The Boys, temporada dos: los chicos superpoderosos

Sí, volvieron “los pibes”. Ocho capítulos de disfrute absoluto en esta segunda entrega de la serie de Amazon Prime TV sobre superhéroes. Quizá creímos haber visto todo del género, pero el creador de la adaptación del cómic de Garth Ennis y showrunner de la serie, Eric Kripke, vuelve a plantear su historia con una frescura que nos devuelve el asombro. Alejado el guion de su origen gráfico, The Boys continúa desarrollando las líneas que planteó en la primera temporada, en un crecimiento exponencial con respecto a la profundidad de la historia y los personajes y su calidad.

El año pasado, finalizada la etapa que seguramente será la más importante del MCU, dos series nos daban la mano firme para entrar a un nuevo nivel de “historias de superhéroes”. La de HBO, Watchmen, y The Boys no solo venían a mostrar que había otros universos gráficos que quedaban por explorar sino que se podía hacerlo sin patetismo (perdón DC) y con originalidad. El desafío de la primera no fue nada fácil pero logró un diálogo con la obra de Moore que superó las expectativas de muchos. El caso de The Boys, por tratarse de un cómic no tan conocido, quizá no cargaba con ese peso, aunque superó con valor el reto de distinguirse de otros productos como The Umbrella Academy (indudablemente mejor en su segunda temporada), que saben tomar la debida distancia crítica del género para recuperarlo con cinismo, humor y soundtracks de consumo irónico. La clave que termina de definir a nuestra serie de superhéroes favorita del 2020, esta que nos ocupa, es que el centro no son, justamente, los superhéroes.

En un verosímil que parece en principio nada mimético, un grupo variopinto de marginados sociales, los famosos “pibes”, cuentan con una interesante cantidad de recursos para pelear contra el monopolio farmacéutico y mediático que es Vought International. La historia empezaba con un inocente Hughie (Jack Quaid) quitándose de encima los pedazos de su novia, brutalmente atropellada por un super, uno de los Siete, el veloz A-Train (Jessie T. Usher), que pasado de Compuesto-V no pudo esquivarla. El misterioso y violento Butcher (odiable-amable Karl Urban) se acercaba a Hughie para unirlo a su investigación con fines vengativos junto a sus amigos Frenchie (Tomer Capon) y MM (Laz Alonso). Juntos conformarían el grupo tóxico y querido por todes al que se termina uniendo Kimiko (Karen Fukuhara), la única chica y la única con poderes hasta ese momento en la banda. Aunque la cuestión inclusiva estaba cubierta con respecto a la raza, la balanza estaba desnivelada, así que Starlight (Erin Moriarty), luego de sufrir un abuso en los Siete, se suma –con más timidez en esa primera temporada– al grupo. Estas cuestiones de diversidad no solo estarán explicitadas en el reparto (excelente y parejo cast), sino que serán cuestión temática en la segunda entrega. Porque a los Siete –que a esta altura son solo cuatro, muerto Translúcido, segregada Starlight– se suma el personaje de esta temporada: Stormfront (Aya Cash), una carismática y joven super que esconde más de un secreto problemático y tiene serios asuntos de “inclusión”.

Entonces, luego de la muerte de Madelyn Stillwell (Elisabeth Shue), el estado de la cuestión es este: Homelander (cada vez más genial Antony Starr) se ha reencontrado con su hijo, Butcher con Becca (Shantel VanSanten) y Kimiko con su hermano, devenido en super terrorista. A-Train es apartado de los Siete y se une a la misma iglesia a la que pertenece el otro marginado, Profundo (Chace Crawford), quien pasa toda la temporada intentando lastimosamente volver luego de haber abusado de Starlight. Reina Maeve (Dominique McElligott) queda entre la espada y la pared cuando Homelander descubre su relación lésbica y Noctámbulo (Nathan Mitchell) cobra un poco más de protagonismo al revelarse algunas de sus motivaciones y debilidades. La trama gira en torno a la profundización del descubrimiento que hicieron los pibes en la temporada anterior: super no se nace, sino que se hace. Vought inyecta Compuesto-V tanto a aquellos que quiere entre sus filas como a quienes quiere del otro lado, el de los terroristas, para activar su participación en el Ejército de los EE. UU. Cada uno de los ocho capítulos será un paso que hace avanzar y retroceder a nuestros héroes preferidos, los que no tienen poderes. Porque acá la cuestión no mimética se torna metáfora cuando quienes detentan el poder lo hacen para oprimir, manipular, violentar derechos, mientras que los desposeídos, los no beneficiados en la ruleta de la experimentación farmacéutica, intentan derriba este sistema de desigualdad. La segunda temporada tiene muchas grandes escenas, pero una de mis preferidas es la que muestra a Homelander mientras habla frente a una multitud. El super está enojado, se siente frustrado, la gente no lo escucha. En sus manos, en sus ojos mejor dicho, está la posibilidad de eliminar a sus opositores con un pestañeo. Los intereses individuales, ideológicos, políticos y comerciales empiezan a tirar cada uno para su lado hasta empezar a implosionar la cosa desde adentro (y este es un guiño para quienes ya la vieron entera).

Entonces, super versus los pibes, o al revés, y tenemos en escena la historia más vieja: la de los “impotentes” contra los que detentan el poder, que nunca lo hacen de forma sabia o justa, todo lo contrario. Finalmente, cobra más protagonismo el personaje de Stan Edgar (siempre genial de ver Giancarlo Esposito), quien pareciera ser el gran cerebro detrás de cada decisión de Vought. Lo interesante, y lo que rompe la barrera de la falta de mimetismo, es que tanto super como no super son seres fallidos, inseguros, dubitativos, deseantes y violentos. Los “buenos” y los “malos” se van a distinguir más por el lugar que ocupan en las relaciones de poder. Un buen ejemplo es el de nuestro supuesto héroe, Butcher, más anti que nunca, dejándonos todo el tiempo al borde del rechazo. Homelander, por otro lado, con lo desagradable y siniestro que resulta, puede aparecer más humano que nunca en algunos momentos.

Esta segunda temporada va a fondo con lo que la misma serie construyó: humor, ironía, gore (atención capítulos cuatro y siete) y una exploración conmovedora (solo por momentos un poco melosa) de los personajes y sus miserias. No solo el impacto visual y el soundtrack convocan, hay una destreza narrativa que hace que la serie nunca aburra y lo mejor, sin dudas, son justamente los personajes. Tanto del lado de los super como el de los pibes tenemos caracteres memorables, originales, amables y odiables en igual medida. Atención porque el final de temporada cierra varias cosas pero ya está anunciada la tercera y queda mucho por contar.