Rapsodia Bohemia: Una reseña sobre analizada

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Hasta Rapsodia bohemia había dos caminos al encarar estas películas: o la biopic pura, en la cual las fechas y los hechos son respetados, y todo es una suerte de reconstrucción documental, o el cuento de hadas en el cual hay una reinterpretación mágica, y todo sucede en una ensoñación fantástica. The Doors (1991), de Oliver Stone, es un buen ejemplo de la primera categoría y Velvet Goldmine (1998), de Todd Haynes, es el mejor ejemplo de la segunda categoría.

Roger Taylor y Brian May, los miembros sobrevivientes y activos de Queen (John Deacon permanece en el ostracismo desde 1997), decidieron un tercer camino. Ese camino es el más lógico de acuerdo con la historia de la banda y obedece, de cierta manera, a su modus operandi histórico. Veamos.

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Rapsodia bohemia toma la historia, las fechas, los hechos y las personas, y los mete en una licuadora. Los hace picadillo. Genera una nueva narrativa. La historia en general y la historia de una banda en particular no siguen la curva aristotélica. No caen como convendría a una trama apasionante. La historia real de Queen tiene un conflicto tenue en sus dos primeros actos y se reserva el drama para el final. Desde casi siempre fueron exitosos, de hecho el especial de TV Live at the Rainbow data del año 74, solo un año después de su primer disco. Su principal oponente fue la crítica especializada que los despreció en todas las épocas.

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Notablemente, los guionistas (Anthony McCarten y Peter Morgan), junto a Brian May y Roger Taylor (productores ejecutivos y mandamases de la película), deciden dejar afuera el tercer acto real de la historia y se concentran en el período 1970-1985. Para ello, lo que ocurre en esos años debe ser reinventado. Deben remozar los hechos, deben retocar la historia, generar una nueva línea temporal, acorde a los momentos clásicos del guion: punto de giro, punto medio, antagonista, derrota inminente, clímax, etc. ¿Por qué? Por supuesto, para atraer al gran público.

Con ese sentido en mente, lo que usualmente es un maquillaje se convierte en cirugía general. Cuestiones conocidas por el fan promedio, son demolidas. Así y para citar algunos ejemplos, “Fat Bottomed Girls” aparece mucho antes de su composición, “Love of My Life” es tocada en Brasil 6 años antes de que la banda viniera a Sudamérica, “We Will Rock You” es compuesta a principios de los 80, y la canta Freddie con bigote, años antes de dejárselo crecer, “Another One Bites the Dust” forma parte de Hot Space, cuando en realidad pertenece a la época de The Game. Roger Taylor grabó no uno sino dos discos solistas antes que Freddie. Todo esto, que no es menor, está coronado por Live Aid. En el film, la banda aparece como separada antes del mega show. Sin embargo, en la realidad, venían de tener un disco exitosísimo ese mismo año, del cual salen “Radio Ga Ga” y “Hammer To Fall” (tocadas ambas en Live Aid, así como “Is this the world we created…?”), y días antes de Live Aid, habían terminado una mega gira, que tuvo, entre otros hitos, la presentación en Rock in Rio ante 250.000 personas. Queen no quería tocar en Live Aid por otros motivos que no vienen al caso y tienen más que ver con su miopía política.

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De esta manera, la nueva historia, tiene sentido en cuanto a la curva del personaje principal se refiere. Convengamos lo siguiente: el fan de Queen irá a ver la película de cualquier manera. Hay que atraer a los demás. La platea mundial está compuesta por mucha más gente. Un éxito es una medida más grande que otrora. Una película de Queen, por el mero ego gigantesco de los involucrados, puede ser grasa, puede ser grandilocuente, puede ser melodramática, pero debe ser, ante todo, popular y exitosa. Los cerebros detrás de la película han convivido toda su existencia con malas críticas. La película da cuenta de esto, poniendo en pantalla lo que dijeron los “especialistas musicales” de Rapsodia bohemia (la canción). Pero no fue solo allí. Todo lo que ha emprendido este grupo ha sido vilipendiado. Sus discos, giras y hasta el musical “We Will Rock You”. Sin embargo, todo ha sido un éxito descomunal.

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May y Taylor ponen a Mercury al centro. Como hicieron siempre. Antes, por imposición del vocalista. Luego, por el peso de su enorme legado. Esta vez, cuentan una historia de reinvención. Freddie Mercury nació en otra era, en la cual las estrellas de rock se reinventaban. No importaba su pasado. Importaba su futuro. Hay una bocanada de aire fresco en este guion ante ese tema. A Freddie le importaba tres pepinos cualquier otra cosa que no sea su propia reinvención. La película, sin pronunciarse en voz alta, habla de algo perdido. No es necesariamente obligatorio reencontrarse con las raíces. El arte nos redefine. Freddie, como tantos otros, se rebelaba en contra de una manera de vida que se había establecido como canónica en el mundo occidental de posguerra, sus raíces eran solo parte de eso, siendo otros temas mucho más urgentes.

En este contexto, el viaje de Mercury hacia la aceptación de su sexualidad es, notoriamente, la línea central de la película. Sorprende, porque ante el tráiler mucha gente despotricó porque, supuestamente, la homosexualidad de Freddie se mostraba solapada. Bueno, una vez más, es mejor callarse hasta ver la película. Rapsodia bohemia es, ante todo, una película sobre la aceptación de la sexualidad de Mercury y cómo impacta su viaje en el entorno. Suena rara la decisión: Mercury en vida, jamás hizo pública su elección sexual, más allá de lo que todo el mundo asumiera. En el film, son especialmente buenas las escenas con Mary Austin (Lucy Boynton), quien fuera la novia de Mercury antes que este se asumiera homosexual, pero dando signos todo el tiempo de ello.

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Sorprende también que entre todas las idas y venidas que tuvo la película, Sacha Baron Cohen, quien alguna vez fue mencionado para el papel de Freddie, dijo que se había bajado de la película porque May y Taylor querían hacer un film en el cual el protagonista se muriera a la mitad y la segunda parte de la película fuera sobre ellos sobrellevando la muerte de Freddie. Nuevamente, queda en evidencia la mala leche. No hay escena en la película sin Freddie. Y las dos veces que no está en pantalla (la composición de “We Will Rock You” y la reunión pre Live Aid) son escenas en las que ingresa luego.

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La película tuvo un enorme contratiempo cuando su director Bryan Singer abandonó el rodaje antes de terminarlo. Asumió en su lugar Dexter Fletcher, quien otrora había sido mencionado para dirigirla. Si uno tuviera que apostar, podría verse la mano del nuevo director en la película, y serían las secuencias de montaje que tienen mucho más que ver con la construcción de una biopic tipo cuento de hadas. Así, tenemos la secuencia de clubes nocturnos, cuasi de ensueños, la fiesta en la casa de Freddie o la secuencia de la conferencia de prensa. Del mismo modo, el inicio de la película, todo en planos detalle, escondiendo la figura y solo concentrándose en los íconos, como son los lentes, los gatos, la guitarra o el bombo con el logo.

Rami Malek logra la mimetización, y será recordado para siempre por este papel, como Ben Kingsley con Gandhi. No porque no vengan cosas mejores, que van a venir, sino por la perfección en los manierismos, tanto en el escenario como fuera de él. No es el único, Gwilym Lee es tan parecido a Brian May que da miedo, y logra incluso el tono de voz. Joseph Mazzello, allá lejos el pibe de Jurassic Park, interpreta a John Deacon y Ben Hardy es un correcto Roger Taylor. En los papeles secundarios, casi terciarios, se destacan Aidan Gillen (siempre Meñique) como John Reid, Tom Hollander como Jim Beach y Allen Leech como Paul Prenter, el amante malo maloso de Freddie, al que se muestra siempre leal con la banda.

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Lo que ocurre con Paul Prenter en la película suena como un ajuste de cuentas de May y Taylor, mientras que el papel destacado que dan a Jim Hutton (Aaron McCusker) es un reconocimiento a la última pareja de Mercury. La película salda varias cuentas con la historia de la banda. Hasta hay lugar para un personaje, el ejecutivo de EMI, Ray Foster, creado especialmente para el semiretirado Mike Myers, quien tiene la escena “meta” y autoconsciente de la película, con una cita para la historia: “los chicos no moverán la cabeza con este tema”, en alusión a la icónica escena de su película Wayne’s World.

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El final de la película, un tour de force por Live Aid, es un enorme desafío actoral y técnico. En la realidad, Queen asumió el desafío con lógica impecable. No tenían ni su escenario, ni sus luces, ni pirotecnia. Solo tenían sus hits. Más valía meter la mayor cantidad posible de ellos en los minutos que les eran asignados. No estaban ahí para otra cosa que movilizar a la gente. Y, siempre ególatras, como buenas estrellas de rock, trabajaron para ese fin.

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Puede sonar extraño que se haya puesto tanto empeño en recrear al detalle esa actuación, justamente en una película que se caracteriza por no seguir al detalle la historia, pero es que esos veinte minutos son unos de los pináculos de un género musical entero, y están más allá de la realidad: no se puede superar con fantasía lo que realmente ocurrió. Ese show es un buen parámetro para saber por qué la película fue como fue. Veinte minutos, a todo o nada, enganchados solo en base a la lógica de los hits, que son entregados, a máximo volumen, sin respiro, y comandados por la personalidad más envolvente de la historia del rock. La estructura de la película es la estructura de ese show.

Rapsodia bohemia no puede ser analizada como una película normal. No es una biopic ni un cuento de hadas. No sigue la historia aunque la recrea, y cuando quiere, al dedillo. Tiene buenas actuaciones, aunque a veces parecen enormes imitaciones. Tiene humor, aunque no es comedia, y sus hechos dramáticos parecen casi caricaturas. Como la música de Queen, es grandilocuente, operística, autoconsciente y pasatista. Y sin embargo, pone la piel de gallina. Si el parámetro entonces de una biopic es recrear lo que provoca la música de la banda, Rapsodia bohemia es un éxito descomunal.

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