Reseña: “A Dark Song”

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A Dark Song: variaciones en torno a lo siniestro

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A Dark Song (Liam Gavin, 2016) es una pieza de cámara depurada y minuciosa. Tiene el aire de un ejercicio dramático en torno a las instrucciones de un grimorio, quizá el Libro de Abramelin del que los protagonistas hacen una referencia sesgada. El resultado es una obra ajustada a dos personajes, un espacio claustrofóbico y una serie de procedimientos estrictos con miras a abrir las puertas de la percepción al territorio de lo sobrenatural. El mundo se cierra así a la perspectiva de los únicos habitantes de ese teatro de operaciones: Sophia Howard (Catherine Walker) y Joseph Solomon (Steve Oram). Todo lo que vemos, todo lo que oímos, todo lo que sentimos es aquello que ellos atestiguan o confiesan. Si entre Sophia y Joseph existiera cierta afinidad, tal vez uno conseguiría un testimonio más o menos fiable de sus percepciones. Sin embargo, Sophia es una persona insegura, muy inestable. No confía en las palabras de Joseph. Ella está más cerca de verlo como un impostor que como un erudito de las ciencias ocultas. Joseph, por su parte, es una persona arrogante e irascible. Admite sin tapujos su alcoholismo y su repugnancia hacia los advenedizos como Sophia. No obstante estas diferencias que se declaran de antemano, ambos llegan a un acuerdo: a cambio de ochenta mil libras, Joseph guiará a Sophia a contactarse con su ángel guardián con el fin de solicitarle un favor muy peculiar. La ceremonia de invocación implicará varios meses de encierro, rituales sumamente rigurosos, abstinencia de sexo y de alimento. Más aún, la liturgia no podrá interrumpirse sino a costa de perder sus almas (Sophia descree de que algo así sea posible y Joseph estalla encolerizado ante lo que él considera la opinión de una no iniciada). Se pone así en marcha un juego macabro donde lo natural se confunde con lo sobrenatural y lo que se oculta es mucho más temible que lo que se manifiesta.

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Sophia y Joseph acordaron seguir las pautas de un ritual que demanda un guía certero y un discípulo obediente. Sin embargo, Joseph está lejos de asumir el papel del maestro: parece más enamorado de las instrucciones que del conocimiento derivado de tales preceptos. Sophia, por su parte, tampoco se ajusta al papel de alumna: no sólo duda de su maestro, sino que además le oculta sus verdaderas intenciones. Este desajuste en los roles genera continuos quebrantamientos de las normas del ritual que obligan a Joseph a ejercer sucesivos reajustes. De este modo, la dialéctica maestro-alumno degenera a lo largo del film en variaciones más o menos perversas: amo-esclavo, marido-mujer, hermano-hermana, asesino-víctima, criminal-vengador. Pero la película no pretende limitarse a un estudio de los antagonismos de sus protagonistas. En efecto, así como las pautas de la ceremonia se reacomodan de acuerdo con las variaciones de la relación entre los protagonistas, así también se enrarece el microcosmos que Sophia y Joseph delimitaron al inicio del ritual. En efecto, si no hay roles precisos ni reglas constantes, ¿cómo interpretar con certeza lo que ellos perciben? Allí es donde los recursos del cine de terror se introducen para denotar esa creciente incertidumbre en la que los personajes conviven: la falta de sueño se mezcla con voces de ultratumba, las sospechas se deslizan como sombras negras que se cruzan en las habitaciones vacías, el resentimiento vuelve visible los demonios que habitan en la oscuridad.

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Freud señala que lo siniestro se manifiesta cuando lo familiar exhibe una faceta oscura, cuando algo oculto de golpe se revela a la luz. La consecuencia de esa manifestación es un malestar en el que conviven la atracción hacia lo conocido y la repulsión frente a lo extraño: un rostro amado se deforma en una máscara anónima, un recuerdo predilecto degenera en pesadilla, un espacio favorito se convierte en una sala de torturas. A Dark Song apela al terror no meramente para asustarnos, sino más bien para enfrentarnos a lo siniestro. Vivimos en un mundo tan informático, tan urgente, tan manufacturado que ya casi no queda resquicio para lo sobrenatural. De este modo, gran parte del cine de terror se ha transformado en un mecanismo de costumbre que, en vez de provocar sustos, genera franquicias redituables. Lo siniestro, sin embargo, no se ha extinguido en nuestra época: basta con que se siembre la incertidumbre sobre lo cotidiano para que aflore esa inquietud que hiela la sangre. El terror no brota ya desde un más allá remoto, sino desde un más acá inmediato y rutinario. De hecho, es lo que proponen cintas como It Follows (David Robert Mitchell, 2014), The Babadook (Jennifer Kent, 2014), o The Monster (Bryan Bertino, 2016). A Dark Song se une a esta marea revolucionaria proponiendo un juego de variaciones en torno a lo real, lo imaginario y lo sobrenatural desde la perspectiva de dos voces disonantes: se compone de esta forma una melodía común y corriente que, cuando uno menos se lo espera, suena como una tonada siniestra.

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