Cuando Remake no es mala palabra: El extraño caso de “La Jeteé” y “Twelve Monkeys”

Originalmente publicado en Revista 24 Cuadros N°28

(La nota contiene Spoilers)

Remake es una palabra muy utilizada últimamente. Por lo general suele ser la pieza clave de análisis para entender la profunda crisis creativa que atraviesa la industria cinematográfica norteamericana: Ante la falta de ideas que lleven masivamente al público a una sala, se apela a la nostalgia de lo conocido y querido. A re-versionar aquello ya hecho, para imitar su éxito económico, aunque no necesariamente sus aciertos creativos.

No creo que se pueda con seguridad afirmar lo anterior de forma dogmática. Es una parte del problema, pero no su totalidad. Simplificar la problemática, si es que consideramos que tal existe, de esta forma, sería como mínimo imprudente.

Lo cierto es que la palabra Remake, guarda actualmente una connotación ante el espectador. En la mayoría de los casos, esta no es positiva; pero no necesariamente esto debe ser así.

Una Remake, por sí sola no dice nada. De hecho, antes de su abuso en los últimos 20 años, no era una mala palabra, ni mucho menos.

Son raros los casos dónde una Re-versión supera a la original, pero más raros son los casos en los cuales una Remake adquiere una identidad propia como obra que la separa de su homónima. Mayoritariamente este  resultado se debe a la innovación que va más allá del simple copiado y de la nueva contextualización de la trama.

Un claro ejemplo de esto son la Jeteé y 12 monos, de Chris Marker y Terry Gilliam respectivamente. Lo que aquí vuelve más curiosa a la conexión entre estos dos films, es su enorme distancia en términos de planteo estético: Son películas que desde la forma no guardan ningún tipo de relación, pero en ambos casos hay en ellas un planteo visual muy fuerte.

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En primer lugar el film de Chris Marker es un mediometraje que no supera los 30 minutos de duración, mientras que la de Gilliam supera las dos horas. A su vez la Jeteé es un fotomontaje en blanco y negro, mientras que 12 monos presenta una narración visual más clásica en términos de lenguaje cinematográfico.

Quizá esta diferencia tan fuerte en la forma, y que sólo exista una cercanía en la historia, es lo que posibilita que 12 monos tenga una impronta tan fuerte, y que logre despegarse de ser una simple analogía de la Jeteé. El acierto de Gilliam, en definitiva, se encuentra enmarcado en no querer ser Chris Marker, ni muchos menos copiarlo. Es un caso curioso, rara vez Remakes comerciales, de films que no lo son, logran obtener un fuerte prestigio e independencia (recordar por ejemplo el caso de la complicada Sin aliento norteamericana).

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Si bien hay bastantes diferencias respecto a los detalles de la trama, la premisa es la misma a grandes rasgos: Un niño observa la muerte de un hombre en un aeropuerto. Este hecho marca su vida, y se vuelve una escena recurrente para él. Ya de adulto, en un mundo completamente devastado, el hombre es enviado al pasado para lograr evitar que los hechos que causaron la catástrofe ocurran (en 12 monos) y conseguir alimentos, medicinas, etc. (en la Jeteé). El hombre en sus viajes al pasado se enamora de una mujer que se encontraba en el aeropuerto que recordaba de su niñez, y finalmente terminará en aquel escenario, para descubrir que a quien había observado morir cuando era pequeño era, ni más ni menos, que él mismo.

Tal como se mencionó al comienzo lo más interesante de estas dos películas es su fuerte estética, en ambos casos notables.

En primer lugar la Jeteé tiene un ritmo muy fuerte en su narración, ameno y fácil de comprender, algo que a priori resulta bastante complejo de pensar cuando la película es un fotomontaje de principio a fin. A su vez esto guarda otro punto bastante paradójico al momento de observar la película, si bien son imágenes fijas, la puesta de Marker genera una sensación de movimiento constante. El espectador entra rápido en el código propuesto y lo internaliza de tal forma que logra olvidarse que está observando imágenes estáticas.

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En el caso de 12 monos el lenguaje (si es que existe tal cosa) cinematográfico, es mucho más convencional y clásico, pero Gilliam trabaja visualmente de forma muy personal, continuando con el planteo realizado en Brazil, donde a través de la puesta en escena y el trabajo de cámara logra generar una sensación de extrañeza constante durante toda la película. A su vez, a diferencia del resto de sus trabajos, 12 Monos es la película más sólida en términos de relato. Hay una armonía entre forma y contenido, que no suele verse en el resto de sus películas, donde lo estético suele tener preminencia sobre la historia (hecho que no tiene de por sí una connotación negativa, ni mucho menos, sólo es un detalle a destacar).

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En definitiva el extraño caso de la Jeteé y 12 monos, ofrece un ejemplo que rara vez puede encontrarse en la historia del cine, se trata de una remake que se aleja del film original, lo re-versiona y genera una identidad y una riqueza propia tan fuerte como la del film original.

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