Reseña: The Hateful Eight

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A basterd’s work is never done

THE HATEFUL EIGHT, O SÚMELE OTRO POROTO A ESE MUCHACHO LLAMADO QUENTIN TARANTINO.

Hay directores que hacen lo que le sale de las pelotas con su cine. Son libres, no tienen ataduras de ningún tipo, mucho menos artísticas. Y si las tienen, no las hacen notar. Esta libertad creativa se traduce en sus películas, traspasa la pantalla y llega al espectador.

Hay directores que le imprimen un sello distintivo a sus películas. Su impronta está marcada a fuego en cada plano, cada dialogo, cada actuación y movimiento de cámara. No hace falta ver más que un encuadre para decir “esta película es de…”. A esos directores se los suele llamar “autor”.

Hay directores que disfrutan el cine porque realmente lo aman. Aman mirarlo y aman crearlo. Disfrutan y hacen disfrutar al espectador. La alegría de festejar el séptimo arte puede sentirse hasta en aquellas escenas que algunos podrían considerar “desagradables”, las más violentas y desaforadas.

Estos directores existen. No son producto de la fantasía de algún cinéfilo soñador o un crítico trasnochado. Son reales, aunque escasean cada día más. Por eso, amigos cinéfilos, hay que dar gracias al dios del cine por cada nueva película de Quentin Tarantino. Sus películas pueden gustar mucho o quizás no tanto, pero negar su talento a esta altura es, cuanto menos, de necios.

 

Hablemos de Tarantino, el director de Reservoir dogs (1992), Inglourious Basterds (2009) y esa obra maestra en dos volúmenes llamada Kill Bill (2003/2004). Hablemos de Tarantino, el guionista de True Romance (Tony Scott, 1993), película que tiene una de las mejores escenas dialogadas de la historia del cine, y Natural Born Killers (1994), ese tremendo ejercicio estilístico dirigido por Oliver Stone. Claro que la escena del relato de Sicilia y los negros no hubiese tenido el mismo impacto si Christopher Walken y Dennis Hopper no hubiesen interpretado a los personajes que la protagonizan. Ergo, podríamos agregar que también sabe dirigir actores. O al menos elegirlos.

Hablemos de Tarantino, que no es un súper director infalible y no todo lo que hace es una obra maestra. Pero casi.

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The hateful eight, su último opus y una de las películas más esperadas del este 2016 que recién arranca, es puro cine de género, un spaghetti western violento y verborrágico  plagado de homenajes y discursos auto y meta referenciales. The hateful eight es puro género, y Quentin Tarantino es un autor haciendo cine de género del mejor. En su última película no necesita más que dos escenarios para narrar una historia de misterio, traiciones y violencia.  Dos locaciones y mucha nieve le son suficientes para desplegar todo su arsenal de virtuosismo técnico y  narrativo, en pos de un relato con aristas varias, que van desde el western al relato de misterio al estilo Edgar Alan Poe o Agatha Christie. Si en Diez negritos (1939) -novela emblemática del policial clásico- Christie contaba una historia donde ocho personajes encerrados en una mansión ubicada en una isla eran asesinados uno por uno, la imaginación de Tarantino -y su amor por John Carpenter, Sergio Corbucci y el cine de género- nos lleva por derroteros similares, solo que más crudos y siniestros. En The hateful eight Quentin introduce a ocho personajes típicos del spaghetti western: John Ruth el cazarecompensas (Kurt Rusell), Marquis Warren el ex soldado devenido cazarecompensas (Samuel L. Jackson), Chris Manixx el sheriff (Walton Goggins), la loca fugitiva Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh), Oswaldo Mobray (Tim Roth) el verdugo ahorcador del pueblo, Bob el mejicano (Demian Bichir), Sandy Smithers el antiguo general confederado (Bruce Dern), el clásico cowboy pistolero Joe Gage (Michael Madsen) y el líder de la banda Jody Domergue (Channing Tatum). Ocho mentirosos reunidos bajo el mismo techo, mirándose a la cara con desconfianza, odiándose, atrapados por la nieve en un paisaje inhóspito y brutal. El blanco de la muerte afuera, el rojo de la muerte adentro. Misterios, violencia, diálogos increíbles, actuaciones de nivel superlativo y puesta en escena extraordinaria. Tarantino puro.

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Es más que claro que The Hateful eight es en gran parte un homenaje a The thing (Carpenter, 1982), no solo por la música –compuesta por el inmortal Ennio Morricone y con descartes del soundtrack que ya había realizado en su momento para The thing-, la nieve, el paisaje yermo y Kurt Rusell, sino -y más que nada- por el clima opresivo, la tensión que hay entre los personajes encerrados y ese monstruo latente esperando salir y comérselos a todos. Un monstruo que en The thing es representado por un ente simbiótico y virulento del espacio exterior, mientras en Hateful toma la forma intangible de la violencia contenida a base de mentiras y sostenida mediante una puesta teatral de todos los personajes –ficción dentro de la ficción- con un telón que está en la cuerda floja y amenaza con caer y mostrar la verdad, esa maldita a la que nadie soporta.

La división y distribución de la información es una herramienta fundamental para mantener la tensión del espectador y hacer avanzar el relato. La relación entre los personajes se presenta casual, y de a poco se van develando sus personalidades, sus intenciones, su historia, su pasado, –y en cierta forma su futuro- mediante recursos dosificados en las primeras dos horas de duración.

Lo que el espectador conoce de los diferentes personajes no es lo mismo que conocen los personajes de ellos mismos. De algunos personajes no conoce casi nada y algunos personajes conocen los secretos de quien el espectador no sabe casi nada. De algunos personajes el espectador sabe mucho más que los otros personajes, pero en cierta medida algunos personajes conocen aquello que el espectador ignora. Este desbalance, esta diferencia de conocimientos, esta distribución de la información enriquece de manera soberbia un relato que sin tensión y misterio serian solo un grupo de señores de Wyoming charlando en una cabaña mientras un tipo los filma.

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Por momentos el espectador es cómplice de algunas actitudes y movimientos de ciertos personajes, algo que el resto ignora. Y ahí es donde nace el suspense tan bien descripto -y ejecutado en sus películas- por Alfred Hitchcock. La información y las pistas son entregadas al espectador atento en más de una ocasión mediante primeros planos, gestos, ademanes, rostros, miradas. Es un juego de ajedrez. Hay un juego entre esos 24 cuadros por segundo y quien observa sentado en su butaca.

The hateful eigth es una película lúdica y para nada solemne, un relato que va de menor a mayor.

Tarantino se toma todo el tiempo del mundo (tres horas, lleven una fibra a la sala de cine) para desarrollar este juego de ajedrez, este ¿Quién es quién? en versión violenta y subida de tono, con un in crescendo que nos guía hacia ese inevitable final explosivo donde todo sangra, casi como una sinfonía de Gustav Mahler, la fanfarria del hombre común de Emerson, Lake & Palmer (y si lo prefieren, la de Aaron Copland), o para aggionarnos un poco, cualquier buen tema de post-rock. A esta altura ya no tengo dudas; The hateful eigth es una puta obra maestra llena de actuaciones sobresalientes. Aplausos para el actor fetiche de Tarantino, un Samuel L. Jackson pletórico y exacerbado. Aplausos para Michael Madsen y Tim Roth, porque hacen lo que mejor saben y deslumbran. Una ovación de pie para Walton Goggins y Jennifer Jason Leigh, porque sus interpretaciones son de antología. Un abrazo para Tarantino por emocionarnos con una cámara y hacernos sentir que el cine aún está vivo.

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Ocho son las películas de Quentin Tarantino, si contamos a Kill Bill como una obra única que solo fue dividida en dos partes por una cuestión comercial y para que evitar que los espectadores asistan con una fibra a la sala de cine. Ocho films. Los ocho más odiados por algunos haters y pedantes que suelen tener argumentos más bien endebles para destilar su veneno. Los ocho más amados por el resto de los mortales, aquellos cinéfilos que hacemos un culto de esa magia que se produce entre la pantalla y nuestros sentidos cuando la película nos hace pasar un buen rato.

Michael Madsen dice en una escena de The hateful eight “A basterd´s work is never done” (el trabajo de un bastardo nunca termina), frase que había sido utilizada para acompañar el poster promocional de Inglourious Basterds. Tarantino dijo que luego de filmar su décima película se retirará del séptimo arte. O al menos ya no estará detrás de las cámaras. Quedan dos películas para que se cumpla la profecía. El fin está cerca. ¿Se termina el trabajo de este bastardo? ¿O Habrá querido mandarnos un mensaje a través de Joe Gage? No podemos saberlo con certeza, y por ahora eso es lo que menos importa. Lo relevante ahora es que tenemos tres horas más de puro Tarantino para disfrutar en pantalla grande.

Anotale otro poroto al pibe. El hijo de puta lo volvió a hacer.

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