Van Gogh en la puerta de la eternidad: Historia de una pasión

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Cuando se habla de Van Gogh casi nadie recuerda sus pinturas y dibujos del período holandés, imágenes oscuras, crónicas de mineros y campesinos pobres y distintos tonos de gris, siempre gris. Tampoco ocupan el primer plano de interés los cuadros que pintó en su breve estadía en París. No, el Van Gogh de la iconografía famosa es el del período de Arlés y Auvers-sur-Oise. Es el Van Gogh que incorporó a su paleta la luz tan particular de la Provenza, es aquel que va perdiendo su cordura. Van Gogh en la puerta de la eternidad (At Eternity’s Gate) es un relato sobre ese último período de la vida del artista, de su vida, pasión, locura y muerte.

El director Julian Schnabel es además un pintor bastante reconocido. Sus películas anteriores le depararon no pocas satisfacciones. Con La escafandra y la mariposa tuvo cuatro nominaciones para el Oscar y se llevó el Globo de Oro a mejor película y mejor director; Javier Bardem estuvo nominado al Oscar como mejor actor por Antes que anochezca. En esta oportunidad Schnabel vuelve a recurrir al mundo de la pintura, tal como lo hizo en Basquiat, basada en la vida del artista posmoderno y neo expresionista estadounidense Jean-Michel Basquiat.

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Van Gogh en la puerta de la eternidad evita todos los clichés y lugares comunes a los que se apela para abordar el “mundo Van Gogh”. Los personajes que acompañaron la vida del pintor aparecen en la película de manera tangencial, contingente; aun la figura del Paul Gauguin se muestra solo en forma testimonial, puesta en función del discurso estético que sostiene con Van Gogh, de la relación del arte con la naturaleza.

Willem Dafoe, quien ya trabajó bajo la dirección de Schnabel en Basquiat, encarna un Vicent Van Gogh profundamente humano, despojado de todos los prejuicios. Pone en escena la profunda espiritualidad y sensibilidad del pintor, su concepto religioso acerca de la naturaleza y la vida. Dafoe, de un asombro parecido físico a los retratos conocidos, se toma todos los tiempos necesarios para ir sacando de su interioridad el espíritu del personaje. Van Gogh es pura pasión por la pintura, es un buscador constante de una nueva manera de ver la luz. Quizás su pintura sea una bisagra entre la pintura mimética tradicional y las nuevas formas que surgirán con la entrada del siglo XX. Su médico le pregunta: “¿Cómo sabe que es un pintor nato?”, y el hombre contesta: “Porque no puedo hacer otra cosa. Y créame que lo he intentado… lo que veo, nadie más lo ve”.

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La cámara, por momentos en constante movimiento, va mostrando la inestabilidad en el espíritu de este hombre. En ciertas secuencias, sobre todo en aquellas en las que la mente del pintor comienza a debilitarse, la imagen se presenta distorsionada.

Sin tomar partido en forma concluyente, el film pone en primer plano la discusión acerca del final: suicidio u homicidio.

Un gran acierto del film es su tratamiento de la imagen y de la luz. Evitando el recurso fácil y común de presentar los paisajes iluminados a “giorno” y con abuso del rojo y el amarillo, Julian Schnabel recurre a una iluminación que hace foco en lo tenue de la luz, en los verdes y los azules, sin desechar tampoco los grises de los interiores cuando es necesario.

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La música de Tatiana Lisovskaya pone un digno “marco” a esta pintura.

La película estuvo nominada al Oscar y al Globo de Oro a mejor actor. Finalmente Willem Dafoe obtuvo el justo reconocimiento en el Festival de Venecia.

Van Gogh en la puerta de la eternidad es un film que pinta (nunca mejor empleada la palabra) una pasión llevada a su máxima expresión, aun a riesgo de la cordura y la vida.

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