Reseña: Tabú

tabu

   “E foi tão corpo que foi puro espírito”.

Clarice Lispector

 

Una película dividida en dos. Tres mujeres en la primera parte. El nacimiento y la caída de un amor en la segunda. Si digo que Tabú son dos películas en una debe entenderse no solo desde el relato sino también en su forma estética y técnica. Miguel Gomes emprende una búsqueda que tiene cómo camino el diálogo entre el sonido, la imagen y la palabra. Una búsqueda ambiciosa y difícil que se mantiene siempre encausada hacia un horizonte muy claro: acercarse lo más posible a lo elemental. En la primera parte, a pesar de anclarse en una situación cotidiana y acciones mundanas, se logra generar una sensación de pulso onírico, de que hay un cuerpo que está deseando despertar. La segunda parte de la película es un relato que surge como respuesta a ese deseo: es el cuerpo que siente, que transmite. El trabajo del sonido muta: se trasciende el relato más tradicional para anclarse en uno narrado por una voz en off con forma explícita y poética. La imagen se torna granosa, con textura disímil, muy opuesta a esos primeros planos que vemos en el inicio donde los detalles de los rostros son tan cristalinos que abruman. Por último, está la decisión de darle rienda suelta a la palabra para que deje de ser diálogo y comience a ser poesía. Y en el medio de todo eso, ocurrió una película.

Reel1_2Casino_Aurora_old.jpg

En la primera parte se nos presentan tres mujeres que viven en departamentos enfrentados. Aurora, una ludópata anciana y adinerada es cuidada por Santa, una criada proveniente de Cabo Verde. En frente de su departamento vive Pilar, una católica de mediana edad pasiva  y amable.  Una mezcla de bondad y la incapacidad de decir que no la llevan a pasar los días en forma predecible, aplacada, con una pareja que no termina de conformarla y una vida que no logra emocionarla. Cuando comienza a ser frecuentada por sus vecinas comienza a vislumbrarse, entre los maltratos a su empleada y sus delirios de realeza, que la relación entre Santa y Aurora es mucho más que un relato sobre la aridez de la vejez. Gomes toma una determinada postura política frente a los derechos de la población negra portuguesa. La necesidad de Santa de cumplir un rol pasivo se evidencia en una palabra que no asoma, que no existe como sonido. Y cuando lo hace, lo hace con una extraña firmeza sumisa. Aún en su condición de esclava moderna (porque no hay otro modo de ponerlo), el director construye un personaje con determinación personal. Ahí radica el eje de la construcción de Gomes: La priva de la palabra porque la circunstancia en la que vive así lo determina, pero no se entrega a la facilidad de crear a un personaje genérico que asienta constantemente cómo un plebeyo. La complejiza, la concibe con el derecho de la singularidad y logra crear una vida concreta a partir de una problemática social masiva. El sometimiento que deviene en servidumbre es una realidad mucho más actual de lo que puede creerse. Por eso Aurora funciona como la representación arquetípica de esa sociedad sometedora, siendo la heredera viva de una época de colonias que se terminó recién en 1975. La otra parte del relato nos llevará al lugar en donde, puede decirse, todo comenzó.

tabu.jpg

“Segunda parte: Paraíso”  nos dicen unas enormes letras en blanco. La historia se ubica en África, al del otro lado del Monte Tabú, en la tranquilidad de la casa de Aurora y su marido. Intentando disimular lo mundano del día a día y subsanar que una experta en caza fuera ama de casa,  el marido de Aurora le regala un cocodrilo bebé. No es hasta que se escapa y lo encuentra su vecino, Gian Luca, que se conocen ambos personajes. La voz que narra esta segunda parte es la de él. El romance entre ellos es esperable, el modo de contarlo no. El talento de Gomes para trabajar el sonido trasciende la materialidad metafórica de pensar desde el silencio una relación prohibida.  En la primera parte la voz de los personajes es motor y expresión constante. En la segunda, los silencia para amalgamar relato y palabra. Gomes intercambia los diálogos por una narración que combina palabras pulidas y cadencias sentidas. Incluso cuando los vemos mover la boca y no escuchamos una palabra, su no-conversación atrapa e intriga, genera y motoriza. Lo que sea que se estén diciendo, la imagen lo está exponiendo. Lo que sea que vaya a ocurrir, la palabra va a llevarnos.

Si volvemos a la idea de la búsqueda de Tabú, podemos entender que el enfoque esencialista con el que se abarca el sonido no se trata simplemente de trabajar a los personajes sin voz y al ambiente como un espacio a un paso de ser silencio absoluto. La imagen toma las herramientas sonoras en su forma elemental y logra tener la capacidad para dar ese paso más que la palabra no puede dar.  Esta es relato pero la imagen es ese mundo que podemos ver, percibir y sentir. Todo lo narrado toma cuerpo en la imagen.  Alejándose de las herramientas narrativas más tradicionales, Gomes silencia lo que construye, pule al máximo la palabra, nos muestra una imagen por momentos demasiado frontal (basta pensar en la escena en la que el cocinero de Aurora mueve su boca mirando a la cámara). No se trata simplemente de ocultar o limpiar lo innecesario en la narración, es el modo en que lo hace para entregar información que de otro modo se perdería.  Un gesto, una prenda de vestir o una palabra. Todo. Tabú puede estar todo el tiempo diciéndonos algo porque no hay sobrantes, no hay desechos que contaminen el dialogo entre los lenguajes. Todo lo que vemos y escuchamos contiene, alimenta y expande a un relato que tiene una premisa muy clara: encontrar lo elemental no sólo desde su forma, sino como la condensación real de contenido. Percibimos poco y ese poco es absolutamente todo lo que necesitamos ver.  Ahora, ¿Cómo vemos lo que vemos?

SUBTABU-jumbo.jpg

El constante acercamiento a ideas de macumbas y hechizos nos alejan del presente lineal y nos abren las puertas de un mundo en el que la palabra se aliviana y la imagen engloba. La película se construye a sí misma a partir de la materialización de una realidad que roza constantemente lo onírico sin perder su anclaje terrenal. Dos historias muy disimiles entre sí deben trabajarse como una misma línea. El trabajo del sonido cambia radicalmente y la forma de trabajar a los personajes también, pero el formato de imagen es siempre el mismo: ese 4:3 casi cuadrado que potencia el trabajo de los actores. Se siente que los encasilla haciéndolos cohabitar un espacio que siempre nos parece cercano. Pasado un tiempo comprendemos que ellos mismos son ese espacio. Es cierto que este no es el eje a través del cual se explota la singularidad de los personajes, pero sin lugar a dudas alimenta la sensación constante de micro mundo que caracteriza a la película. Incluso en la primera parte, donde  hay una preponderancia hacia los planos más abiertos, la imagen brinda un soporte visual que genera intimidad entre personajes que parecen estar anclados a un mundo concreto. En la parte de África, en cambio, ellos son ese mundo: Se cierran los planos y la relación de Gian Luca y Aurora es todo lo que vemos. África no se nos presenta cómo el inmenso y basto paisaje de una historia de amor. Es tierra desgarrada y presente que la arrastra. Y basta ver como los planos más abiertos tienen siempre muchos personajes de la población local. África no es paisaje soñado, es tierra usurpada.

Imagen, sonido y palabra. Ideas, sentimientos, espacios o situaciones. Es indistinto. Tabú disocia las formas para poder a juntarlas teniendo pleno control de ellas. Y en el trabajo de esa unión radica su mayor acierto: las elecciones estéticas y narrativas no se encuentran simplemente en el dialogo de las formas, sino sobre la idea de un tiempo aletargado, casi de ensueño. Hay una intimidad que flota en la ligereza de los segundos. Destaca aún más en la segunda parte, donde se le atribuye una importancia particular al tiempo de las acciones de los personajes. Logra realzar y resignificar al tiempo haciéndolo casi palpable, como si fuera capaz de llenar el cuadro. Las diversas herramientas narrativas, entonces, no son sólo formas disimiles que dialogan entre sí. Son lenguajes que se retroalimentan en un tiempo desarrollado y pensado para que eso ocurra.

Gomes dijo en alguna entrevista que su película es sobre el tiempo, la memoria y la imaginación. Y lo es, pero no se refiere solo a lugares narrativos tratados como tópicos, son ideas que evoca poéticamente. Las busca y las persigue moldeando el símbolo, a través de la imagen, montado en la palabra muda. Tabú es una película que toma forma fusionando lenguajes y tiempos disimiles. Casi como si fuera de tierra, barro y lodo. Sus lenguajes son variaciones de una misma esencia que persigue la textura de lo intangible. El camino está trazado sobre un ambiente propicio para el diálogo entre idiomas muy distintos entre sí. Y aunque sea imposible acceder a la mínima expresión de cada uno de esos lenguajes, al menos nos hace sentir que podemos conocer las paredes que los separan. Y nos deja ahí, con esa sensación de que si la película pudiera dar un paso más, de que si una palabra, una imagen o un sonido pudieran saltar una de esas paredes, los segundos aletargados se esfumarían y  aquélla cita de Clarice Lispector sería la única forma de describir lo que vimos:

Y fue tan cuerpo que fue puro espíritu.

Anuncios