Cuando Remake no es mala palabra: El extraño caso de “La Jeteé” y “Twelve Monkeys”

Originalmente publicado en Revista 24 Cuadros N°28

(La nota contiene Spoilers)

Remake es una palabra muy utilizada últimamente. Por lo general suele ser la pieza clave de análisis para entender la profunda crisis creativa que atraviesa la industria cinematográfica norteamericana: Ante la falta de ideas que lleven masivamente al público a una sala, se apela a la nostalgia de lo conocido y querido. A re-versionar aquello ya hecho para imitar su éxito económico, aunque no necesariamente sus aciertos técnicos/creativos.

No creo que se pueda con seguridad afirmar lo anterior de forma dogmática. Es una parte del problema, pero no su totalidad. Simplificar de esta forma la problemática, si es que consideramos que tal cosa existe, sería como mínimo imprudente.

Lo cierto es que la palabra Remake guarda actualmente una connotación ante el espectador. En la mayoría de los casos, aquella no es positiva; pero no necesariamente esto debe ser así. Una Remake, por sí sola no dice nada. De hecho, antes de su abuso en los últimos 20 años, no era una mala palabra, ni mucho menos. Con la llegada del sonido al cine, allá por 1927, múltiples realizadores re-versionaron su incipiente filmografía o la de sus colegas para ajustarla a los nuevos paradigmas del lenguaje. En este sentido, emblemático es el caso de Hitchcock, Capra u Ozu.

Por supuesto, son raros los casos donde una re-versión supera a la obra original; pero más raros son aquellos en los cuales una remake adquiere una identidad tan propia como obra que la separa de su homónima. Estos  resultados suelen deberse a la innovación del realizador que va más allá de un simple copiado y una nueva contextualización de la trama.

Uno de los ejemplos más claros de esto son la Jeteé y Twelve Mokeys, de Chris Marker y Terry Gilliam respectivamente. Lo que aquí vuelve más curiosa a la conexión entre estos dos films, es su enorme distancia en términos de planteo estético: se trata de dos películas que desde la forma no guardan ningún tipo de relación entre sí, aunque se puede vislumbrar en ellas un planteo visual muy fuerte.

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En primer lugar, yendo quizá al detalle más obvio, el film de Chris Marker es un mediometraje que no supera los treinta minutos de duración, mientras que la de Gilliam sobrepasa las dos horas. A su vez, la Jeteé es un fotomontaje en blanco y negro, mientras que Twelve Monkeys presenta una narración visual clásica en términos de lenguaje cinematográfico habitual y su identificación con el modelo de representación institucional.

Quizá esta diferencia tan fuerte en la forma y que sólo exista una cercanía en la historia, es lo que posibilita que Twelve Monkeys tenga una impronta tan fuerte y que logre despegarse de ser una simple analogía de la Jeteé. El acierto de Gilliam, en definitiva, se encuentra enmarcado en no querer ser Chris Marker, ni muchos menos copiarlo. Es un caso curioso, rara vez remakes comerciales de films que no lo son logran obtener un fuerte prestigio e independencia propia (recordar por ejemplo los casos de las complicadas re interpretaciones de À bout de soufflé y Psycho).

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Si bien hay bastantes diferencias respecto a los detalles de la trama, la premisa es la misma en ambos films a grandes rasgos: un niño observa la muerte de un hombre en un aeropuerto. Este hecho marca su vida y se vuelve una escena recurrente para él. Ya de adulto, en un mundo completamente devastado, el hombre es enviado al pasado para lograr evitar que los hechos que causaron la catástrofe ocurran (esto en Twelve Monkeys) o conseguir alimentos, medicinas, etc. (en la Jeteé). Este hombre, en sus viajes al pasado, se enamora de una mujer que se encontraba en aquel aeropuerto que recordaba de su niñez; finalmente el protagonista terminará en aquel escenario, descubriendo que a quien había observado morir cuando era pequeño era, ni más ni menos, que una versión adulta de él mismo.

Como se mencionara al comienzo, lo más interesante de estas dos películas es su fuerte estética, en ambos casos notables. En primer lugar, la Jeteé tiene un ritmo muy fuerte en su narración, que a la vez resulta ameno y fácil de comprender. De este modo, algo que a priori resultaría bastante complejo de pensar –siendo que película es un fotomontaje de principio a fin- aparece como  un elemento destacable. Así, la potencia visual no se transforma en un impedimento narrativo, todo lo contrario.  Lo anterior, guarda en sí otro punto bastante paradójico al momento de observar la película: si bien son imágenes fijas, la puesta de Marker genera una sensación de movimiento constante. El espectador entra rápido en el código propuesto y lo internaliza de tal forma que logra olvidarse que está observando imágenes estáticas.

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En el caso de Twelve Mokeys el lenguaje cinematográfico, si es que acordamos que tal cosa existe, es mucho más cásico y convencional. Esto para nada le impide a Gilliam trabajar visualmente de forma muy personal; continuando con el planteo  y la línea desarrollada en Brazil, donde a través de la puesta en escena y el trabajo de cámara se lograba generar una sensación de extrañeza constante durante toda la película. A su vez, a diferencia del resto de sus trabajos, Twelve Monkeys es la película más sólida en términos de relato. Surge una armonía entre forma y contenido que no suele verse en el resto de sus películas, donde lo estético suele tener preminencia sobre la historia (sobre todo en aquellas más recientes, donde decididamente Gilliam ha partido a la ensoñación), hecho que no tiene de por sí una connotación negativa ni mucho menos, sólo es un detalle a destacar.

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En definitiva el extraño caso de la Jeteé y Twelve Monkeys, ofrece un ejemplo que rara vez puede encontrarse en la historia del cine. Se trata de una remake que se aleja del film original, lo re-versiona de tal modo que genera una identidad y una riqueza propia, tan fuerte como la película original.

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