Reseña: “The Void” Jeremy Gillespie y Steven Kotanski.

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Está claro: no hay que ser un genio para darse cuenta que el cine de género está atravesando un revival pop ochentoso, y tampoco estoy descubriendo la pólvora si aseguro que estos homenajes -o “falsas remakes”- son en general cáscaras de pura estética reciclada pero vacía de contenido, tesis que no era regla general en el cine de los 80′ que tras su paso dejó demasiadas películas de culto. Lo real es que si seguimos tocando el tema es porque no dejan de aparecer películas y series con la intención de emular la magia de aquellos años, dorados para algunos y ultra grasa para otros. Desde Super 8 (J. J. Abrams, 2011), pasando por la canadiense Turbo kid (Whissell-Simard, 2015), la excesiva Kung fury (David Sandberg, 2015), esa obra maestra titulada It Follows (David Robert Mitchell, 2014), una carta de amor al slasher titulada Final girls (Todd Strauss-Schulson, 2015) y la madre de todos los homenajes a la década del ‘80, la amada-odiada Stranger things (Hermanos Duffer, 2016), muchos cineastas bajan al sótano del VHS para revolver el cajón de los recuerdos buscando la fórmula del éxito de aquella época, con la intención de seducir a los espectadores más veteranos y llevar hacia atrás en el tiempo a las nuevas generaciones. Por supuesto, como en todo intento, hay buenos y malos resultados, y The void (2016), la tercera película de los directores Jeremy Gillespie y Steven Kostanski –a no perderse esa súper freakeada ochentosa del 2011 llamada Manborg– se ubica en algún lugar en el medio y parece producir ambos resultados al mismo tiempo. Veamos por qué.

La cosa -nunca mejor dicho- arranca en uno de esos clásicos pueblitos del interior de los EE.UU, un tipo de locación largamente usada en el cine de terror. La cámara se mueve ecléctica dentro de una casa, descubriendo parte de lo que parece ser un  cadáver. Situación espacio-temporal: noche, paisaje rural. Un símbolo extraño pero simple adorna la puerta de la casa. O más bien advierte, porque se asemeja a aquellos que se pintaban en las casas de los enfermos o las brujas en épocas de inquisición, caza y plagas. El espacio off tiene un papel preponderante en esta primer escena. Dirección de miradas, sonidos, cámara en mano. Se desata la violencia. Un hombre corre desaforado, lo sigue una chica que es ejecutada por  la espalda de un escopetazo por dos hombres que luego la queman viva como si de una bruja se tratase. El inicio de The void es un sopapo a los sentidos que nos deja con los ojos pegados a la pantalla rogando por más.

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Un oficial de policía encuentra al joven que escapó de la matanza y lo lleva al hospital del pueblo, pequeño, alejado de la ciudad. Ese hospital será el último reducto que separará la civilización de la barbarie, el bien del mal. La salvación y el apocalipsis que se prepara se definen entre interior y exterior. O al menos eso quieren creen quienes se esconden entre sus paredes. Todos los protagonistas se darán encuentro en ese lugar que se extiende más allá de sus limitaciones físicas, y guarda más secretos de los que uno imagina. El lugar se va llenando de gente y de misterios por resolver. Al policía y el personal del hospital –tres  enfermeras y un doctor- se les suman algunos pacientes, un sheriff y los dos hombres que vienen en búsqueda de la presa que se les escapó. Claro, tampoco habría que olvidar ese pequeño detalle que acecha en el exterior: una especie de secta adoradora de vaya uno a saber qué dios pagano, con pinta de miembros ocultistas de un Ku Klux Klan satánico, armados con grandes cuchillos rituales. Adentro el horror no se hace esperar.

Transformaciones, deformidades, amalgamas de carne y pus, demonios y horror. Cronenberg, Fulci y Carpenter dicen presente.

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La tensión flota en el aire, las personas se transforman en monstruo, en psicópatas, o ya lo eran desde antes. No se sabe bien quienes son los buenos y quienes los malos, y menos que carajos es lo que sucede. Y eso está muy bien, siempre y cuando la narración se encargue de ir develando los misterios y explicando los conflictos. Pero en esta película, eso queda a mitad de camino. Al final, nada de eso importará.

The void tiene una primera mitad realmente buena, con un gran ritmo, emociones condensadas y un ambiente lovecraftiano –es innegable ese olorcito a horror cósmico que desprende cada escena terrorífica- apoyado principalmente en la estética. Hasta el segundo punto de giro es una película disfrutable que mezcla los géneros de manera impecable y logra generar tensión a medida que los misterios se van develando manteniéndonos expectantes, a la espera de quien será el próximo personaje en morir y cuáles son los secretos de una trama lineal que se va enrevesando sin mucho sentido. Pero a medida que nos vamos acercando al desenlace del relato todo empieza a perder sentido: las subtramas no cierran y quedan olvidadas, las motivaciones de los personajes parecen ridículas, incluso se pierde el verosímil de una narración que nos venía haciendo tragar que todo eso que estaba sucediendo era posible en ese universo ficcional creado por los directores. Pero a partir de aquí los excesos le juegan en contra y el homenaje se vuelve obsesión y transforma a The void en un pastiche intragable que confunde con sus ataque epilépticos ochentosos y nos quiere hacer creer el cuento del homenaje y un cine propio a partir de piezas tomadas prestadas, pero la –incómoda- sensación que tenemos es que estamos mirando The thing (1982), Prince of darkness (1987), In the mouth of madness (1995) y The fog (1980) de John Carpenter, The beyond (Lucio Fulci, 1981) The mist (Frank Darabont, 2008), Poltergeist (Tobe Hooper, 1982), todas al mismo tiempo y en una licuadora sin tapa. Y al final, la cocina queda hecha un desastre, y el plato no sabe tan rico como parecía.

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Los canadienses Jeremy Gillespie y Steven Kostanski tienen una brillante carrera como artesanos de los efectos especiales: son maquilladores y creadores de FX, y han realizando labores para películas como Pacific Rim y Crimson Peak de Guillermo del toro, la odiada Suicide Squad (David Ayer, 2016) o Silent hill: Revelation. Es notorio que en The void han sacado a relucir toda su experiencia plasmando en la pantalla FX sumamente cuidados, artesanales, mezcla de prótesis, animatronics y efectos digitales de primer nivel, sin dudas lo más relevante de una película que promete demasiado pero solo cumple hasta poco más de la mitad del relato y a partir de ahí cae en picada por un tobogán de meta-homenajes y delirio por revivir una década que pasó de estar muerta a ser desentarrada tantas veces que ya empieza a oler mal.

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