Hardcore Henry – En defensa del género, o el disfrute sin culpa de la cultura de masas

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No hace mucho tiempo descubrí a Benjamín Marra, un historietista norteamericano underground  cuya irreverente obra se difunde gracias al boca en boca de los lectores que comienzan a considerarlo un autor de culto. La obra de Marra es un placer culpable en mi vida;  hablamos de comics-golosina que no cumplen ninguna función nutritiva, ni son originales ni aportan nada  nuevo, son dulces pop que llenan de caries la mente con historias simples (muchas veces sin sentido) apelando a lo más básico del pulp y el género, pero sin embargo logran un cometido fundamental en el noveno arte: entretienen a lo loco. Violencia, sangre, estética underground, mucha acción y personajes planos pero divertidos hacen de su obra un objeto pop con aires retro, tan alejado de lo académico y la alta cultura que inevitablemente horroriza a los intelectuales. Pero, claro, en contraposición a los Apocalípticos, todo eso es justamente lo que enamora a los Integrados.

 

¿Los quiénes? 

 

-En su polémico ensayo de 1964 titulado Apocalípticos e Integrados donde analiza la cultura popular, los mitos modernos y la influencia de los medios de comunicación masivos, Humberto Eco divide la manera de apreciar el arte en dos posiciones culturalmente opuestas. Sobre las ideas de los Apocalípticos dice que: “Si la cultura es un hecho aristocrático, cultivo, celoso, asiduo y solitario de una interioridad refinada que se opone a la vulgaridad de la muchedumbre, la mera idea de una cultura compartida por todos, producida de modo que se adapte a todos, y elaborada a medida de todos, es un contrasentido monstruoso. La cultura de masas es la anticultura (…) llega a constituir el signo de una caída irrecuperable, ante la cual el hombre de cultura (último superviviente de la prehistoria, destinado a la extinción) no puede más que expresarse en términos de ApocaIipsis.”

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Por otro lado, para referirse a los integrados teoriza: “En contraste, tenemos la reacción optimista del integrado. Dado que la televisión, los periódicos, la radio, el cine, las historietas, la novela popular y el Reader’s Digest ponen hoy en día los bienes culturales a disposición de todos, haciendo amable y liviana la absorción de nociones y la recepción de información, estamos viviendo una época de ampliación del campo cultural, en que se realiza finalmente a un nivel extenso, con el concurso de los mejores, la circulación de un arte y una cultura «popular». Que esta cultura surja de lo bajo o sea confeccionada desde arriba para consumidores indefensos, es un problema que el integrado no se plantea. En parte es así porque, mientras los apocalípticos sobreviven precisamente elaborando teorías sobre la decadencia, los integrados raramente teorizan, sino que prefieren actuar, producir, emitir cotidianamente sus mensajes a todos los niveles. El Apocalipsis es una obsesión del dissenter, la integración es la realidad concreta de aquellos que no disienten.”

Pues bien, tomando en cuenta la dicotomía propuesta por Umberto Eco y jugado su juego de puesta en abismo cultural, este redactor –e imagino que todo lector de esta nota y asiduo de la 24 Cuadros- juega para el equipo de los Integrados, sin ninguna duda. Los Integrados adoramos la cultura de masas, lo pop, lo posmoderno, lo popular. Claro que podemos leer con placer el Ulises de Joyce y su monólogo de 800 páginas, disfrutar del cine de Bergman y toda su psicología implícita, o enamorarnos del teatro Sartreano del existencialismo, pero nunca nos avergonzaremos de la cultura de masas porque nos sentimos identificados con el arte de género: bancamos al pulp, al fantástico, a la ciencia ficción y a los superhéroes en calzas. Deseamos que existan películas como Hardcore Henry porque las disfrutamos. Y con orgullo nos encolumnamos en las filas de los Integrados para ir a la guerra contra los Apocalípticos.

 

(Ok, tal vez esté exagerando un poco).

 

Dicho esto, nadie que esté leyendo esta reseña o haya visto la película puede llevarse una sorpresa por el enfoque de su análisis y la manera en que voy a defenderla de las seguras críticas apocalípticas.

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-Hardcore Henry es una coproducción rusa/norteamericana que nace a partir del videoclip de la canción Bad Motherfucker de la banda rusa Biting Elbows. Lo más impactante del videoclip es su estética, pero principalmente el hecho de que esté íntegramente narrado a partir de una cámara subjetiva que nos posiciona en el punto de vista del protagonista.

Aunque sería un error decir que Hardcore Henry es un videoclip de una hora y media de duración, su estética y montaje son claramente los que suelen utilizarse en los videoclips. Lo interesante de  Hardcore es que va un poco más allá, sobrepasando algunos límites y rompiendo ciertas barreras que impone el buen manual del cineasta.

Su premisa es sumamente básica: un hombre despierta en un laboratorio transformado en cyborg y con pérdida de memoria. Un malo muy maloso intenta matarlo y secuestra a su mujer. A partir de entonces la misión de Henry es encontrar a su esposa y recuperar sus recuerdos mientras aprende a dominar su cuerpo mitad hombre-mitad máquina y mata a mucha, pero mucha gente.

Hardcore –al igual que Bad Motherfucker– es una película narrada íntegramente en POV (Point Of View-Punto De Vista). Se inscribe en el estilo de películas como Crank (2006/Neveldine y Taylor) o John Wick (2014/Leitch y Stahelski) las cuales no ofrecen un segundo de tregua al espectador, desde el primer punto de giro hasta el final del relato, llevándolo por una montaña rusa de emociones, un subidón adrenalínico puramente sensorial. Al igual que en aquellas películas antes nombradas, en Hardcore no importa demasiado por qué suceden las cosas, sino más bien cómo suceden y hacia donde llevan al relato. Sabemos desde el inicio que el villano tiene poderes telequineticos, lo que no sabemos es por qué. Podemos intuirlo, imaginarlo. O no. Lo cierto es que nunca se explicita nada de esto.  ¿Importa? En lo más mínimo. Lo verdaderamente importante es la manera en que esos poderes son utilizados por el antagonista para hacer avanzar el relato.

El recurso de narrar todo desde el punto de vista de protagonista puede marear en principio al espectador, que terminará acostumbrándose a ver todo como si estuviese dentro de la película. Y su misión lúdica, que es hacer al espectador partícipe del relato, resulta exitosa.

El humor es imprescindible para este tipo de narraciones, y por suerte el director y el guionista lo entendieron a la perfección. En esta película hay mucho humor –principalmente apoyado en los gags de Jimmy, ese hermoso y querible personaje compuesto por Sharlto Copley- y una carencia absoluta de solemnidad. Nada de lo que pase en ella debe ser tomado en serio. Todo es divertimento sin filtros.

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Hardcore Henry podrá ser odiada por muchas cosas, pero nunca por su calidad técnica. Se le dirá que es simple entretenimiento, que su trama es básica, que sus personajes son planos, que todo es piñas, tiros y gore, y que muchas situaciones no tienen sentido. Y puede que todo eso sea cierto, pero también es cierto que esos son los puntos menos importantes en una película de este estilo. Lo que realmente se debe valorar cuando uno visiona este tipo de cine es su nivel de entretención, su calidad técnica y lo que le ofrece al espectador: pura diversión sin culpas.

La ópera prima de Ilya Naishuler es un es un hard boiled  moderno, ciencia ficción como excusa para la acción más bestial, una mezcla de Crank, Counter Strike y Doom, una ensalada pulp, una película de explotación que seguramente te deje algún mareo o dolor de cabeza por la arriesgada apuesta de la cámara subjetiva constante, comparable a la experiencia de escuchar esos discos que te rompen la cabeza por su sonido extremo y denso –pienso Souls At Zero de Neurosis, Holy Mountain de Sleep o Houdini de Melvins-: terminás aturdido y con un poco de dolor de cabeza, pero feliz y sabiendo que a experiencia valió la pena.

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