A propósito de “La Chica Desconocida” y el cine de los hermanos Dardenne.

Un fenómeno interesante en este  mundillo del cine es la dupla de hermanos co-directores. Son casos, por lo general, bastante peculiares que no suelen pasar desapercibidos. Los ejemplos son muy disímiles entre sí, y puede que el nerdismo cinéfilo se deba un estudio apropiado sobre el tema. Lo cierto, es que de llegar algún día ese estudio, no podría pasar por alto a la dupla por excelencia de esa bolsa de gatos inventada por la crítica que es el “Cine de autor europeo”: Luc y Jean-Pierre Dardenne.

Desgraciadamente no hay mucho escrito sobre ellos o como trabajan. Sería como mínimo interesante inmiscuirse un poco en aquella relación. Pensemos, por ejemplo, en los Coen, y como durante mucho tiempo Ethan no apareció con el crédito de director en las películas que realizaba junto a su hermano Joel, o en el interesante proceso que desarrollaron de modo conjunto las Hermanas Wachowski.  En fin, volviendo a los Dardenne, no puede soslayarse bajo ningún punto de vista, la importancia que tienen estos hermanos belgas en el panorama cinematográfico actual.

Afortunadamente, cada dos o tres años desde mediados de los 90’, siempre contamos con una nueva película realizada por ellos. Su cine muchas veces es infravalorado. Existe una suerte de tendencia a sostener que se tratan de películas repetidas, copiadas y hasta hechas con cierta vagancia. Nada más lejos de la realidad.

Veamos. Es cierto que los Dardenne tienen un estilo propio muy marcado y evidente: Poca fragmentación, utilización de una cámara en mano en constante movimiento –incluso con una cierta exageración en la utilización del recurso-, y el tratamiento de historias que recaen en temáticas que rondan siempre en relación a la identidad y a las relaciones familiares.

Sí, todo lo anterior es cierto. Pero no menos cierto es el hecho que cada una de sus películas guarda para sí una singularidad igual de notoria, que, en la opinión de quien aquí suscribe, aparece dada siempre por la construcción de los personajes.

Probablemente pocos directores dirijan actores como lo hacen Luc, o Jean-pierre, o ambos –insisto, sería interesante estudiar cómo se reparten las tareas en el set, si es que lo hacen-, y menor aún sean los casos de aquellos realizadores que logran generar con diálogos tan poco funcionales en un guión películas tan dramáticas y tan efectivas.

En las películas de los Dardenne, habitualmente, los personajes aparecen desbordados. Se ven inmersos en situaciones extremas y reaccionan con esa misma intensidad. Aunque todo parezca sumamente natural y costumbrista, si se analiza detenidamente, se puede ver con clara facilidad que no hay nada de eso allí verdaderamente. No hay nada de natural o costumbrista en el modo en el que Jérémie Renier decide regalar un hijo, o ayudar a la familia migrante de un obrero muerto. Tampoco hay naturalidad en las intensas decisiones que toma Rosetta. O en el tour de force de aquellos dos días y una noche en el que Marion Cottilliard debe hacer todo lo posible para conservar su trabajo.

En el cine de los Dardenne entonces, la naturalidad es aparente. Y es esa apariencia la que cuenta con la subestimación que suele hacerse de lo sencillo. Se confunden los términos. La economía y la sutileza narrativa se mezclan con la vagancia y el simplismo, de modo tal que no se permite observar que probablemente pocos directores lograrían narrar una historia del modo en el que los belgas lo hacen. Justamente, esa sencillez –y no simplismo- es la que los caracteriza. No hay destellos innecesarios, no hay un cúmulo de virtuosismo desesperado. No. Sus películas –o mejor dicho sus historias- piden otra cosa.

Hablar de la filmografía de los Dardenne es entonces hablar de pinceladas. De los detalles que distinguen algo que no recae complejidades innecesarias. Se trata de historias lineales, con personajes comunes, a los que suelen sucederles eventos extraordinarios o fuera de lo común, pero no como hechos mágicos o divinos sino más bien como pruebas que ponen en juego su humanidad.

Así, tal como se hiciera mención, entregar o no un hijo; conservar un trabajo a toda costa; hacerse responsable por la familia de un fallecido o, como en el caso de su última película, “La chica desconocida”, investigar la identidad de una persona asesinada, se vuelven los ejes dramáticos centrales en la vida de personas que podrían tranquilamente existir en nuestro mundo.

De esta forma, los hermanos continúan en la línea de sus películas y generan un clima asfixiante en el que una médica debe averiguar a toda costa la identidad de una mujer que ha muerto, en cierto modo, por algo que ha hecho.

El plot es tan sencillo y efectivo a la vez que demuestra con creces la gran capacidad de estos hermanos para poder contar una historia: Una médica atiende en lo que parece ser un consultorio. Allí tiene a su cargo un pasante, pasante que cuando debe atender a un niño que sufre en la sala de espera un ataque de convulsiones, se paraliza sin poder accionar. Luego de este suceso, Jenny, la médica en cuestión, se queda a solas con el joven estudiante para conversar lo sucedido. El timbre del lugar suena, pero ella decide continuar con la reprimenda profesional antes que atender el llamado. A fin de cuentas el horario de atención ha terminado y si se trata de una urgencia el timbre volverá a sonar, esa es su excusa claro. La cosa es que el timbre no volverá a sonar, y al día siguiente la noticia será que la persona que pidió ayuda ha aparecido muerta.

Un escenario así pone a Jenny, interpretada magistralmente por Adèle Haenel, en una posición donde la culpa la obliga a colaborar con la investigación policial en la búsqueda de conocer quién era la persona fallecida, y descubrir qué fue lo que le realmente le ha ocurrido.

A partir de allí, comienza un recorrido por la típica estructura Dardenniana en la que la protagonista indaga a una serie de personajes en pos de obtener una verdad. La cámara, con su nerviosismo habitual, pero a la vez con una rigurosa prolongación del tiempo de cada plano, la acompañará en aquella tarea. El desenlace es, por momentos, tan inverosímil que solo Luc y Jean-Pierre Dardenne podrían narrarlo con ese nivel de confianza que vuelve todo tan creíble.

Nuestro querido director suele apodar a estos hermanos como “los filma nucas”. En cierto sentido, más allá de la chicana allí deslizada, eso es cierto.

Ahora bien, quien hubiera dicho que filmar una nuca podría esconder tanta belleza.

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