Reseña “Demolición” de Jean Mark Vallée

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En algún pasaje de “Las películas de mi vida” – que no logro identificar a esta altura de la noche, momento en el que estoy escribiendo esta carta de amor- Truffaut decía algo así como que existen ciertas películas que generan sensaciones encontradas, por un lado la excitación de observar una obra que deslumbra, y por el otro la envidia más recalcitrante de pensar en por qué uno no podría realizar un film así.

No pude más que recordar ese texto, ahora perdido en el inconsciente, para pensar una primera idea respecto de “Demolition”, la última película de Jean Mark Vallée (Dallas Buyers Club, La Reina Victoria, Wild, entre otras).

Algo que siempre me interesa remarcar como concepto en mis artículos es la falta de autores que existen en el cine actual. En un mundo globalizado, con acceso irrestricto a casi cualquier cinematografía del planeta, la cantidad de realizadores a la que podemos adjudicarles ese mote es infinitamente menor si pensamos por ejemplo en la década del 60′ y la revolución de los nuevos cines. Puede que esto sea una pretensión atemporal y que un revisionismo futuro me demuestre equivocado, pero lo cierto es que me cuesta pensar en realizadores actuales a los cuales el concepto de autor logre describirlos.

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Luego de ver “Demolition”, y haciendo una comparativa en retrospectiva de toda su filmografía, al Canadiense le cabe esa palabra y aún más.

Probablemente estemos hablando de una película ignota a la que nadie le prestará atención. Arriesgaría que no se estrenará en nuestro país y, si por una casualidad divina, logra hacerlo seguramente será en salas pequeñas durante un lapso de tiempo aún más diminuto.

Sin miedo de exagerar me permito decir que estamos ante una lección cinematográfica. Esto no implica una valoración de la película en términos de formular un imperativo categórico ni mucho menos, solo es un dato objetivo comprobable casi a niveles científicos.

Hasta aquí ni una palabra del argumento o de los personajes. Lo siento, aún deberán esperar unas líneas más para ello. Antes de llegar a este punto deseo recordarle al espectador o al futuro realizador lector dos cosas: “Demolition” probablemente sea una de las mejores películas escritas de los últimos 30 años y a su vez el trabajo de edición (estrictamente hablando, no me refiero al montaje sino exclusivamente a lo técnico) seguramente sea único en el último tiempo de la historia del cine.

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Todos estos logros que no hacen más darnos un baño de realidad para aquellos que intentamos hacer peliculitas y son mérito de alguien que demuestra un manejo del lenguaje único y particular, por consiguiente, un autor.

Juan Marcos, para llamarlo de una manera más amena en el barrio, no hace otra cosa que tomar toda una serie de estereotipos del cine melodramático que retrata la pérdida y la vida post-morten de un ser querido y los anula. Plantea entonces un alejamiento total de lo real para construir de la manera más humana posible estos conceptos. Al romper y distanciarse de lo real, logra retratarlo como nadie ¡Vaya paradoja!

Bueno, si todo esto no les ha dado ganas de ver esta película no quedará otra opción que venderla del modo más vil y mercantilista posible: A través del argumento.

Demolition” cuenta la historia de Davis Mitchell (Jake “la rompo toda” Gyllenhaal), una suerte de crack de las finanzas que sufre de forma repentina la muerte de su mujer en un accidente automovilístico. Mientras está en el hospital, todavía sin entender mucho lo que ocurre, decide comprar una golosina en una de esas típicas maquinitas expendedoras norteamericanas pero esta se atasca, lo que lleva a Davis a escribir una carta reclamando a la compañía. Casi como si fuese una forma de lidiar con su dolor, Davis comienza a contar su vida a través de cartas que le envía a la empresa dueña de las máquinas. Este intercambio extraño de misivas hace que Karen (Naomi Watts), una empleada de atención al cliente, se involucre emocionalmente con Davis.

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Con la ayuda de Karen y su hijo, nuestro protagonista comienza a lidiar “a su manera” con su pérdida, – lease esto como desarrollar una extraña obsesión por desarmar cosas – al tiempo que asume que el retrato idílico de su vida previa a la tragedia en realidad no era tan así.

De este modo, Vallée consigue utilizar los elementos más tradicionales de este tipo de historias para cambiarle el sentido y resignificarlos. Pone en aprietos a los personajes, les da matices y así, al cobrar mayor tridimensionalidad, los humaniza de forma pocas veces vista en el cine de los últimos años.

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