bandera del Partido Nazi que ilumina el pavimento de la Quinta Avenida; las calles de San Francisco cubiertas de lámparas tradicionales y anuncios escritos en japonés; la TV que transmite el clásico juego de preguntas y respuestas en que el participante es un simpático soldado de las SS; la ceniza que se dispersa en el aire desde los crematorios de los hospitales; la bandera de los Estados Unidos en la que la cruz gamada ocupa el lugar de las estrellas; ese tono, a veces ocre, a veces verdoso, que predomina en la imagen que imita las fotografías envejecidas o las cintas gastadas: todos estos elementos se yerguen sobre la historia y terminan por sumergirlo a uno en ese mundo que mezcla nostalgia y crueldad en partes iguales.

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La segunda temporada viene a concederles espesor a los protagonistas. Los sitúa ante conflictos mucho más tangibles que los obligan a adoptar un plan de acción. Smith y Tagomi se ven obligados a replantearse sus roles y en varias ocasiones se ven forzados a obrar en contra de lo que el deber les impone. Frank y Juliana, por su parte, optan por asumir lo que el destino les ha presentado y se deciden a avanzar contra todo obstáculo, hasta las últimas consecuencias. A su vez, las categorías de vencedor y vencido se entreveran por fin en un combate mano a mano. El resultado de este entrecruce es el planteo de problemáticas que no son ajenas a nuestra época. La cuestión de los refugiados, por ejemplo. Una familia proveniente de Buenos Aires le pregunta a Juliana si el Reich en Nueva York los aceptaría como refugiados, ya que no son completamente arios: la madre de la familia tiene sangre aimara. O el tema de la tensión actual entre los países más poderosos, de la cual la guerra fría entre Alemania y Japón –sustentada en conspiraciones y acusaciones cruzadas con fundamentos dudosos– constituye quizá la mejor metáfora. Todo ello representa una ganancia para una trama en la que incluso el misterio de The Grasshopper Lies Heavy –el rollo de película que en la primera temporada oficia poco más que de mero McGuffin– acaba por encajar con ingeniosa precisión.

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Entre los libros prohibidos por los Estados Japoneses del Pacífico,[2] aparecen la obra poética de Yeats y de Blake, la distopía imaginada por Huxley, las opiniones sobre la experiencia religiosa expuestas por William James, los escritos de Freud. Junto con esos textos, figura también Other Inquisitions (Otras inquisiciones), la célebre colección de ensayos de 1952 pergeñada por el maestro Jorge Luis Borges. Un catálogo tan dispar –pero, al mismo tiempo, dotado de tan buen gusto– constituye el mejor ejemplo del capricho y del pavor que el poder autoritario suele demostrar frente a la capacidad de pensar diferente. Yo creo que añadiría a esa colección de herejes Así habló Zaratustra de Nietzsche. Y por supuesto (a fin de acrecentar la paradoja de la serie) la novela The Man in the High Castle.

[1] La celebridad de Philip K. Dick en el cine se debe también a que varios de sus relatos inspiraron filmes tales como Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Total Recall (Paul Verhoeven, 1990), Minority Report (Steven Spielberg, 2002) y A Scanner Darkly (Richard Linklater, 2006), por mencionar algunos.

[2] Cfr. Cap. 2 de la 2da. temporada.

CORRECCIÓN: Miriam Coronel.

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