Los hijos de Isadora: cuatro mujeres en tiempo de danza

“¿Cómo podía yo continuar viviendo después de haber perdido a mis hijos? Pero me despertaron las palabras de las niñas de mi escuela, que me rodeaban… ¿No somos también nosotras tus hijas…”, así relata Isadora Duncan en su autobiografía su desesperante sensación de vacío tras la muerte en un accidente de sus dos pequeños hijos. En el libro Mi vida cuenta su recorrido por el mundo de la danza, sus viajes, sus tumultuosos amores y su dolor por la pérdida. La Duncan produjo a principios del siglo XX una verdadera revolución en la forma de bailar, de pensar la puesta en escena, desde el vestuario, la escenografía y sobre todo desde un nuevo concepto del movimiento y su relación con el cuerpo.

En 1968 Karel Reisz dirigió a Vanessa Redgrave en el memorable film Isadora, quizás la actuación más importante en la extensa carrera de la actriz. Quienes hayan visto la película difícilmente puedan separar la imagen de Isadora Duncan de la Redgrave, y viceversa.

Los hijos de Isadora (Les enfants d’Isadora) en una película de Damien Manivel, un joven director francés que cosechó elogios con algunos de sus cortos como “La dame au chien” (Premio Jean Vigo) y “Un dimanche matin” (Premio Découverte SIC Cannes). Tiempo atrás se dedicó a la danza y esto se ve reflejado en la película.

La película se estructura con separadores que contienen fechas, que marcan una continuidad en el tiempo y una unidad temática. Tres partes claramente diferenciadas, con presencias diferentes, todas ellas mujeres, unidas por un hilo conductor: la coreografía de Duncan para la danza “La mère”, que diseñó recordando a sus hijos muertos, acompañado por el Estudio opus 2 N° 1 para piano, de Alexander Scriabin, una elegía en forma de partitura.

La imagen y la voz en off de una joven leyendo pasajes de Mi vida, repasando la nomenclatura del método Laban para describir movimientos o la soledad frente al espejo de la sala de baile, ensayando los movimientos descriptos en el libro. Sólo la voz en off con el texto de Duncan y la música o el silencio, en un momento de intensa intimidad.

La acción se traslada a otra sala de ensayo, con otras personajes (¿podremos decirlo así, en forma de lenguaje inclusivo?, vaya dilema!) Una instructora de baile, y la bailarina, Manon, una joven dawn que se presenta ante el público de la sala de conciertos con la coreografía de “La mère”.

El tercer episodio muestra a una de las espectadoras de ese espectáculo, una mujer madura, obesa, con grandes dificultades para caminar, pese a su bastón, volviendo a su casa. La foto de un hijo perdido aparece en un pequeño altar hogareño. La mujer, que apenas puede moverse, va replicando en su cuerpo los movimientos que Manon puso en escena representando el dolor de aquella otra madre, Isadora, frente a la pérdida de sus hijos.

Manivel muestra en Los hijos de Isadora los distintos planos del arte, a través de estos tres momentos, el de la idea, la ejecución y el de la mirada. Cuando le preguntaron acerca de su motivación para llevar adelante este film dijo: “me sumergí en el personaje de Isadora Duncan, en su biografía, en sus fotos y quedé muy conmovido e inspirado por su vida. Esa mujer me inspira, pero me inspira aún más su faceta artística: su relación con el arte, su exceso y el hecho de que ve el arte como algo muy poderoso”.

La cámara se mueve con extraordinaria sutileza, con movimientos lentos y acompasados a la danza o a la emotividad de las personajes (otra vez, pero me niego a decir “los personajes” o peor aún “los personajes mujeres”, como si fuera una subcategoría). Salvo en el episodio donde Manon y su instructora están ensayando, donde son mínimos, la película no tiene diálogos, sólo música, algún texto en off de la pluma de Isadora Duncan, y sobre todo, mucho silencio. Los hijos de Isadora es una bella película que permite el encuentro con la propia intimidad.

Los hijos de Isadora obtuvo el premio a mejor director en el Festival de Locarno, de 2019, y participó en la Selección oficial largometrajes del Festival de Mar del Plata, en el mismo año.

Para quienes gusten de la danza, de la buena música, o simplemente quieran un momento de reflexión en tiempos de pandemia, esta película es imperdible. Se puede ver por la plataforma puentesdecine.com.