O Mecanismo

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No puede haber spoilers realmente, porque está basada en un caso real.

Hay mucho y variado para decir sobre O Mecanismo. Ténganme paciencia. Eventualmente, llegaré al punto.

O Mecanismo es tan fácil de ver que enseguida el espectador se embolsa 4 o 5 capítulos. José Padilha, el director y creador de la serie, es un experto en estos relatos. Empezó con el excelente documental Omnibus 174, luego por Tropa de Elite, tuvo un pasaje por Hollywood con la remake de Robocop y finalmente un éxito con Narcos, la serie para Netflix. Experiencia no le falta. Es un digno exponente de los scorsesianos, confía en la voz en off y sabe muy bien cómo hacerla. Lo ha logrado en Tropa de Elite, en Narcos y ahora en O Mecanismo. Sus historias son intrincadas y se valen del recurso, no meramente como un revelador de información directo, sino como proveedor de profundidad y estado psicológico de los personajes. Un monólogo interior que, bien usado, termina de pintar las escenas. Nombraré más adelante mis desacuerdos ideológicos con Padilha. Estilísticamente, es difícil reprocharle algo.

En esta oportunidad, y replicando la voz en off de Casino, tenemos un punto de vista que varía en la línea de tiempo, y por ende el narrador también lo hace. O Mecanismo es, en esencia, Narcos sin Pablo Escobar. El delito económico, menos violento y espectacular que el narcotráfico, es más arduo de contar. Y allí Padilha demuestra su mano firme, ya que logra explicar un caso, que es esencialmente no violento y se demuestra a partir de papeles. Algo tiene que ver The Wire en este entuerto, me atrevo a decir.

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Lava Jato

O Mecanismo cuenta la historia de la investigación del caso de corrupción que cambió la faz política de Brasil. Digo “cuenta la investigación” porque los protagonistas son, en particular, los policías y fiscales que la llevaron adelante, en especial los agentes Marco Ruffo y Verena Cardoni, interpretados por Selton Mello y Caroline Abras, respectivamente. Me declaro culpable de saber muy poco sobre el panorama actual de la actuación brasilera. Puedo decirles igual, sin temor a exagerar, que si O Mecanismo sirve de parámetro, es bastante bueno, aunque también desparejo en lo generacional. Los menores de 40 años son bastante mejores que los sexagenarios.

Ruffo y Cardoni son, respectivamente, maestro y discípula en una división de delitos financieros de la Policía Federal, que en Brasil es una fuerza de seguridad más parecida a lo que conocemos como el FBI norteamericano. Ruffo está obsesionado con un ex compañero de secundaria, Roberto Ibrahim, un cambista (un financista en la jerga porteña) de su ciudad natal Londrina, que maneja cantidades obscenas de dinero. Los nombres están cambiados, pero los personajes están basados en los protagonistas del caso real.

La serie empieza con Ruffo investigando a Ibrahim en 2003 y explica su obsesión con el financista por su pasado común de compañeros de estudios. Este absurdo y el siguiente, que se produce 10 años después, Ibrahim comprando con un cheque una camioneta –de soborno– para Joao Pedro Rangel, el directivo de Petrobrasil, son los datos más descabellados de la serie. Tan absurdos que deben ser reales, ya que ningún guionista los dejaría pasar.

Mecanismo

Ruffo atrapa originalmente a Ibrahim en el año 2003, pero este pasa poco tiempo en la cárcel, ya que llega a un acuerdo con los fiscales, que es homologado por el juez Paulo Rigo. Paulo Rigo es un personaje secundario en la historia, pero el juez real del caso es el protagonista del libro original en el que está basado la historia: Lava Jato: el Juez Sergio Moro y los bastidores de la operación que sacudió a Brasil, de Vladimir Netto, periodista investigativo.

Una década después, Ibrahim está en su salsa, manejando una financiera turbia en Brasilia, en una oficina ubicada en una estación de servicio, que también trabaja como lavadero de autos (lava-jato).

Padilha, a pesar de no hacer del juez Rigo/Moro un protagonista central de la historia, demuestra su predilección por el personaje, llegando a alabanzas poco elegantes. Moro es fuerte, correcto, incorruptible, deportista, lee cómics, se arregla su propio baño, hace café para sus subalternos. Es un brasileño noruego. Y aquí es donde tenemos la falla de la serie. Porque Rigo/Moro no es el único personaje tratado con brocha gorda. Tenemos también al ex presidente Higino, que es Lula da Silva, a la presidenta Janete Ruscov, que obviamente es Dilma Rousseff, al vicepresidente Samuel Themes, que es Michel Temer y sigue la lista. Estos personajes, los más públicos y notorios, son caricaturizados por la trama; es como si Padilha intentara un doble truco para dos audiencias. Le habla al espectador brasileño, a quien divierte con la parodia, y al espectador extranjero, a quien el trazo grueso le permitiría reconocer rápidamente al personaje real representado en la pantalla. “Son decisiones”, dijo el filósofo moderno Miguel Ángel Russo. No las comparto, pero no fueron tímidos al tomarlas.

Didactismo

Roberto Ibrahim, el financista, quien lleva los bolsos con los retornos, está interpretado por Enrique Díaz, y es para mí el mejor personaje y el mejor actor de la serie. Un villano con cara de los villanos de antaño, pero con un comportamiento sinuoso y errores verdaderamente humanos. Ibrahim es el personaje mejor escrito, pero en términos de villano de la serie, se queda corto. Y es por eso que Padilha elige mantener al verdadero villano en las sombras, recién asumiendo su liderazgo en vistas a la segunda temporada, que no se sabe si vendrá o no. No quiero spoilearles demasiado, pero de nuevo: ES UN CASO REAL. El villano tiene que ver con una megaconstructora.

Para explicar el mecanismo, que ya estaba bastante claro, se cae en didactismos baratos, pero por suerte, breves. El conflicto matrimonial de Ruffo, el tumor de Verena, el caño de la casa de Ruffo, todas representaciones bastante torpes del mal de la corrupción que solo arrastran los pies. La serie pierde efectividad en estos momentos. Nos toma por bobos a los que hay que darles ejemplos tangibles. Pierde su norte, que era The Wire, y lo cambia por un horizonte menos complejo y refinado, el de la alegoría, para peor, vestida de costumbrismo.

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Ancho / Angosto

Si de rasgos notables de la serie hablamos, tenemos que mencionar el conceptualizado uso del espacio que se hace en el relato. Olvídense del Brasil de las playas, la alegría y el carnaval. No se ve el mar en O Mecanismo. No se escucha “Garota de Ipanema”. Este no es el Brasil de las postales. Este es el Brasil “Séptima Economía” del mundo. Tenemos a la moderna Brasilia, la mítica capital concebida por el arquitecto Oscar Niemeyer, la enormidad de San Pablo, el motor económico, la central de operaciones de la Policía, en la austera Curitiba y poco de Río de Janeiro, más que nada el barrio cerrado donde vive Joao Pedro Rangel, el directivo de Petrobrasil.

La serie transcurre en despachos y oficinas. Los despachos de los políticos y empresarios son enormes, anchos, monumentales. Los políticos se ven empequeñecidos por la magnitud. El cargo, la oficina, les queda grande. El juez Rigo trabaja en una oficina pequeña. Dos veces lo encontramos en el baño, aún más chico. Ruffo investiga desde el “cuartito” de su casa. Apretado, pero no ahorcado. Los fiscales comparten una oficina apenas correcta. A la agente Cardoni se le llena el espacio tan rápido que la invaden las cajas, los cuadros y hasta el whisky confiscado.

Los poderosos y los corruptos viven y trabajan en lugares, que más allá del lujo, se destacan por la dimensión. No hay excentricidades en la vida del ex presidente Higino, pero hay espacio de sobra. A los honestos se los ve, en cambio, bastante apretados. El uso de la pantalla ancha, y el diseño de Niemeyer potencian esta sensación. Se ahoga a los justos. Se da aire a los pecadores.

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Padilha acierta un pleno con O Mecanismo. El formato de 8 capítulos es correcto. La serie termina su primera temporada en el momento justo. No aburre y quedan ganas de seguir viendo.

No son solo las cualidades intrínsecas de la serie la base de su suceso, sino también el momento en que se estrena. Lula da Silva se encuentra en plena campaña electoral para intentar retornar a la presidencia de Brasil. Y es el favorito, a pesar de que, al momento que estoy escribiendo esto, la Corte Suprema de Brasil debe decidir si va a prisión o no por haber recibido, supuestamente, un departamento, en el que nunca estuvo, ni vivió, ni está a su nombre, de soborno.

Siempre halcón, nunca paloma

Padilha hace cine y series políticas, a su manera. Viste sus relatos de otra cosa, pero en su centro moral, tiene una visión crítica del devenir latinoamericano, de cómo se ha racionalizado la corrupción y cómo las fuerzas de seguridad deben reaccionar para terminar con esta realidad. Padilha cree que estas fuerzas deben accionar al margen de la ley para mantener la supuesta institucionalidad. Lo hacen en Tropa de Elite, en la cual los policías especiales suben a sangre y fuego a los morros. Lo hacen en Narcos, al pactar los agentes de la DEA con grupos terroristas de ultraderecha, para combatir el Cartel de Medellín y parte del Ejército colombiano que actúa al margen de la ley, y lo hacen en O Mecanismo, de maneras que no serán spoileadas, pero que son menos espectaculares que los ejemplos anteriores, porque el relato en sí lo es.

Para Padilha, no es condenable que, de alguna manera, se suspenda el estado de derecho para reencausar la institucionalidad. Sugiere, en esta mirada, que esto “no está bien”, pero es necesario. No puede desconocer que en el contexto latinoamericano, eso significó miles de desaparecidos mediante la toma del poder por parte de los uniformados. Y que al día de hoy, las policías del continente, cuando se las libera del control ciudadano, siguen matando gente, ya sea en casos de gatillo fácil, en detenciones truchas o en fusilamientos sumarios. No se le puede exonerar de esta toma de posición, ya que los protagonistas de sus relatos han sido siempre los policías y los agentes de la ley. Nos hace empatizar con ellos. Nos muestra sus vidas y su contrición al deber. Son los que ansían cambiar el status quo. Y están dispuestos a doblar las reglas para conseguirlo. En The Wire, David Simon también nos muestra personajes que dan el paso más allá, para cambiar una realidad injusta. Y siempre estos personajes son castigados por las instituciones. Frank Sobotka, el sindicalista, Bunny Cole, el mayor de la Policía y el mismo Jimmy McNulty dan un paso más allá y son castigados. No es solo interno, no es depresión o culpa. Hay anticuerpos institucionales, incluso en medio de la podredumbre, que los anulan.

Para Padilha, usualmente, los forajidos con placa, son héroes. Siempre halcones, nunca palomas. Su único freno es el moral. Son jueces y jurados. Al final del día, para muchos, Padilha es de derecha. Para mí no. Está fuera del sistema. Las fuerzas de seguridad que desconocen la institucionalidad son siempre, en mayor o menor medida, golpes de y al Estado. En este caso, mucho más pequeño, los policías doblan un poco las reglas, ya les dije, no hay pirotecnia como en Narcos. Pero el modus operandi sigue ahí. Es refrescante, de alguna manera, que el Juez tenga cierta preponderancia. Es el Comisario Gordon de este relato, mientras que Ruffo se comporta en las sombras, como una suerte de Batman.

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Partido Netflixiano por la Liberación Internacional

Netflix está apostando a ser una voz política. En Argentina se está produciendo la miniserie documental sobre el asesinato del fiscal Alberto Nisman, dirigida por el inglés Justin Webster. Produjo documentales sobre la primavera árabe (The Square), sobre la invasión rusa a Ucrania (Ukraine´s Fight for Freedom). En EE. UU. tiene, entre muchísimos otros, los documentales Get Me Roger Stone, sobre el estratega de campaña de Trump y Seeing Allred, sobre una abogada militante feminista, ambos estrenados en momentos clave. Cuando hizo la remake de House of Cards, tuvo una suerte de matrimonio Clinton al poder (que Frank sea sureño y Claire fría como un témpano no es al azar) y en ella se permitió incluso satirizar a Putin. Tuvo controversia racial, cuando se estrenó en 2014 la serie Dear White People. Tiene, antes que nada, un olfato afilado, ya que estos productos se desarrollan, al menos, un año antes de su estreno.

La controversia que surgió en Brasil con el estreno de O Mecanismo pone a Netflix en el centro de la escena. La serie asume que la presidenta Janete Ruscov (Dilma Rousseff) está implicada en el caso, a pesar de que su destitución –aún no reflejada en la serie– no fue por esa causa, y se estrena un par de días antes que la Corte Suprema se expida sobre la condena de Lula Da Silva.

Es fácil pegar en Latinoamérica. No tenemos las restricciones morales nórdicas. Somos, efectivamente, una tierra de injusticias y de corrupción rampante; no nacimos de un repollo, las cosas que pasaron y pasan tienen causas y no siempre son la propia idiosincrasia, pero Netflix no tiene obligación de demostrarlo.

Los próximos movimientos del gigante serán vistos con atención. Tiene 118 millones de suscriptores en el mundo y sus contenidos originales se ven casi al unísono globalmente. Su poder de fuego es considerable. Tal vez por eso, por ejemplo, no lo han dejado entrar todavía en China, de manera directa. Con un mercado de más de mil millones de potenciales suscriptores, restará saber si veremos documentales y series críticas sobre el régimen de Xiao Jinping.

Y es que el problema de que se note cuando una compañía, en especial una que produce contenidos, empieza a accionar en política activamente, es que necesariamente, por acción u omisión, nos vemos obligados a analizar sus acciones también políticamente. Sus estrenos no son inocentes. Su elección de contenidos tampoco. Tal vez nunca lo hayan sido, pero con la alevosía de por medio, no comentarlo es de avestruz.

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