Las series de DC y el exploitation de los superhéroes

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He leído comics casi desde que tengo uso de razón. Aunque no lo sepan o quieran negarlo, la mayoría de nosotros lo hemos hecho. Sea por Mafalda, las tiras de los diarios del domingo o las revistas infantiles, los comics siempre han estado ahí.

En mi caso, el contacto inicial llegó de la mano de aquello que por lo general se asocia de manera más tradicional a la historieta: Los superhéroes. Si bien no ha sido lo único que me ha interesado, debo reconocer que más que un lector de comics soy un lector de superhéroes. Y, en particular, de DC.

Durante muchos años he tenido que explicar cómo y por qué sostenía tal actividad, como si hubiese algo que fundamentar. En la adolescencia parecía que mi gusto por los comics necesariamente debía implicar una imposibilidad para relacionarme con el otro y, en consecuencia, una vida social apática y pobre. Ya siendo más adulto, luego de pasar los veinte, esta práctica parecía volverse más polémica aún: cómo alguien de mi edad podría interesarse en dibujitos y en hombres que recorren el mundo en calzoncillos. Qué clase de patología podría originar tal práctica. Aún hoy, para algunas personas, parece un disparate.

La cuestión, y probablemente el punto que la mayoría desconoce, radica en comprender que las grandes obras de ficción son aquellas que relatan historias cuya profundidad temática no aparece de forma superficial, sino que requieren necesariamente una atención especial. Me refiero a aquello que tradicionalmente se denomina en estructura dramática Texto y Subtexto.

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De este modo, donde alguien podría ver un Robin Hood que arroja flechas en pleno siglo XX acompañado de otro muchacho que tiene un anillo mágico verde, muchos podemos observar un relato que aborda temáticas que van desde la segregación racial hasta el cuidado del medio ambiente; todo ello en épocas en las que dichas cuestiones ni siquiera eran discutidas en la cultura de masas como en la actualidad.

Claro está, me refiero a aquella maravillosa saga Green Lantern/Green Arrow de Dennis O’Neil y Neal Adams de principios de los 70’, aunque podría citar miles de ejemplos – comenzando por MARVEL y esa lúcida crítica social que siempre han sido los X-MEN – .  No hace falta irse hacia tierras muy lejanas para observar esto, basta con por ejemplo pensar en El Eternauta o en la ya citada Mafalda, para encontrar ejemplos locales de grandes obras de ficción que tocan temas sumamente profundos y complejos a través del código narrativo que ofrece la historieta.

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Hoy por hoy la cosa parece haber cambiado. Los superhéroes invaden las pantallas y MARVEL es una de las casas productoras más exitosas de la historia del cine. La gente habla de los personajes, y estos ya no son tabú.

Sin embargo, esta suerte de moda, no se ha visto reflejada en la industria del comic, que no ha crecido del modo en el que pareciera que lo ha hecho. No se venden más revistas de superhéroes. No se conoce en profundidad la estructura narrativa, los códigos y las convenciones del género. Es más, en situaciones más extremas, el propio producto audiovisual propone una suerte de negación del género – el ejemplo más cabal de esto es el Batman Christopher Nolan, del que ya nos hemos ocupado en otra oportunidad (CLICK AQUÍ) – .

En definitiva, todo este extenso prólogo, sirve para explicar en algún punto el porqué del éxito de las series del Universo DC de CW. Greg Berlanti – hábil mercader y ave de rapiña televisivo – comprendió casi por casualidad la posibilidad de explotar un nicho del mercado que nadie estaba viendo: El Fandom comiquero. 

Por supuesto, esto no fue así instantáneamente. Me animaría a sostener  casi que se trataría de una cuestión azarosa y accidental. Veamos.

 

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El 10 de octubre de 2012 se estrenaba el primer capítulo de una serie denominada “Arrow”; el show se focalizaba en los primeros días del arquero esmeralda, mejor conocido como Green Arrow. Ahora bien, el programa era una serie que adolecía de todos los problemas de este tipo producciones: se contagiaba del shame en el uso del verdadero nombre del personaje y buscaba impregnar todo el relato con un clima de solemnidad que no cuadraba para el presupuesto que el show detentaba. A su vez, el amigo Berlanti estaba más queriendo copiar al Batman de Nolan que buscando contar la historia de Oliver Queen. Se trataba entonces de replicar el éxito del TDK, con menos plata y mucho más berreta. En definitiva: Hacer unas monedas y ya.

La serie parecía destinada al fracaso, una primera temporada “aceptable” y a partir de allí una auguriosa decadencia, digna de las últimas temporadas de su antecesora Smallville. Milagrosamente todo cambio, o casi.

Dos años después de del inicio de Arrow, CW estrenaba el 07 de octubre de 2014 la primera temporada de “The Flash”, cambiando el paradigma del abordaje del género, al menos en lo que a la televisión y el mundo de las series se refiere.

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La serie del Velocista Escarlata presentaba un montón de puntos a favor para explotar o por lo menos contrarrestar los problemas de su hermana Arrow. Para empezar Flash es uno de los personajes de DC con la galería de villanos más amplia y diversa; esto generaba que la estructura de serie larga – más de 20 episodios – cada vez más en desuso se volviera aceptable. Con una gran cantidad de personajes propios, y una escasa necesidad de apropiarse de enemigos ajenos – problema que Arrow jamás pudo superar – Flash logró rápidamente consolidarse al establecer una trama general atractiva y, a su vez, múltiples personajes para las líneas secundarias o las tramas autoconclusivas de cada episodio.

A esto se le sumó otro detalle más ventajoso, aquellos personajes creados o modificados específicamente para la serie funcionaron mejor que en su antecesora. El ejemplo cabal de esto es Harrison Wells y las re-versiones de héroes secundarios como Cisco Ramón (AKA Vibe).

Por otro lado, el protagonista presentaba ciertas características que obligaban a los productores a alejarse de ciertas pretensiones negacionistas, ya que resultaba imposible contar la historia de Barry Allen sin trajes y superpoderes. Si bien en Arrow ya había una aproximación más grande de ello, la llegada de Flash tiró por la borda cualquier intención de realismo y solemnidad exagerada.

Todos estos elementos, sumados al éxito del rating de The Flash – el casting de Grant Gustin y Tom Cavanagh fue decisivo en este sentido – provocaron que la compañía – en búsqueda de vil metal, claro – diera un drástico volantazo y modificara su forma de trabajar.

El tono de Arrow se alteró, y un nuevo show con personajes secundarios de ambas series comenzó a gestarse: Legends Of Tomorrow; que incorporaba a Rip Hunter y los viajes espacio-temporales como eje narrativo central.

De este modo, Berlanti terminó de apropiarse de un mundo comiquero inexplorado hasta a la fecha. Personajes de diferentes épocas y eras – Golden Age incluida de mayor o menor relevancia, llevados adelante sin ningún tipo de limitación, abordando el género de superheroico al mejor estilo exploitation, se apropiaron de la modesta pantalla de CW.

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Supergirl, serie de la compañía en ABC que no compartía inicialmente universo, sería cancelada por el bajo rendimiento de los números en la primera temporada y rescatada por CW este año, para así pasar a formar parte del Arrowverse (como se conoce al universo expandido que comparten todos los shows) pero en otra tierra del multiverso – concepto comiquero clave que, gracias a The Flash, por primera vez encontramos replicado en un producto audiovisual – que cada vez era más explorado por los diferentes personajes.

Berlanti logró entonces transformar un mundo limitado y destinado a morir en el drama adolescente, en otro sin horizonte cercano.  Gracias a The Flash se incorporaron a la fuerza un montón de elementos imprescindibles para el tratamiento de los personajes, forzando al universo a convertirse en algo completamente diferente. Un puñado de series que parecían destinadas al olvido se reconvirtieron al servicio de los fanáticos.

La fórmula actual aparece entonces dada por explotar los elementos más característicos del género comiquero: Los superpoderes, las aventuras en el espacio, los viajes temporales, las batallas y las extrañas tecnologías. Por supuesto, todo ello con un escaso presupuesto, efectos modestos y muchas licencias narrativas (aceptables en pos del disfrute y entretenimiento que generan algunos de los programas).

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Superman de la Tierra de Supergirl, un punto más que marca el gran éxito que están teniendo estas series.

A su vez, otro punto a destacar es la incursión en ciertas problemáticas sociales abordadas desde una mirada que podríamos definir como “progresista” en pantalla. Es cierto que todo es trabajado desde la más solemne corrección política y sentido común estereotipado, pero no se puede hacer la vista gorda al hecho que en una franquicia de programas de ficción de un canal de aire norteamericano temáticas como la diversidad sexual y la integración racial jueguen un papel preponderante.

En definitiva, el análisis sobre estos programas puede o debería presentar múltiples aristas. En términos estrictamente de calidad audiovisual, es posible que todas las series no presenten un gran atractivo – aquí The Flash es la que menos sale perdiendo – y tengan mucho menos “valor” que otros programas más “serios”. Ahora bien, si se observa desde otro lugar – uno claramente comiquero y con un cariño previo hacia los personajes – los productos presentan un gran atractivo que pocas franquicias ofrecen, introduciendo, ya sin ningún pudor, una gran despliegue de personajes pequeños y grandes, que jamás tendrían lugar en búsqueda de un rédito comercial; en este sentido, las deficiencias narrativas y audiovisuales ceden ante la posibilidad  que nuestros personajes favoritos cobren vida e interactúen sin ninguna vergüenza con el género al que pertenecen.

Es difícil saber cuánto durará este fenómeno. Me arriesgaría a decir que aún nos quedan uno o dos años más con cierto interés y atractivo antes que todo comience a agotarse hasta volverse insoportable. Más allá de eso, siempre tendremos esta suerte de Golden Age que las series de DC le están regalando a sus fanáticos, con muchas limitaciones, pero con un amor hacia el género y sus personajes pocas veces visto.

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