Reseña: Zoolander No.2

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Todos recordamos la primera entrega de Zoolander (2001), película que dejó de ser una comedia más para convertirse en un ícono de la cultura popular. De la mano de los supermodelos Derek (Ben Stiller) y Hansel (Owen Wilson), Zoolander lograba unir muchas situaciones absurdas en una sátira hilarante al mundo de la moda.

Este año, Derek y Hansel volvieron con Zoolander No.2, la esperada pero temida secuela, también dirigida por Ben Stiller. Al momento de su estreno, la crítica prácticamente la destruyó. Así que vamos a verla ahora con la cabeza fría.

Han pasado varios años desde el final de la primera película, donde teníamos a Derek felizmente casado con Matilda (Christine Taylor), padre de un bebé, y trabajando junto a Hansel en su recientemente inaugurado “Centro Zoolander para niños que no pueden leer bien, y que quieren aprender a hacer otras cosas bien también”.

Partamos ya de la base de que todo eso salió mal, ya que la secuela nos muestra que el centro se derrumbó (aparentemente, por la insistencia de Derek en utilizar los materiales de la maqueta inicial). Esto causó la muerte de Matilda, deformó el bello rostro de Hansel y derivó también en que los servicios sociales se llevaran al bebé de Derek. Incapaz de sobrellevar la culpa, Derek se exilió de la sociedad para vivir como un supermodelo ermitaño.  Y en eso está, hasta que tanto él como Hansel reciben una extraña invitación de la famosa diseñadora Alexanya (Kristen Wig) para participar de un desfile en Italia.

Siguiendo con una sátira al estilo de la primera entrega, Derek y Hansel se encuentran con que el mundo de la moda ha cambiado (esperen hipsters, tendencias andróginas y chistes sobre nuevas tecnologías). Ahora ellos son ridiculizados como viejos y aburridos. Por si fuera poco para Derek, su reaparición en escena trae a Valentina Valencia (Penélope Cruz), una ex modelo que ahora trabaja en la CIA, quien le informa que la gente más hermosa del mundo está siendo asesinada y que sólo hay una pista: todos mueren imitando una de sus miradas.

Para resolver este misterio, los supermodelos y Valentina tendrán que enfrentarse nuevamente a Mugatu (Will Ferrell), el villano de la primera película. Al mismo tiempo, Derek tratará de recuperar a su hijo, aunque ahora éste sea un preadolescente gordito que no quiere saber nada de su padre. Esto pasa justo mientras Derek busca una salida a la inevitable necesidad de reinventarse para volver a encajar en la moda. Y también hay algo de una profecía metido por ahí.

Suena a muchas cosas a la vez, y la verdad es que así es. Hacia el final de la película, Ben Stiller consigue que la historia cuadre, pero mientras tanto es difícil sacarse de encima la sensación de que se entrelazaron demasiados conflictos por la fuerza. Si la película original se destacaba por la inteligencia con la que dio sentido a un montón de ridiculeces, esta segunda entrega parece un poco desorientada.

Otro problema con Zoolander No.2 es que la mayoría de los gags más importantes son una parodia a momentos de la primera. Eso no es necesariamente malo, pero sí predecible. Y dado que los gags nuevos consisten principalmente en cameos de celebridades o efectos visuales, decepciona bastante a quien fue esperando creatividad.

No todo es un desastre, sin embargo. Zoolander No.2 tiene sus picos de genuino humor, aunque se encuentran más bien esparcidos en momentitos de diálogo que en las grandes escenas. Derek y Hansel siguen siendo los adorables idiotas que todos queremos, lo cual da lugar a las ganas de que les vaya bien, y Will Ferrell se luce nuevamente como Mugatu.

Desde una vista general, esta secuela se sostiene como película. No es muy especial, pero ni se acerca a ser tan mala como otras comedias que inundan el mercado. Pero para los fans de la primera, la sensación final es un “meh”. Bueno, no es tan mala, pero esperábamos algo mejor. Parece realmente una oportunidad desperdiciada.

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