Nieve Negra, de Martín Hodara

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El bosque, la nieve, una trama oscura y secreta, la violencia latente y Ricardo Darín como uno de los protagonistas. Si además tenemos en cuenta que el director fue asistente de Fabián Bielinski, era imposible no relacionar lo que podríamos denominar la verdadera opera prima de Martín Hodara –La señal (2007) era un proyecto inconcluso del fallecido Eduardo Mignogna que él terminó finiquitando junto al propio Ricardo Darín en la producción- con esa obra maestra del cine argentino llamada El aura (2005). Pero lamentablemente Nieve negra no dio la talla y, a pesar de algunas buenas interpretaciones y una fotografía impecable, las buenas intenciones se desarman entre su inconsistencia argumental y sus fallos en el guión.

Marcos (Leonardo Sbaraglia) regresa desde España al lugar donde creció -un paraje que se intuye anclado en el frío sur argentino- junto a su esposa embarazada (Laia Costa) para reclamar parte de la herencia que le corresponde tras el reciente fallecimiento de su padre: una inmensa hectárea de bosque nevado con intenciones de ser comprado por inversores canadienses dispuestos a pagar una cifra varias veces millonaria, y en dólares. Lo único que se interpone entre esos dólares y Marcos es el ermitaño Salvador (Ricardo Darín), su hermano, un aggiornado Henry David Thoreau que -al igual que el norteamericano en su ensayo de 1954 titulado Walden o la vida en los bosques (1854)- vive de lo que caza y recolecta en una cabaña en medio del bosque. Salvador es un misántropo, un hombre huraño y solitario que no está dispuesto a ceder ni un gramo de tierra a los compradores foráneos. A Salvador no le importa el dinero; solo quiere que lo dejen en paz. Pero estas son solo las apariencias que asoman sobre la capa superficial de la historia de esta familia que incluye a una hermana desquiciada -interpretada por Dolores Fonzi en la que debe ser la actuación más corta de su carrera-. Cuando los protagonistas comienzan a rascar el tejido, el espectador entra en un relato más oscuro, un drama familiar que incluye perversiones, violencia y locura.

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Nieve negra tiene varias virtudes: por empezar está bien narrada, las puestas de cámara se complementan a la perfección con la impecable fotografía y utiliza recursos de montaje en las escenas de flashbacks que resultan apropiados y hasta podría decirse fuera de lo común. El problema es que lo que se está contando es muy superficial, un gran cliché que ya se vio una y mil veces en el cine negro, reforzado por la repetición que intenta encajar las ideas a fuerza de una presión impostada. El director parece más preocupado en ser correcto en la narración y llevar al espectador de las narices hacia un plot point sorpresivo –que para ser sincero es bastante previsible- que en contar una buena historia y dotar de motivaciones interesantes a los personajes. Las buenas actuaciones de Darín y Sbaraglia dotan al relato de un clima tenso y una violencia latente que finalmente explota con potencia, pero eso no alcanza para tapar los baches de un guión flojo que parece apurar todo el tiempo al relato para llegar a un final que se pretende revelador pero está resuelto con algunos artilugios inverosímiles que hacen que la mano del guionista se perciba de tal manera que termina molestando. Inclusive en  una jugada arriesgada –las cuales siempre son bienvenidas- un personaje rompe la cuarta pared de manera sorpresiva, aunque sin un motivo claro más que la espectacularidad.

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Ricardo Darín sigue llenado salas, él solito. Imagino que la inclusión de Sbaraglia y  Federico Luppi en el cast –con un papel pequeño pero a su medida- y un clima general que en el tráiler la asemejaba a El aura, ayudaron a vender unas cuantas butacas. Pero está claro que Darín es un una máquina de cortar tickets. A veces con buenas películas, otras veces con películas malas. A Nieve negra podemos ubicarla en el medio, cómoda, como cualquier película mediocre que no logra sobresalir por sus defectos ni por sus virtudes.

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