Mejor llamarlo a él.

(Sobre Better Call Saul y su maravillosa tercera temporada)
Ligeros Spoilers

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Si uno se propone escribir sobre Better Call Saul (BCS de aquí en más) puede que lo primero que haya que mencionar sea lo injusto que resulta pensar la serie como una suerte de precuela o hermana de Breaking Bad. No lo es o, mejor dicho, me gustaría que no lo fuera.

De alguna manera, quizá de modo un poco delirante, podría ser utilizada aquí la idea de multiverso –tan utilizada en términos comiqueros– para declarar, casi cual manifiesto, que BCS sucede en otra tierra, similar a la de Breaking Bad en muchos sentidos, pero extremadamente diferentes en otros aspectos.

Siguiendo en esta línea, la recientemente finalizada tercera temporada del programa demuestra entonces que lo mejor que hace Vince Gilligan es escribir personajes y que BCS funciona mucho mejor en lo imprevisible que en las conexiones –a veces forzadas, casi tribuneras– que se establecen con su predecesora.

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De este modo, los puntos más altos del show siguen siendo Kim (Rhea Seehorn) y Chuck (Michael McKean), personajes cuya curva dramática crece a niveles exponenciales, por momentos hasta místicos. Gilligan, que no es ningún pavote, consciente de este potencial, decide darle a cada figura su propio espacio y desarrollo, partiendo la serie en dos. El comienzo se lo cede entonces al villano con hipersensibilidad electromagnética, mientras que la segunda parte es enteramente del interés amoroso del protagonista.

En el medio, Jimmy, más allá de algunos guiños, sigue siendo McGill. La llegada del Sr. Goodman –con boleto de ida al lado oscuro– se retrasa, aunque ya se vislumbra. Esto es un acierto y un problema. Es correcto desde el desarrollo del personaje, sus conflictos y su propia evolución dramática, pero es problemático por el avance de las líneas argumentales paralelas que cada vez lo arrinconan más y lo obligan a tomar una decisión.

La trama de la última tanda de episodios nos ubica directamente donde nos había dejado el final de la segunda temporada. Chuck tiene grabada en su poder la confesión de Jimmy respecto de cómo este último adulteró la documentación de Mesa Verde, e intentará utilizarla en su contra.

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En paralelo, observamos como la historia de Mike (Jonathan Banks) avanza y marca uno de los regresos más esperados en la serie, el chileno Gustavo Fring (Giancarlo Esposito) y sus Pollos Hermanos. Gilligan se ocupa aquí de narrar el origen del personaje, su ascenso y la rivalidad con la familia Salamanca. A su vez, posiciona definitivamente la figura de Mike, quien queda ya alineado para el rol que jugará luego en Breaking Bad.

Lo anterior, si bien es interesante y narrado con mucha maestría y recursos visuales, poco tiene que ver con la historia de Jimmy y sus personajes satélites más provechosos. Ese mundo de narcotráfico y crimen organizado presenta poca conexión con los conflictos del protagonista, que continúa intentando –a veces con decisiones cuestionables– hacer las cosas bien.

Sin ir más lejos, el propio final de temporada devela estas intenciones. Un Jimmy acorralado, luego de realizar actos moralmente repudiables –aunque no criminales– busca la redención. El camino de descenso es lento. Lento pero verosímil. Por cada dos escalones que baja, sube uno.

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Quiero hacer hincapié en un episodio, el quinto, Chicanery”. Prácticamente, toda la acción principal sucede en un cuarto. En ese cuarto, casi como en una relectura moderna de 12 hombres en pugna, se ponen en juego diferentes ideas sobre la justicia y el discurso jurídico. La contraposición, expresada en los personajes que aparecen allí como antagonistas, es fantástica. El crecimiento dramático y la tensión suben hasta que todo se vuelve insostenible y el remate se torna tan contundente que el capítulo no puede más que terminar. El plano final puede que sea el más importante de la serie, ya que este actúa como una epifanía de lo que vendrá, no solo en la temporada siguiente, sino en la obra en general.

Uno de los pocos pero grandes problemas que tenía Breaking Bad era la empatía con el personaje principal. Si bien en un estadio inicial resultaba lógico establecer una conexión con Walter White y sus decisiones, el crecimiento de los conflictos y su escalada generalizada terminaban por generar cierta distancia. Walter, hacia el final de la serie, tenía como única motivación el poder. El poder por el poder mismo, casi como Francis Underwood en House of Cards.

Esto era problemático porque alejaba el relato de las personas, de sus miserias y conflictos. La trama desembocaba en una persecución policial en un contexto de crimen organizado, que poco tenía que ver con la premisa inicial de alguien que se hace malo, a partir de un hecho tan mundano como la detección de una enfermedad terminal.

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Lo interesante entonces en BCS es como durante todo este tiempo los autores lograron mantener el eje de los conflictos en un plano terrenal donde, más allá de lo forzado que algunas cuestiones puedan parecer, todos los hechos de la serie aparecen cercanos al espectador. Así, la empatía no se pierde nunca, todo lo contrario, genera que los personajes se vuelvan más entrañables y tridimensionales. A la grandilocuencia y megalomanía de Walter White se le opone el bonachón, travieso y –aún bastante– inofensivo Jimmy McGill.

A su vez, técnicamente, en BCS encontramos desplegados todos los recursos estéticos-visuales de su predecesora, por lo que el combo cierra perfecto.

Por lo tanto, son las conexiones, tal como se mencionara, las que generan más confusión que ayuda, apurando innecesariamente desarrollos narrativos y dramáticos que encuentran por momentos un nivel de excelencia pocas veces visto y sostenido en la televisión actual.

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BCS pierde entonces cuando se la quiere emparentar con Breaking Bad. Me veo obligado a insistir: las construcciones narrativas y dramáticas son tan independientes que sería maravilloso pensar esta historia en un mundo donde Jimmy no debiera necesariamente ser Saul, o por lo menos no el Saul que conocemos. Habría que suplicarle a Vince Gilligan que dichos mundos no se crucen nunca, sin importar a que Deus ex machina haya que recurrir para ello.

Por supuesto, por más que elevemos nuestras plegarias hasta el infinito, inevitablemente ambos mundos deberán colisionar y fusionarse por completo. Es probable que esto ocurra al final de la serie. Más probable es que dicha fusión sea deficiente, torpe y apresurada.

Así, el mayor logro de BCS –la constitución de una identidad propia– probablemente terminará convirtiéndose en su peor defecto.

No sabemos cuándo esto ocurrirá, esperemos que más tarde que temprano. Mientras tanto, vale la pena celebrar que tendremos más episodios de una de las series más completas en términos estéticos, narrativos, dramáticos y temáticos que se puedan encontrar en la TV.

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