Brawl in Cell Block 99: sobre el viaje del Dante y el cine exploitation

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Bone Tomahawk (2015), el primer largometraje de S. Craig Zahler, consistió en un ejercicio de hibridación entre el western y el gore con muy meritorios resultados. El secuestro de un familiar era la excusa allí para que un grupo de cowboys se internara en el territorio de una tribu con hábitos antropófagos. Brawl in Cell Block 99 (2017) apela de nuevo a aquel mecanismo de combinación y lo afirma de este modo como un poderoso rasgo de estilo. En efecto, el filme compone una declaración de amor por el cine exploitation de los años 70 y, para ser más específicos, los filmes sobre cárceles y sobre justicieros desaforados: Zahler transforma en virtudes la escasez de recursos y la aparente desprolijidad paradigmáticas del género. Así, Brawl in Cell Block 99 se luce como una cinta indie que cultiva una violencia a puro gore pero que no por ello desprecia el refinamiento. Brawl in Cell Block 99 recuerda vagamente al Tarantino de Jackie Brown (1997) –y mejor aún al de Death Proof (2007)– aunque sus genes se emparentan mucho más con el cine del joven Gaspar Noé y de Nicolas Winding Refn.

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Bradley Thomas (Vince Vaughn) es un tipo inmenso, fornido, de apariencia temible. Tiene la fuerza suficiente como para despedazar un automóvil a mano limpia, al mejor estilo Street Fighter II. Eso, sin embargo, no le ayuda a mejorar su situación económica. Bradley (un consejo: ni se te ocurra llamarle “Brad”) adora a su esposa y ansía proporcionarles un futuro prometedor a sus hijos. Estas son dos razones más que suficientes para que Bradley se decida a involucrarse en el tráfico de drogas. Pero como todos bien sabemos gracias al noir y a los policiales, la incursión en el mundo del crimen nunca llega a buen puerto. Tarde o temprano Bradley terminará en prisión. Y, tarde o temprano, le tocará desatar su ferocidad y empujarla más allá de sus límites, todo por redimir aquello que ama. Queda claro que esta trama no ofrece mayor diferencia de otras historias clásicas de justicieros. Por lo tanto, a fin de ofrecer un personaje que no se derrumbe en lo trillado, Brawl in Cell Block 99 cuenta con un recurso sumamente provechoso: la entrega absoluta del actor Vince Vaughn. Célebre más por su veta cómica que por su trabajo dramático, Vaughn construye con bestial maestría un personaje que oculta tras su pura brutalidad un rescoldo de nobleza. A tal punto que, a pesar de su ferocidad casi sobrehumana, uno como espectador siente simpatía por él. Bradley no es una mera fuerza ciega que ejecuta sus actos de manera mecánica y efectiva como sí lo son la mayoría de los justicieros de historias similares. Al contrario: Bradley es un personaje dividido, forzado a obrar en contra de su íntimo deseo. Por eso es que uno, de manera paradójica, acaba por alentarlo para que mantenga su marcha devastadora, para que no desista en su camino de destrucción: uno no se separa de él en su peregrinación insalvable hasta los más bajos fondos de la ultraviolencia.

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Brawl in Cell Block 99 convierte la violencia explícita en arte. O expresado con otras palabras: Brawl in Cell Block 99 hace gore pero con suprema delicadeza. Trae los cráneos astillados, los huesos partidos, los cuerpos sufrientes desperdigados sin ton ni son en incontables películas de terror y los emplea para condimentar las escenas de violencia: he aquí el ars combinatoria de Zahler en pleno despliegue de sus fuerzas. Este ejercicio de estilo no solo revitaliza una cinta de género que, de otro modo, no llegaría más allá del homenaje o de la mera resurrección kitch: también contribuye a expandir las conexiones de la historia hacia territorios insospechados. En este sentido, Brawl in Cell Block 99 se puede leer como la historia de un justiciero caído en desgracia y se puede incluso interpretar como un periplo a la manera del Dante: hay mucho del Pabellón 99 que ayuda a evocar el noveno círculo del infierno.

 

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