Beyond the Black Rainbow: cómo crear un VHS que jamás existió

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El argumento de Beyond the Black Rainbow (Panos Cosmatos, 2010) remite a un instituto de investigación llamado Arboria en honor a su fundador, el Dr. Mercurio Arboria (Scott Hylands). El instituto está plagado de pasillos laberínticos en los que resuena sin descanso el zumbido de un secuenciador. Las paredes se decoran con espejos, con paneles traslúcidos y con botoneras de acceso que desprenden sonidos de circuitos analógicos. Del techo cae un rojo intenso que compite con la oscuridad azulada de los cuartos de interrogación y el amarillo salvaje de las celdas de vidrio. Resguardan el edificio unos centinelas humanoides denominados sensionauts, figuras vestidas con cascos como de motociclista y ceñidos uniformes de color rojo. Corre el año 1983. El actual director del instituto, Barry Nyle (Michael Rogers), mantiene en cautiverio a Elena (Eva Bourne bajo el seudónimo Eva Allan), una adolescente que manifiesta extraordinarios poderes psíquicos. Diariamente, Nyle somete a Elena a prolongadas sesiones en las que tortura a la muchacha con una obsesión que ronda el placer sádico. Poco a poco, esa rutina habrá de revelar no solo el secreto de las habilidades de Elena, sino la oscura relación que la une a Nyle y al Dr. Arboria. Así, en su capa más visible, Beyond the Black Rainbow se muestra tributaria del joven Cronenberg, especialmente el de Scanners (1981). Sin embargo, en su núcleo más íntimo —sobre todo en su inclinación mística y en su modo grotesco de plasmar la monstruosidad— la obra de Cosmatos rinde homenaje al Stuart Gordon de Re-Animator (1985) y, mucho más aún, al de Re-Sonator (From Beyond) (1986), un par de inmensos clásicos del VHS y del cine de trasnoche.

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Dos son los elementos esenciales que delinean la estética de Beyond the Black Rainbow: la fotografía y la música. En relación con el elemento visual, Cosmatos compone la imagen mediante el uso exagerado del color. En todas las escenas predomina la paleta de colores cálidos y apagados típica de finales de los 70, en principio asociada por la publicidad de la época a lo moderno y a lo tecnológico, pero que también es el resultado del envejecimiento del soporte fílmico (proceso del que han sabido sacar buen provecho los filtros de Instagram). Además, abundan los cuadros teñidos de rojo intenso, granulado, dividido por resplandores azules, o en los que un blanco cálido encandila hasta el punto de que las siluetas de los personajes se funden con el fondo indiferenciado. La oscuridad se degenera en un negro gastado que, de acuerdo con la situación, se deja mitigar con el rojo o con el azul. Con respecto al elemento sonoro, Cosmatos recurre al sonido synthwave, género musical elaborado con sintetizadores de sonido añejo que busca recrear bandas sonoras de películas de terror y de ciencia ficción de los años 70 y 80 y melodías de videojuegos de la primera generación. El soundtrack de la película es obra de Sinoia Caves (dúo integrado por Jeremy Schmidt y Joshua Wells), quienes, como en una ópera, no solo construyen el ambiente definitivo para cada cuadro, sino que también, gracias al sonido de los sintetizadores, los invisten con el color exagerado y algo tosco de la tecnología analógica.

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Entre las muchas virtudes que se pueden atribuir a Beyond the Black Rainbow, la película posee la de haber anticipado nuestra fiebre de nostalgia por las cintas de VHS, el sonido cósmico de los viejos sintetizadores, la tecnología de los albores de la computadora doméstica. No representa un hecho menor que Panos Cosmatos, el director de este filme, sea hijo del cineasta George P. Cosmatos, quien dirigió dos clásicos del cine de matinée ochentoso: Rambo II (1985) y Cobra (1986). Según ha comentado el cineasta, de niño solía acompañar a su padre a un videoclub llamado Video Addict. En aquella época, le fascinaban las ilustraciones de las cajas de las cintas de terror. Sin embargo, debido a su edad, su padre no le permitía alquilarlas. Como consecuencia de aquella inocente frustración nace este filme. En efecto, Cosmatos elaboró Beyond the Black Rainbow como si se tratara de uno de esos videos que no pudo ver de niño: aspira a crear un clásico de la época dorada del VHS que en realidad nunca existió. Un proyecto eminentemente borgeano, a medio camino entre los objetos del presente que modifican el pasado como en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius y el célebre ejercicio de reescritura del Quijote por parte de Pierre Menard. De acuerdo con este plan, Cosmatos monta una historia que bordea sin pudor la ciencia ficción, el new age y el gore mediante imágenes granulosas, saturadas de color y de melodías de sintetizadores. El resultado de este experimento es la perfecta reconstrucción de una cinta desenterrada como por accidente, después de haber pasado años sin pena ni gloria en los anaqueles de los viejos videoclubes de su tiempo.

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En resumen, Beyond the Black Rainbow intenta, de manera paradójica, perfeccionar la baja definición. Su entramado de sentido y de recursos técnicos tiende, de forma desorbitada, a hacer presente el soporte (es decir, lo fílmico en su materialidad tangible y perecedera) y a fingir una antigüedad que sabemos que no es cierta. Es un filme de casi dos horas que lleva un ritmo demorado, que concede un desarrollo exiguo a sus personajes, que prefiere detenerse sobre los detalles de las escenas antes que avanzar en el relato. Porque Beyond the Black Rainbow no solo quiere contar una historia, transmitir un mensaje: aspira a que el medio se convierta también en el mensaje mismo. Dicho con otras palabras: Beyond the Black Rainbow procura componer un anacronismo, un artefacto que no corresponde a esta época. Y esta ambición desmesurada basta para convertir a Beyond the Black Rainbow en el oxímoron cinematográfico más bello de los últimos tiempos. De hecho, para mí funciona como un telepod, que en un instante sabe transportarme a las calles de neón, las tardes de los cines continuados, los fines de semana de videoclub.

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