Mi maestro el pulpo: zen bajo el mar

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El algoritmo de Netflix sabe que me apasionan los pulpos. A poco de estrenarse en septiembre del año pasado, el algoritmo me propuso este documental llamado Mi maestro el pulpo (Pippa Ehrlich y James Reed, 2020). Y no se equivocó. Confieso que, desde que soy chico, veo y leo todo lo que puedo acerca de ellos. Encuentro fascinante no solo su apariencia de otro planeta (o de otra dimensión), sino también su comportamiento: su capacidad para improvisar soluciones en situaciones problemáticas, su infatigable curiosidad, su debilidad por coleccionar objetos que despiertan su atención. La cuestión es que acepté la sugerencia del algoritmo. Comencé entonces a ver Mi maestro el pulpo creyendo que se trataba de un documental con perfil de divulgación. Estaba equivocado: lo que hallé fue una historia emotiva contada con un lenguaje íntimo y poético.

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Craig Foster, naturalista y documentalista sudafricano, atraviesa una crisis existencial luego de varios años de trabajo intenso. Para recuperarse, decide volver a bucear en los bosques de algas kelp en la costa de Sudáfrica tal como lo hacía en su infancia. Con ese fin, aplica una serie de normas como una suerte de práctica ascética: no emplear traje de neopreno ni cargar tanques de oxígeno para que así el cuerpo se adapte poco a poco a ese otro mundo bajo el mar. En una de sus incursiones diarias, Foster se encuentra con un pulpo hembra que se esconde bajo una armazón de conchas vacías. Extrañado por ese comportamiento, Foster resuelve registrar las actividades de este animalito singular. De este modo, se desarrolla entre el pulpo y el humano una interacción que, por momentos, parece quebrar las fronteras entre especies.

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En primer lugar, Mi maestro el pulpo es una historia contada en primera persona. Es menos una investigación científica que un diario de búsqueda personal. En segundo lugar, la estética de la narración combina la mirada científica y filosófica con la poética de la ciencia ficción. El resultado es la historia de un explorador de mundos inauditos. El bosque de algas kelp se revela como un mundo remoto, habitado por criaturas enigmáticas con las que el visitante busca establecer algún puente de comunicación más allá del lenguaje. Estos aspectos, sumados al potente trabajo en los apartados de la imagen y el sonido, crean una atmósfera en la que uno se empapa visual y espiritualmente. Por ese motivo no me resulta extraño encontrar en Mi maestro el pulpo puntos de contacto con obras tan disímiles —pero a la vez dotadas de un soberano vuelo poético— como Arrival (2016) de Denis Villeneuve y La boya (2018) de Fernando Spiner.

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Definitivamente, Mi maestro el pulpo no es para aquellos que no hayan sentido nunca un amor más allá de las palabras por un gato, o un perro, o un loro, o cualquier otro compañero animal, no es para aquellos que no hayan encontrado aún en el mundo ese lugar íntimo que acalla la mente para que las cosas hablen en silencio, no es para aquellos que no entienden todavía que no somos dueños de la naturaleza sino apenas una parte y quizá la menos importante. No, Mi maestro el pulpo no es para ninguno de ellos.