Reseña: La bella y la bestia (2017)

Disney tiene una granja llena con gallinas que ponen huevos de oro. Con esa riqueza, se compró Marvel – que sería la vaca que da leche chocolatada -, Lucasfilms – el perro con dos colas –  y muchas, muchas cosas más.

En el año 2010, comisionaron a Tim Burton para que hiciera su versión de Alicia en el País de las Maravillas. La recreación del relato fantástico de Lewis Carroll, no era solo una relectura del original, sino que se basaba también en los diseños del film animado que Disney produjo en 1951. Todo eso pasado por el tamiz del director, claro. Burton tendrá sus defectos, pero no se puede decir que no posee una estética personal, que trata de imponer siempre. A veces, en su contra.

La versión contaba con un elenco – de actores y de voces-  impactante. Como el Sombrerero Loco estaba Johnny Depp, mientras que las Reinas Roja y Blanca eran interpretadas por Helena Bonham Carter y Anne Hathaway respectivamente. Además, Michael Sheen, Stephen Fry y Alan Rickman hacían sus aportes como las voces del conejo blanco, el gato y la oruga. La joven Mia Wasikowska, que venía de sorprender a todo el mundo en In Treatment, le ponía el cuerpo a Alicia.

El film fue un éxito descomunal, recaudando en el mundo más de 1000 millones de dólares, con un presupuesto de 200 millones.

Pasaron cuatro años estudiando el próximo paso y comprando franquicias ajenas. Y en 2014 produjeron Maleficent ( 2014 – Robert Stromberg), Angelina Jolie asumía el papel de, justamente, Maléfica, la bruja mala del cuento de La Bella Durmiente. Lo raro era la elección del director, un especialista en efectos especiales, sin créditos al frente de una producción de este tipo. Estaba claro que Disney tenía más dudas en la resolución técnica que en la dramática de la película.

Maleficent no es una remake exacta del film animado de 1959: el relato tiene cambios en el punto de vista, principalmente ocupando gran parte del mismo en contarnos los orígenes de la bruja malvada y sus motivaciones. La película tuvo un éxito moderado, pero allí había, si se quiere, un vector. Disney había decidido rehacer su catálogo, con estrellas en la piel y voz de los personajes.

A Maleficent la siguió Cinderella (La Cenicienta). Ya estamos en presencia de un sistema. La dirige Kenneth Branagh, a esta altura un artesano profesional y templado en grandes producciones – “desde Henry V a Thor has recorrido un largo camino, muchacho” – y el elenco, como era de esperar es importante: Lily James como Cenicienta, Cate Blanchett como la madrastra, Helena Bonham Carter como el hada madrina, Richard Madden como el príncipe, Derek Jacobi como el Rey, Stellan Skarsgard como el Duque, y muchos más.

Gastando solo 95 millones de dólares, la mitad que en Alicia en el País de las maravillas, Disney embolsó 500 millones de dólares de taquilla.

La casa del viejo Walt tiene un catálogo de animaciones clásicas inigualable. No vale la pena reproducirlo, ni explicarlo. Siempre cuestionado por las mentes bien pensantes, los pedagogos y los hippies, una de sus cualidades innegables es su buen gusto aplicado en sus decisiones artísticas y técnicas. Se ha escuchado mucho del tratamiento de sus protagonistas femeninas como princesas, su obsesión con los huérfanos y sus clichés musicales. Jamás se ha dicho que sus películas fueran grasadas, mal animadas, pobremente contadas, o que sus melodías fueran subestandar. Criticar a Disney hoy por las mismas cosas de siempre, ha quedado más demodé que el propio Disney, con capacidad infinita de reinventarse.

En el año 2016 dieron un salto técnico. El Libro de la Selva combina filmación de acción en vivo, fundamentalmente de su protagonista Mowgli y CGI (imágenes generadas por computadora), si se quiere lo más moderno en animación.  Disney buscó para dirigir el ambicioso proyecto a Jon Favreau, iniciador del Marvel Cinematic Universe con Iron Man. En las voces, un hit atrás de otro: Bill Murray, Ben Kingsley, Idris Elba y Christopher Walken. Nuevamente, el Libro de la Selva no es únicamente una nueva versión del cuento clásico de Rudyard Kipling, sino que es también una reversión del film de 1967. Crítica y taquilla se unirían detrás de El libro de la Selva para declararla por unanimidad como un éxito.

Y así finalmente llegamos a La Bella y la Bestia. Un proyecto singular, una remake de un film animado de la era moderna de Disney – el original data de 1991 –  que se parece a un musical de Broadway hecho y derecho, con abundancia de canciones y bailes.

Para dirigirlo, Disney reclutó a Bill Condon, un director con una variopinta y cuasi ecléctica carrera. En sus inicios,  se dedicó a telefilmes sin demasiada resonancia. Tendría su primera oportunidad en serio con Gods and Monsters de 1998, con un Ian Mckellen descollante interpretando al director de cine James Whale. Luego las cosas con el bueno de Condon se ponen extrañas. Dirige Dreamgirls, escribe Chicago, dirige la saga de Crepúsculo. Al salir de ese antro, dirige the Fifth State y en 2015, la que creo es su mejor película: Mr Holmes, nuevamente con Ian McKellen, que interpreta al nonagenario y retirado detective.

En cuanto a la Bella y la Bestia, la historia es conocida y no por ello uno puede dejar de soslayarla. Un príncipe cajetilla vive de fiesta en fiesta rodeado de gente “bien”. Una noche de tormenta, justo en medio de un bacanal, irrumpe una anciana frágil y mendigante. El príncipe se ríe de ella y manda echarla del castillo. La viejecilla se revela como una poderosa hechicera, y suelta una maldición sobre el príncipe, que queda convertido en una horrorosa Bestia, e inexplicablemente en sus sirvientes, a los que les toca un destino aún peor, transformándose ellos en mobiliario de la casa.

La maldición solo puede ser levantada si alguien se enamora del príncipe por su verdadera esencia, y no por su apariencia, y eso debe pasar antes que una rosa mágica pierda sus pétalos.

Como adenda, en esta nueva película, la hechicera agregó también un conjuro “obliviate”, es decir, de olvido, para que nadie en los alrededores recuerde que alguna vez hubo cerca un megacastillo y nobleza y etc. Y así comienza, el asunto. Harto explicado y harto conocido

La puesta es sorprendente, caramelo para los ojos, la dimensión de la película es eminentemente de gran lienzo. El cine parece explotar en cada número musical. El diseño de estos se basa en una formula sencilla y efectiva: la progresión dramática de los planos, al compás de la música. Me explico: la fórmula es, usualmente, empezar por una voz solista, en el ambiente donde se emplazó la escena, para luego generar una crescendo que se desarrollará en varios niveles: en el plano musical, se agregará orquesta y a veces, más voces hasta que el tema se amplifique hasta el límite. En cuanto a puesta en escena, la cámara pasara a ser una grúa que desarrolle, en el transcurso del número musical, un intrincado movimiento, mucho más intrincado que la coreografía a que se someten los actores. Finalmente, dos salidas. La escena termina bien arriba o bien abajo. Las escenas corales (el pueblo, la cena en el castillo, la taberna) terminan bien arriba. Las escenas reflexivas, con personajes solos, terminan bien abajo.

La paleta de colores también está presente para apoyar esto, hasta el ingreso de Bella, el castillo es un páramo frío y lúgubre. Conforme el encarcelamiento de la heroína se convierte por su propia voluntad en estadía, el cálido sol irá ingresando.

Cada secuencia está enfocada diseñada en base a una emoción primal. Miedo, alegría, nostalgia, etc. Como en casi todas las películas para niños, la angustia y el suspense se mantienen al mínimo. Su villano, Gastón es una caricatura perfecta, y si bien hace trapisondas, es una suerte de Pierre Nogoyuna, acompañado por su propio Patán – Le Fou – proclamado primer personaje gay en la historia de Disney. No sé si hace falta proclamarlo. Solo deberían haberlo puesto y listo. Ahora, sabemos que Disney lleva los números de cuantos gays, lesbianas, negros, asiáticos, judíos y básicamente cualquier cosa que no sea blanca, occidental y protestante aparece en sus películas. Yo no promocionaría demasiado esto, pero en fin. Así lo hicieron, y por supuesto tuvieron bardo en China y Alabama. Hay una diversidad étnica forzada en el cast, y en los extras – un  cura negro en la Provenza francesa de mil setecientos y pico es impensable – pero es bienvenida. Pensada para un público juvenil es una gran estrategia educacional que estos films soslayen totalmente esas cuestiones.

Y en realidad todavía no empecé a hablar de lo que me parece interesante, que obviamente son sus problemas.  El de La Bella y la Bestia es, en realidad, un problema en el corazón del cuento original, del que no hay acuerdo sobre quien fue el autor. Antes que nada, la redención viene por un castigo brutal. Es decir, el príncipe se arrepiente de no haber dejado entrar a la viejecita, porque lo fustigó con alto hechizo. Y para peor, la salida del hechizo se da cuando logra que lo ame ¿Quién? ¿Un pueblo agradecido por las bondades de una nobleza generosa? No. ¿Una mujer fea de corazón noble? No. Es una joven pura y casta que lleva la cara y el cuerpo de Emma Watson. ¿Qué diablos aprendió el príncipe sobre la belleza interior y no discriminar y etc.? Nada. Solo aprendió que no quiere que lo castiguen más.

Para peor, malditos por haber obedecido a su príncipe, en una sociedad feudal, el personal, los laburantes, la clase obrera de la casa, es obligada a prestar servicio por siempre, en condiciones precarias. Es decir, convertidas en muebles. Algo de autoconciencia hay en esta decisión brutal: la tetera parlante, la Sra. Potts – Emma Thompson – dice que ellos son responsables por haberle permitido al príncipe ese comportamiento. ¿Qué deberían haber hecho? ¿Guillotinarlo? Puede ser, pero eso no sería redención, sino más bien revolución. Parece mucho castigo para el personal, el de quedar convertido en ropero para siempre, si la Bestia no consigue alguien que lo ame.

La cosa es que todos los maldecidos juntos se las arreglan para secuestrar a una joven inocente y entregarla en bandeja de plata a la Bestia. Nuevamente, la película, autoconsciente y en contexto con los nuevos tiempos, hace un cambio fundamental con respecto al cuento y al film de animación: es Bella quien engaña a su padre para quedarse como prisionera de la Bestia. Supongo que algún guionista en algún lado se habrá sentido incomodo con la versión original, en la que el padre cambiaba alegremente su lugar con la hija, sin que la hija tenga mucho que decir realmente.

La evolución de la historia, nos lleva a una Bella enamorándose de su captor. El afuera para ella es aún peor que ser prisionera. En su pueblo rural es mal vista por saber leer, y tratar de enseñar a otros. Por ser soltera y no aceptar al Capitán Gastón. Bella no encaja. Y prefiere la prisión de la Bestia, ilustrada, con libros, a la libertad inculta de su pueblo. El mensaje es polémico, por decir poco.

Emma Watson no hace un mal papel, pero perturba un poco su aniñamiento, acentuado por el tamaño y envergadura de la bestia. Realmente parece más joven que cuando hacía de Hermione, lo que no es poco, y molesta un poco.  Dan Stevens, otrora galán de Downton Abbey y ahora protagonista de Legión, hace lo que puede con el papel.  Y lo que puede es darle la voz definitiva a la Bestia. Con efectos o sin ellos, Stevens se inscribe como otra de las grandes voces que nos han dado los ingleses, Alan Rickman, Jeremy Irons, Benedict Cumberbatch, todos capaces de cosas increíbles con las cuerdas vocales.

En mi opinión, lo mejor de la película viene por el lado menos esperado: el candelabro parlante Lumiere, con voz de Ewan McGregor y el reloj mayordomo Din Don, con voz de Ian McKellen. Tenemos aquí a un dúo que parece divertirse genuinamente con lo que les han dado. Cada escena con ellos resuena especialmente.

Como se sabe, no hay business como el show business, y nadie mejor que Disney para hacerlo con cierta altura.

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