Truly, Madly, Deeply. (Verdadera, loca y profundamente)

Sobre un tal Marcelo Gil

Por Mariano Castaño

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Tardé bastante porque no quiero hacerlo. Pero no puedo hacer nada, al parecer, sino hago esto primero.

Hace 20 años que con Marcelo y Néstor (Fonte) tenemos proyectos conjuntos. A veces parecen estar suspendidos. Pero siempre hay una línea invisible por la cual, de alguna manera, siguen. El Triple 6, la 24 Cuadros, y el maldito / bendito IDAC. Las 3 cosas más significativas de mi carrera cinematográfica, no son de solista, sino grupales. Por supuesto, mi personalidad tiene que ver, pero también es algo que hizo Marcelo: siempre nos juntó a todos. De repente caía en casa con un amigo, y a las horas éramos todos amigos. O pegaba un rodaje, y te metía en un rol, porque había escuchado que te las arreglabas con los cables. Aglutinaba, pero no alrededor, sino que creaba líneas invisibles. Mucha gente se conoció a través de él, amistades, parejas, grupos de trabajo enteros. Uno de sus talentos era ser el denominador común, sin la necesidad de ser el factótum.

Piensen todos los que lo conocimos ¿a cuánta gente conociste por él?

La primera vez que hablamos fue en la Pizza Loca, en 1998. Las clases se habían suspendido, cuando no, y fuimos con él, que era ayudante ad honorem, a charlar de cine, de música, de todo. Semanas después, y por su recomendación, estaba en un rodaje de 16mm de segundo año, que era lo más parecido a tocar el cielo con las manos (o las bolas a Dios, frase que siempre lo hacia reír, como casi todas mis guasadas.) Sus clases eran maravillas. Aprendimos a hablar de y a discutir sobre cine.

Paradojicamente, las escuelas de cine pueden ser lugares tóxicos para la gente a la que le gusta el cine. Da clases gente que odia a Spielberg ¿quién quiere ser amigo de esa gente? El profesor Gil era y siguió siendo en todas las aulas que pisó, un enamorado. No podía dar una clase sobre nada sin involucrarse personalmente. Le costaba horrores bochar a alguien. A sus estudiantes les digo: los quiso a todos. Así como eran. Él los quiso. Nunca jamás pensó mal de ninguno. Cuando en una reunión docente, algún pavote se quejaba del ausentismo, el esperaba diez minutos y comentaba, como al pasar “el presentismo no es importante porque la gente va a clases cuando siente que, si falta, se pierde algo.”  Descanso mi caso, señor juez.

Pocos años después fundamos una productora: El Triple 6. Hicimos de todo. Pensábamos que éramos perfectos. Le dimos con alma y vida, miles de noches. Empujamos remises cargados de equipos, nos cagamos de frio en galpones suburbanos, dormimos en el medio del campo, en pisos imposibles. Pasamos años respirando cine independiente, el de verdad. El que se hace con los ahorros, porque se te da la gana, porque no podés hacer otra cosa, porque es lo único que sabes hacer. Hicimos cortos, largos, y cortos medio largos. En el medio, ya todos docentes, dimos una clase juntos, con Néstor incluido: una Realización I memorable, sobre todo para nosotros. Todas las clases eran una fiesta.

Teníamos un propósito irrenunciable: hacer más y mejores películas y sino, repetíamos como un mantra “La peor película es la que no se hace”. Y seguimos, y seguimos, y seguimos, hasta que un día no seguimos más. Nadie lo decidió. El triple 6 paró. Como las bandas grandes, que no se separan, solo dejan de tocar. A lo mejor el pasto ya no era tan verde, ni el gusto tan dulce. Y el puto éxito no llegaba nunca. Y se morían amigos como Morelli, pero todos esos años y rodajes, y clases, nos hicieron hermanos. Y la revista, esta misma revista, estaba funcionando. Y él estuvo desde siempre, y escribió de lo que quiso. De Verhoeven y de Joe Dante. De Edgar Wright y de zombies. Armó los torneos, y jugó con sus curvas de directores. Le dio a esta comunidad un espíritu lúdico, replicando esas charlas de pizzería, donde en los manteles de papel armábamos las curva crítica de directores, y como todas se comparaban con el llamado “derrumbe de Subiela”, una curva que replicaba al crack de la bolsa de la gran depresión. Mucho Vasco Viejo, ya sé, pero llorábamos de risa.

Vino el mazazo, cuando un rector que asumió por decreto y de facto prescindió de sus servicios, después de estar más de una década ad honorem y con solo 2 años de haber concursado su puesto. A este hombre, que fue echado por una toma de alumnos que no tuvo el gusto de tenerlo a Marcelo en el aula, y a sus amigos, yo nunca jamás en la reputa vida voy a perdonarlos. Todos nos quedamos un poco solos, por un par de años. Recién cuando pudo volver, ya con el granuja afuera, pude sentir que el IDAC volvía a ser, de nuevo, mi casa.

Un día se enamoró y se casó con Euge y fui su testigo. Luego nació su primogénita, Sele, y me nombró de facto “padrino”, y luego nació su segunda chancle, la punky Iri, de la que leímos crónicas increíbles y a la que adoro a la par de mi ahijada. Son su momento más luminoso, su tesoro más preciado, y su legado gigante, aunque no el único, ya que cientos de cineastas lo cuentan como su profesor más valioso. A veces eso no se ve. Pero es un premio de la puta madre. Que te recuerden. Y que sea con una sonrisa.

Era imposible saber cuál era su película favorita, pero había una que siempre, pero siempre, nombraba. En esa película, un fantasma, Alan Rickman, volvía al plano terrenal para que su amada, Juliet Stevenson, no sufriera su pérdida. Pero su plan, queda claro, es irritarla para destruir la idealización que ella tiene de su memoria. La dirige Anthony Minghella, y se llama Truly, Madly, Deeply – (Verdadera, loca y profundamente). Y a Marcelo le gustaba, porque, de alguna manera, la película proponía un mecanismo que él hacía carne: “pensémoslo al revés” siempre decía. Y claro, un fantasma que de tanto cariño se vuelve rompepelotas, era un “pensémoslo al revés” grande como el Maracaná.

Hoy te digo, M mayor, querido Gil, que te quiero verdadera, loca y profundamente. Y que si lo pienso al revés, somos nosotros los que estamos dados vuelta y al derecho estás vos. En otro plano, donde el tiempo y el espacio no significan nada. Y que los años, espero, en que nosotros te extrañemos, serán para vos solo un parpadeo. Y te voy a cantar las 40 sobre esa toma que no funciona y vos me preguntarás si pienso seguir haciendo retomas para batir el record de Cameron. Y te daré el abrazo que siempre te dí, porque nosotros jamás nos privamos de nada.

Tu Brother Brown

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