Reseña: Dune

En general, es aburrido escribir sobre las películas de Denis Villeneuve. Es correcto en todos los rubros técnicos, elige grandes actores y buenos directores de fotografía y arte. Trabaja con los más caros y mejores técnicos de la industria. No suele irse de presupuesto ni de tiempo. No se pelea con estudios ni actores ni otros directores. Es franco, abierto y simpático en entrevistas. Es canadiense, por el amor de Dios. Villeneuve es un vaso de agua mineral. Y ese es el problema. No excita a nadie. Y Dune debería ser, antes que nada, un sueño afiebrado. Una locura mística.

Frank Herbert, a mediados de los sesenta, concibió una saga de ciencia ficción blanda, que se emparenta muchísimo con la fantasía épica, o high fantasy, como le dicen los gringos. Como a muchos autores de sagas, a Herbert lo consumió su mundo. Dune arranca pequeña y se ensancha hasta el infinito.

En un desierto feroz

Ya han leído hasta el hartazgo los resúmenes sobre la obra de Frank Herbert y sus adaptaciones. Estamos en el año 10.000. El universo está organizado en un Imperio Galáctico. El mandamás es el Emperador Shaddam IV. Lo acompañan las grandes casas, entre las que se destacan la casa Atreides y la casa Harkonnen, que se odian entre sí. En medio de ellas, se encuentra la hermandad de las Bene Gesserit, una suerte de sacerdotisas, mitad brujas, mitad consejeras políticas, que conspiran y ayudan a unos y a otros mientras juegan su propia partida.

En el planeta Arrakis se encuentra “la especia” (melange) una sustancia fundamental en el equilibrio de poder espacial. En ninguna gacetilla les cuentan por qué. En el universo de Dune, están prohibidas las computadoras con capacidad de inteligencia artificial. Para desplazarse de un sistema solar a otro en las grandes naves espaciales se cuenta con la Cofradía Espacial, organización que tiene el monopolio del transporte. Los navegantes de la Cofradía consumen la especia en grandes cantidades, lo que les permite entrar en un estado de conciencia elevado y calcular las rutas entre puntos mediante una tecnología que permite “doblar” el espacio. A los trekkies les resultará conocido este tema, ya que la primera temporada de Star Trek Discovery se lo robó descaradamente.

La especia se consigue en el vasto desierto de Arrakis, llamado comúnmente “Duna”. El planeta es imposible para los humanos. Temperaturas de 60 grados y poca agua. La “cosecha” de la especia es peligrosa, ya que el desierto está poblado por los Shai Hulud, unos gusanos de arena grandes como trenes cargueros, que se desplazan por debajo de la arena (como los de tremors, oh casualidad), y se cargan cualquier cosa a su paso, sobre todo si hace ruido mecánico. Además, en el desierto se encuentran los fremen, (¿freemen? ¿hombres libres?) que aparecen y desaparecen entre las dunas y cuentan con tecnología especial para vivir en ese clima y resienten la cosecha de la especia.

La especia es el petróleo. Dune es Medio Oriente. Los fremen son los beduinos. El emperador, los Atreides y los Harkonnen son las potencias en pugna. Y este cóctel siempre resulta en guerra. Ya lo sabía T.E. Lawrence, conocido también como Lawrence de Arabia, que no casualmente inspiró esta historia.

El punto de ataque

El emperador le saca la “concesión” de la explotación de Arrakis a los Harkonnen para otorgársela a los Atreides. “Hay regalos que no son regalos” dicen en la película, y este es el caso. Supuestamente, el invisible (en la película) emperador Shaddam IV teme que el poder y la influencia del Duque Leto Atreides (Oscar Isaac) estén haciendo peligrar su posición. El Duque es el señor de Caladan, un planeta tormentoso, con aires nórdicos. Tiene como concubina a Lady Jessica (Rebecca Ferguson), una Bene Gesserit que le dio un hijo varón llamado Paul (Timothée Chalamet). Esto es una rareza, ya que las Bene Gesserit usualmente engendran mujeres.

Paul tiene los poderes de las Bene Gesserit. Tiene sueños premonitorios. Además, está ensayando el don del mando con la palabra, un auténtico truco Jedi, en el que sus órdenes verbales son cumplidas. De aquí lo sacó el bueno de Jorge Lucas, lo mismo que Tattoine. Pero eso es otra historia.

Como sucede en los relatos de fantasía, Paul Atreides viene a cumplir con una profecía. Aquí es donde entra el “Kwisatz Haderach”. Como Frank Herbert se consideraba un escritor de ciencia ficción, tenía que darle un viso de ciencia a esa magia. Como no nos corre nadie, podemos tomar el camino de las profecías como componente de la fantasía y ver cómo eso sirve a la estructura de Dune.

En El Señor de los Anillos (J.R.R. Tolkien), Bilbo primero y Gandalf después (aunque aparece antes) escriben:

No todo el oro reluce
Ni toda la gente errante anda perdida,
el viejo vigoroso no se marchita,
a las raíces profundas no llega la escarcha.
De las cenizas subirá un fuego,
y una luz asomará en las sombras;
el descoronado será de nuevo rey.
forjarán otra vez la espada rota.

Boromir y Faramir tienen sueños proféticos, en los cuales aparece esta espada, que finalmente es Andúril, forjada de los restos de Narsil, la espada con la que Isildur le arrancó el anillo a Sauron. Andúril es la espada con la que Aragorn, hijo de Arathorn, Rey de Gondor y heredero de Isildur, va a enfrentar a los ejércitos de Mordor en la Puerta Negra.

En Harry Potter (J.K. Rowling), en el centro de todo se encuentra la profecía de la profesora Trelawney, escuchada por Albus Dumbledore, en la que se dice que “el único con poder para derrotar al Señor Tenebroso se acerca… Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes… Y el Señor Tenebroso lo señalará como su igual, pero él tendrá un poder que el Señor Tenebroso no conoce… Y uno de los dos deberá morir a manos del otro, pues ninguno de los dos podrá vivir mientras siga el otro con vida”.

En Canción de Hielo y Fuego (George R.R. Martin), tenemos la profecía de Azor Ahai: “Está escrito en los antiguos libros de Asshai que llegará un día tras un largo verano, un día en que las estrellas sangrarán y el aliento gélido de la oscuridad descenderá sobre el mundo. En esa hora espantosa, un guerrero sacará del fuego una espada llameante… Y esa espada será Portadora de Luz, la Espada Roja de los Héroes, y el que la esgrima será Azor Ahai renacido, y la oscuridad huirá a su paso”.Ya sabemosque estaes otra de las “cuestiones” que quedaron pendientes en la serie. Veremos qué pasa en los libros si es que queda alguien con ganas de leerlos.

Y entonces ¿qué diablos es el “Kwisatz Haderach”? Su traducción es “el camino más corto”. Es efectivamente una profecía, obtenida mediante la capacidad precognitiva de las Bene Gesserit. Pero como esto es ciencia ficción, todo está a medio camino entre el sueño y el plan que se llevará a cabo mediante el diseño genético, y cruzando a las ordenadas sacerdotisas Bene Gesserit con los señores de las grandes casas: el término correcto es eugenesia. El Kwisatz Haderach será varón, tendrá los poderes de las Bene Gesserit, de la Cofradía Espacial y de los Mentat: está destinado a ser el emperador del universo que traiga paz (equilibrio a la fuerza) y responderá a la orden.

Paul Atreides no debería ser el Haderach, porque las Bene Gesserit solo engendran mujeres. Pero Lady Jessica por amor a Duque Leto fue capaz de cumplir su deseo y darle un varón. Al ser testeado por Gaius Helen (Charlotte Rampling) muestra características compatibles con las deseadas. Soporta el dolor que le infringen en la prueba “Gom Jabbar”, alcanzando límites insospechados para un varón.

Pero es en Arrakis donde el Haderach hará su ascenso al próximo estadío. En contacto con la especia, encuentra a la mujer fremen con la que sueña hace tiempo (Zendaya) y a Stilgar (Javier Bardem), líder del clan. Paul es despojado de la protección de su señorío, de su padre y de sus maestros: como en todo camino heroico, y luego de un primer rechazo a la llamada, el primer hito importante es cruzar el umbral.

Horizonte de arena

Dune (primera parte) es un primer acto larguísimo, en el que no abundan las peripecias. Pero esto no es cuestión de la película. Viene del inicio de la saga. El Duque Leto no termina de guardar la ropa en los cajones, que ya lo invadieron las tropas del Baron Harkonnen, encabezados por su sobrino Glossu Rabban (Dave Bautista) y apoyados por los temidos Sardaukar imperiales. El Doctor Yueh, médico de la familia Atreides, lo traiciona. Todo esto está, desde el punto de vista del verosímil, muy poco construido. La familia más poderosa de Landsraad (Consejo de las Grandes Casas) es pasada a valores en una sola noche. El emperador, que debía parecer inocente en la maniobra, manda a sus tropas (aún con otros uniformes). La justificación es que “no salen comunicaciones de Arrakis”, y es una constante en una saga que se vale de “mensajeros”.

Tenemos un inicio en Caladan, la mudanza, establecimiento en Arrakis, ataque Harkonnen y luego el desierto, hasta encontrar a los fremen. En medio, la línea mínima del Baron Harkonnen. Esa línea de peripecias árida da pie para la construcción de otras ideas, más profundas, como los poderes Bene Gesserit, las tradiciones fremen, la relación con los gusanos, la relación entre Leto y Lady Jessica y a su vez entre Paul y su madre. Y la creación también del peligro de los guerreros Atreides, encabezados por Duncan Idaho (Jason Momoa), capaz de cargarse a 19 Sardaukar él solito.

Como en toda primera parte, la obligación es construir un mundo verosímil y cohesivo. Un mundo con reglas propias. Villeneuve, inteligentemente, elige no enunciarlas de manera obvia. Así, aprendemos sobre las computadoras orgánicas llamadas Mentats, como Thufir Hawat (Stephen McKinley Henderson); sobre la tecnología fremen, la organización imperial (heraldos, ecólogos, transporte, rol de las Bene Gesserit) y hasta de la ascendencia de los Atreides (corridas de toros, gaitas), en un entramado que fluye sin problemas. La bajada de información es liviana y se da mientras la trama se desenrolla.

Como es una primera parte, el armado de los actos es artificial. En sí misma, es todo un primer acto. Pero como película, está constituida por secuencias que ofician como actos en sí mismos. También aquí acierta Villeneuve, y los cierres de actos no parecen forzados.

Una experiencia superior

La obviedad de decir que Dune es audiovisualmente impresionante no puede dejar de cumplirse. Por lo menos, enrevesé la frase para que quede más interesante. Ahondando en ese tema, cabe decir que Villeneuve hizo la tarea. Tomó los diseños de la versión de David Lynch de 1983 y de la preproducción de Alejandro Jodorowski de los setenta, les decantó la locura y los hizo propios. La versión del canadiense es el equivalente de la versión de Batman de Nolan. Es plausible. Es medida y sobria. Al mismo tiempo aprovecha esa cualidad del formato enorme que es IMAX, filmado además por cámaras gran formato, en la que vemos tomas de tal o cual personaje, de espaldas, con un fondo espectacular todo enfocado, los grupos de gente a distintas distancias de cámara, todos nítidos y en un entorno arrebatador.

Es una película no solo hecha para la gran pantalla (otra obviedad escrita), sino que está hecha para el gran formato, que es parecido, pero no es lo mismo. Es una película que aprovecha la profundidad de campo, y el escenario construido para filmarlo con lentes normales. No necesita acentuar con grandes angulares. Todo en Dune es gigante. Solo hay que registrarlo tal cual es. Esa cualidad, la de tener presupuesto y mostrarlo, es una ventaja frente a películas que no saben visualizar aún teniendo todos los elementos a su favor sin idea de cómo usarlos. Basta escuchar a los ejecutivos de Marvel maravillados porque Chloé Zhao, la directora de Eternals (2021), los sacó a una playa a filmar la hora mágica. El director de fotografía de Dune es Greig Fraser. Tiene unos zapatos enormes que llenar, porque el DF anterior de Villeneuve, en Blade Runner 2049, fue Roger Deakins. Pero Fraser está haciendo un carrerón en los últimos años, que incluye créditos en Rogue One (Gareth Edwards, 2016), Zero Dark Thirty (Kathryn Bigelow, 2012), Foxcatcher (Bennett Miller, 2014), Killing Them Softly (Andrew Dominik, 2012) y estrenará Batman en 2022, dirigida por Matt Reeves.

El diseño sonoro hace lo propio. Cabe recordar que los poderes de Paul manifestados en gran parte por el sonido de su voz. Este efecto está logradísimo, así como los diferentes ambientes sonoros. Ya sea la reverberación catedralicia de Giedi Prime, un planeta industrial con visos gigerianos (tal vez del diseño original que H.R. Giger hizo para Jodorowski), el sonido del desierto, seco y cortante, siempre acompañado todo por la música de Zimmer, que compone una banda sonora neo prog bastante acorde a la película.

El reseñador contradictorio

Y si está todo bien, ¿por qué decís que Villeneuve es un vaso de agua mineral? Porque lo es. Es de lo mejor que puede ofrecer Hollywood en términos de director de superproducciones. Pero le falta magia. Le falta carácter. No tiene obsesiones, contrario a lo que pasa con Christopher Nolan y sus juegos de tiempo y estructura, o el acento en el montaje, como puede ser Guy Ritchie, o en la fotografía y la puesta, como Ridley Scott, o en la violencia y los diálogos, como Quentin Tarantino, por nombrar otros directores de superproducciones en actividad. El canadiense le tiene miedo al ridículo, tiene miedo de que las apuestas no funcionen. Por eso corta todo lo interesante del personaje de Piter De Vries (David Dasmalchian), el Mentat de los Harkonnen, que en la novela desafía verbalmente al Barón todo el tiempo. Por eso castea a Josh Brolin como Gurney Halleck, que además de ser el maestro de armas de los Atreides, es un trovador y poeta, deformado por las cicatrices. Ni noticias de esto. Por lo menos le dejó las citas bíblicas.

Todos los aspectos han sido sanitizados, desaturados. Puestos bajo un manto de sobriedad. Como Villeneuve no tiene obsesiones, elimina un aspecto interesante de Dune, que es la focalización. Dune está comentada por Irulan, hija del emperador Padisha Shaddam IV. Esto lo puso Lynch en su versión, que empieza con Irulan hablando a cámara. Asimismo, no hay atisbo de la Casa Corrino ni del mencionado emperador Shaddam IV ni sus Leones Dorados. Nuevamente, Lynch lo puso en la primera escena: es el centro del conflicto, así como explicó la interrelación entre Emperador, Cofradía Espacial y las Bene Gesserit.

¿Digo con esto que la versión de Lynch es mejor que la de Villeneuve? De ninguna manera. Villeneuve dirigió una excelente versión y la de Lynch es un bofe. Pero con la cantidad de películas que Denis Villeneuve tiene bajo el cinturón, puedo empezar a arriesgar que su estilo es, justamente, su falta de estilo. Tal vez estemos frente al artesano más puro que nos haya dado el cine en los últimos años. Esperemos que encuentre el tono en sus próximas partes. Terminemos como empezamos: Dune es lo que es, en base al delirio místico que nos cuenta y en el pasaje al próximo estadio de Paul. El futuro requerirá menos sobriedad.