The Bad Batch: la vida más allá del muro, según Ana Lily Amirpour

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The Desert

Si en A Girl Walks Home Alone at Night (2014) Ana Lily Amirpour proponía una reescritura del terror gótico desde la perspectiva de una vampiresa veinteañera que recorría las noches de un pueblo violento, represivo y sin futuro, en The Bad Batch (2016) apuesta a reelaborar la sci-fi postapocalíptica en clave de aproximación crítica a la era Trump. La película narra las aventuras de Arlen (Suki Waterhouse), una muchacha calificada como bad batch, tatuada con un número de serie a la manera de los prisioneros de los campos de concentración y expulsada fuera de las fronteras de un territorio bautizado con el nombre de Texas. A poco de verse arrojada a un vasto desierto, dotado de paisajes que combinan la atmósfera del western con los arenales de The Road Warrior (George Miller, 1981), Arlen habrá de buscar un modo de hacer de ese páramo su hogar. Esa peregrinación, sin embargo, no habrá de seguir un sendero libre de dificultades. Así como Texas le ha dejado un tatuaje en la piel, así también el desierto habrá de marcarla con una cicatriz indeleble.

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The Bridge

El gobierno de Texas advierte a los desterrados (por medio de un inglés jurídico y de un castellano dudoso) que, más allá de sus límites, lo que queda es tierra de nadie. Existe un grupo de expulsados que cumplen esta ley al pie de la letra. Más aún: componen una comunidad –llamada The Bridge– consagrada a aplicarla con rigor quirúrgico. Los miembros de esta tribu son en su mayoría hombres y mujeres con el cuerpo cubierto de tatuajes, que ostentan su fiereza de pandilleros traficando objetos de segunda mano, que cultivan su musculatura bajo el sol (mientras suena de fondo Fish Paste, de Die Antwoord) como si se hallaran en Venice Beach o en el patio de una prisión. Adoptan un cementerio de aviones como su lugar de residencia. Su principal actividad consiste en la cacería de desterrados solitarios o recientemente proscriptos, con el objeto de devorarlos: los preservan como ganado mientras les amputan poco a poco las piernas, los brazos, hasta que al final aprovechan el resto del cuerpo. En esta etapa del film, Amirpour compone escenas en las que superpone la crudeza del slasher con canciones clásicas de los ochenta (Karma Chameleon, de Culture Club) y los noventa (All That She Wants, de Ace of Base). El resultado de esta alquimia son imágenes en las que las evidentes referencias cinematográficas –The Texas Chainsaw Massacre (Tobe Hopper, 1974), The Hills Have Eyes (Wes Craven, 1977) o cualquiera de los films que integran el universo Mad Max, creado por George Miller– se realimentan de un sentido que alterna entre la nostalgia de una época dorada y la ironía frente a lo ficticio de esa añoranza que, en sí misma, no es más que un mero artefacto de consumo.

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The Dream (Find Comfort)

A duras penas Arlen consigue huir del canibalismo de los habitantes de The Bridge. De nuevo ella regresa al desierto. En esta ocasión se topará con uno de los personajes más significativos del film: Hermit (protagonizado por un Jim Carrey parco, irreconocible e inmenso). Hermit rescata a Arlen de la muerte y la traslada hasta la puertas de Comfort, otra comunidad de desterrados. A diferencia de los de The Bridge, los habitantes de Comfort son huesudos, harapientos, un poco trastornados pero inofensivos. Construyeron una villa miseria y un enorme mercado de trueque en torno a una mansión en la que vive el líder de la comunidad: The Dream (un Keanu Reeves dotado de gran carisma), un personaje que aúna la apariencia de un jefe de un cártel narco con la locuacidad del pastor de una secta. The Dream goza de innumerables lujos: piscina, mujeres, verduras orgánicas, spaguetti. Convive con sus concubinas, que a la vez ejercen de guardaespaldas y de portadoras de la verdad: visten camisetas blancas que rezan The Dream is inside me. Amirpour aquí cambia el tono y elige registrar con ojo documental la pobreza en la que viven los ciudadanos de Comfort. Denuncia la felicidad artificial que sostienen con fanatismo a pesar de la miseria. Porque, en efecto, esa falsa esperanza no es más que un producto de las misas que oficia The Dream desde el balcón de su iglesia-mansión: largas fiestas electrónicas en las que su palabra sagrada se confunde con drogas de diseño.

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The Bad Batch

Mientras se recupera de su escape, Arlen permanece un buen tiempo en Comfort. Luego se lanza una vez más al desierto para vengarse de quienes la apresaron. De este modo es como su camino se cruza con el de Miami Man (Jason Momoa, encarnando a una suerte de Terminator que aprende a ser humano). Miami Man es uno de los miembros de The Bridge con quien Arlen habrá de intentar sobrevivir en la tierra baldía. Aquí, Amirpour cambia una vez más su perspectiva: alterna soberbias panorámicas de estilo western con intensos primeros planos de los protagonistas. Arlen y Miami Man cruzan pocas palabras: es el desierto el que habla por ellos y lo que ellos intentan nombrar. De este modo, las metáforas que Amirpour propone desde el principio del film comienzan a ganar eficacia. The Bad Batch se revela no solo como lote defectuoso en el sentido de producto fallado, sino también como camada de segunda clase. La frontera de Texas señala, más que una división geográfica, el muro entre un mundo de privilegiados y un mundo de parias. Y el desierto –cuya mejor encarnación la constituye el Ermitaño mudo y enigmático– representa la distancia absoluta de la sociedad humana que, ya sea en la miseria o en la abundancia, no deja de repetir sus errores.

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