Reseña: Tangerine

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Tuve la suerte de cubrir una vez más el Festival Internacional de  Cine de Mar del Plata para la revista hace ya algunos meses. Por razones habituales de este tipo de eventos, me perdí la posibilidad de ver algunas películas que parecían más que interesantes. En particular lamenté mucho dos: “El abrazo de la Serpiente” (película que resultó ganadora del festival, y que si no fuese por su candidatura a los Oscar nunca se hubiese estrenado comercialmente en nuestro país) y “Tangerine“, el film más reciente de Sean Baker (probablemente uno de los realizadores del Indie Estadounidense más interesantes de los últimos años).

Varias cosas pueden decirse sobre Tangerine. Es una película que abre un montón de puertas para analizar. Desde el formato de producción, hasta la construcción y progresión dramática, son muy poco habituales para los tiempos que corren. Más allá de todo esto, lo primero que debe decirse de Tangerine es que se trata de una película de visión obligatoria, para cineastas y cinéfilos por igual.

A nivel relato la historia no es muy compleja:  Sin-Dee Rella (Kitana Kiki Rodriguezes una chica trans que acaba de salir de una pequeña condena de prisión. En un pequeño diner de Hollywood, se encuentra con Alexandra (Mya Taylor), otra chica trans, que al igual que Sin-Dee Rella también es prostituta.

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Alexandra le cuenta accidentalmente a Sin-Dee Rella que su novio Chester (James Ransone), quien a la vez es su proxeneta, la está engañando. Pero ese no es el problema, lo que más irrita a nuestra protagonista es que la infidelidad no es con otra chica trans sino con una chica cisgénero (es decir una mujer que concuerda su identidad de género con el que le fuera asignado al momento del nacimiento).

Este pequeño episodio es el motor de toda una historia que atraviesa un ambiente de Hollywood pocas veces visto en pantalla. Un mundo marginal, repleto de situaciones que cada vez se ponen más intensas y delirantes, hasta alcanzar un climax que si no fuese por la maestría con la que Baker narra la historia sería demasiado inverosímil.

Lo más interesante en Tangerine, en relación al relato, está en la mirada que pone el director sobre la temática. No hay una búsqueda de solemnidad inexistente. Baker toma a los personajes más marginales de Hollywood y los pone en un contexto de excesos pero no quiere empatía berreta. No pretende, en definitiva, provocar ningún sentimiento más allá del que los propios personajes son capaces de transmitir. Esa falsa solemnidad que suele encontrarse en películas que muestran mundos como el de Tangerine está obviada con mucha precisión por un realizador que logra mostrarnos una visión alternativa sobre ese espacio que en principio es glamoroso. Remarco la palabra visión porque Baker entiende que el relato no es más que su mirada sobre un microcosmos y no una representación de la realidad. No quiere darnos un sanguche de sentido común, sino más bien, contar una historia atípica, con personajes atípicos, de manera atípica.

Políticamente también hay decisiones que se toman. Baker hace una película donde en las protagonistas no hay un proceso de revictimización. No cae en el lugar común de contar una historia llevada adelante por chicas trans que la pasan mal. Todo lo contrario, las protagonistas irradian humanidad y autenticidad, y eso es completamente un mérito del realizador, que no busca golpes bajos e innecesarios para resaltar y mostrar como heroínas a sus personajes, sino todo lo opuesto: las humaniza, las vuelve persona, con contradicciones, errores, cosas buenas y malas.
Baker nivela en un ambiente que no para de revictimizar y dotar de falsa solemnidad a sus minorías (atenti niños FUC).

Dejando de lado la historia, hay bastantes cosas a nivel técnico que pueden mencionarse de Tangerine. En primer lugar que fue filmada íntegramente con un  iPhone 5s, al cual se le agregaron unos adaptadores anamórficos y además una aplicación para manejar obturación, diafragma, foco y achicar la compresión de la imagen. Esto de alguna forma condicionó el rodaje, si uno observa con detenimiento la película, prácticamente la totalidad de las tomas (incluso los primeros planos) están en gran angular.

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A su vez, el titulo Tangerine no es casual. Baker filmó este largometraje durante 22 días, rodando casi siempre durante la tarde y en hora mágica. Esto da, sumado a algunos factores de retoque de color en post-producción, ese look anaranjado – mandarina – que nos acompaña durante toda la película.

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Durante la pasada entrega de los premios Oscar la diversidad de género estuvo presente con “The Danish Girl”, la última película de Tom Hooper. Una parte de la crítica y el público se refirió a esta película como Transfóbica. Luego de ver el film entendí por qué. En Danish Girl el personaje que interpreta Redmayne aparece como un enfermo. Lilly y Einar son dos personas diferentes, uno varón y otra mujer, esta última atrapada dentro de un cuerpo que no le es propio. Para que uno viva el otro debe morir (Hooper todo el tiempo nos recuerda esto). Hay además un montón de cuestiones históricas que son obviadas para hacernos creer que el rechazo hacia nuestro protagonista fue superior que el que en realidad recibió.

El director arma entonces todo un despliegue precioso de paisajes, encuadres, paleta de colores y arte. Hay hermosura y belleza para mostrarnos un personaje al que califica de enfermo todo el tiempo. Despoja a Lilly de su humanidad. La pone en lugar de víctima, exagera su dolor y busca darle a todo una falsa solemnidad.

Es interesante observar esto bajo la lupa de Tangerine. Acá pasa todo lo contrario, Sin-Dee es una persona. Como cualquiera de nosotros. No es un hombre que se viste de mujer, tampoco una mujer atrapada en un cuerpo de hombre. Simplemente es, tal como ella quiere ser. Con contradicciones, impulsos, cosas adorables y repudiables. Baker no la justifica, no la victimiza y no busca explicarla. La deja ser.

En una película más descuidada estéticamente, más desprolija y más económica aparece una mirada mucho más honesta sobre el tema. Da para pensarlo un poco.

Tangerine tuvo un amplio recorrido en festivales, y si bien su estreno mundial a nivel comercial ha sido bastante reducido, teniendo en cuenta la características de un film que costó únicamente 100.000 dólares, el resultado es más que notable.

Probablemente sea una película que pase desapercibida para el espectador promedio de nuestro país, si están leyendo esto les pido que den un salto de fe y vayan a verla.

Cualquier cosa Segurola y la Habana 4310, séptimo piso (denme 30 segundos antes de venir así salgo corriendo).

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